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Un gesto audaz

 Por Facundo Martínez

Carlos Bianchi tiene prácticamente todo lo que un técnico de fútbol puede imaginar cuando se lanza a la aventura de dirigir. Un debut sin presiones en Francia (Stade Reims, Niza y París FC, de tercera división); una gran oportunidad, entre 1993 y 1996, en Vélez, el club que lo vio nacer como futbolista y al que, como entrenador, colocó en el podio del fútbol mundial; y Boca, en dos etapas (1998-2001 y 2003-2004), donde realizó una campaña sin precedentes, que superó incluso la realizada con el conjunto de Liniers, para obtener nueve títulos (cuatro locales y cinco internacionales) que lo convirtieron en el técnico más exitoso de la historia boquense y, con quince títulos en su haber, también en el más ganador del fútbol argentino.
Pero a pesar del éxito rotundo en la cosecha, producto de un trabajo serio, sin fisuras, que despierta el reconocimiento más allá de los paladares futbolísticos, hay dos materias que Bianchi todavía adeuda. La primera, la más importante para los argentinos, es la conducción de la Selección, a la que se negó dos veces: en 2002 tras la eliminación de Argentina del Mundial de Corea-Japón y en 2004, luego de la renuncia de Marcelo Bielsa, por cuestiones concernientes a su relación con el presidente de la AFA, Julio Grondona, con quien prefiere mantener una saludable distancia. La segunda, una campaña exitosa en el fútbol europeo, materia que reprobó cuando entre 1996 y 1997 dirigió a la Roma: 31 encuentros en los que sumó sólo 45 unidades, para luego ser echado por el presidente de la entidad italiana, Franco Sensi.
Por eso la decisión de tomar el Atlético de Madrid no puede ser sencillamente económica. ¡Bianchi todavía tiene hambre de gloria! Eso es lo que lo hace diferente. Eligió el Atlético Madrid, un club que ha triturado carne de entrenadores argentinos (el Toto Lorenzo, César Luis Menotti, Alfio Basile...), en un gesto por lo menos audaz. Eligió un equipo para armar, que no está hecho, en el que pocos jugadores se destacan y que, para colmo, desde hace muchos años se ubica bien por debajo de los otros grandes españoles.
En un mundo en el que lo único que pagan son los resultados, la apuesta de Bianchi es fuerte y está hecha. Es asunto simple: ante tal voluntad, tal hombre.

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