DIALOGOS › ANNA BOFILL LEVI E ISABEL SEGURA SORIANO, UN URBANISMO CON PERSPECTIVA DE GENERO

La ciudad y sus mujeres

Anna Bofill Levi es doctora en arquitectura; Isabel Segura Soriano es historiadora. Ambas son catalanas y llevan años estudiando la relación de las mujeres con las ciudades que habitan. En esta entrevista explican cómo el vínculo entre estructura urbana y poder afecta la vida cotidiana de las mujeres.

 Por Verónica Engler

–¿Cómo fue el proyecto Las Mujeres y la Ciudad, de la Comunidad Europea, que ustedes coordinaron?

Anna Bofill Levi: –Lo más importante fue poder organizar talleres con mujeres de diferentes estamentos y posiciones económicas. Porque no experimentan la ciudad igual una mujer de un sector alto que puede tener ayuda doméstica y que va directamente de su casa a un despacho profesional y que tiene una vivienda de cientocincuenta metros cuadrados, que una mujer que tiene que trabajar, pero al mismo tiempo tiene que llevar los niños al colegio o al médico, o tiene que cuidar de un abuelito en su casa, que tiene que gestionarse toda la vida doméstica; o incluso de una mujer un poco mayor que a lo mejor no sabe ni leer ni escribir, y que tiene otra experiencia totalmente distinta porque es la que se ocupa del hogar, y sólo trabaja para el marido y que, por decirlo de alguna manera, ha sido la esclava del hogar durante toda su vida pero sin tener demasiada conciencia. Poner todas estas mujeres juntas en un mismo taller de análisis y debate de todas las experiencias hizo que surgieran los puntos débiles de la ciudad, los problemas, y que pudiéramos nosotras después racionalizar todo esto e identificar una serie de ítem que son los que caracterizan la configuración urbana en sus diferentes niveles dimensionales. Pudimos ver cómo el barrio, la vivienda, la calle, la plaza y el parque no se ajustan a este concepto que tenemos las mujeres de vida cotidiana; es decir, a esta ciudad que queremos, que no es la ciudad que produce continuamente un crecimiento económico de la especulación.

Isabel Segura Soriano: –Además de identificar cuáles eran los problemas relevantes, con estas mismas mujeres también planteamos alternativas para mejorar esas condiciones que dificultaban la realización de las actividades de la vida cotidiana.

–¿Cuáles fueron los puntos que ustedes pudieron identificar que no se ajustaban a la vida cotidiana de estas mujeres que tenían vivencias completamente distintas de la ciudad?

A. B. L.: –Con respecto a la vivienda, vimos que la que se ofrece comercialmente no tiene nada que ver con el tipo de vida que hace la gente hoy día, porque se ofrece una vivienda para madre, padre y dos criaturas, que es el modelo típico de la familia nuclear. Pero no se tiene en cuenta otro tipo de agrupaciones, que la gente puede vivir sola, o con un niño, o con una persona mayor, o pueden vivir grupos de amigos, o puede ser una pareja homosexual, hay toda una serie de combinatorias de personas que viven en las casas. Pero esas otras tipologías no existen en el mercado, no se ofrecen, ni tampoco existen en la vivienda pública. Entonces, hay propuestas que hacemos las mujeres de otro tipo de viviendas, que podría ser con un espacio de estar mucho mayor, con una cocina incorporada al espacio de estar, más grande, para que allí se pudiera desarrollar la vida diaria de las personas, los cuartos individuales más pequeños, porque actualmente hay esta tendencia a que el dormitorio sea mayor para poder poner la mesa de trabajo y la televisión, de manera que se aíslan las personas de la familia y no se comunican, no hacen una vida de convivialidad, esto es una tendencia muy importante en Europa en general. Las mujeres piensan que mejor sería que la gente que vive en un núcleo familiar, sea familia o sea otro tipo de agrupación, tuviera un espacio de convivialidad, y que el espacio individual fuera el mínimo para ir a dormir.

I. S. S.: –El tema de la flexibilidad también es muy importante. Como la vivienda acostumbra a ser muy rígida, las mujeres planteaban la necesidad de una vivienda flexible que permitiese adecuarla a los ciclos vitales. Porque en la casa en un momento pueden ser seis personas, después cuatro, después tres y después una. Otra cuestión es el derecho de acceso a la vivienda, porque en nuestro país la vivienda es fundamentalmente privada, y el acceso a la vivienda no estaba ni está garantizado, a pesar de que la Constitución española reconoce el derecho a la vivienda. Otro de los puntos básicos era facilitar el acceso de las mujeres al crédito. Porque muchas veces para las mujeres que tienen trabajos discontinuos o que están trabajando en mercados no reglados, su posibilidad de llegar al crédito es muy difícil.

–¿Y hacia afuera de la vivienda cuáles fueron los problemas que identificaron en la ciudad?

A. B. L.: –Que el sesenta por ciento del suelo libre, el que no ocupa volumen construido, está ocupado por el coche, entonces ya casi no queda espacio para que las personas caminen. Hay demasiado tráfico porque no hay suficiente transporte público para todo el mundo. También se analizó la creación de espacios intermedios, que son esos espacios entre la vivienda y la calle por donde pasa todo el tráfico rodado. En un bloque de viviendas, por ejemplo, los espacios intermedios no son del todo públicos, son espacios comunitarios como plazoletas peatonales, jardinadas, diseñadas para los distintos usos que puede tener la comunidad de vecinos, con espacios comerciales. Es muy importante la idea de que haya mezcla de funciones en los núcleos habitacionales, que no sean sólo residenciales. Hay que romper la idea de zonificación, la idea de los usos monofuncionales, que tiene mucho Buenos Aires, en donde hay zonas en las que solamente se venden telas, o pieles, o ropa. También ocurre eso con el ocio, con la cultura, que está todo zonificado, en áreas. Nuestra idea, que surge de todos estos talleres, es la de mezclar actividades y funciones con el uso residencial.

I. S. S.: –Otro tema muy importante que surgió era la reivindicación del derecho a la movilidad pública, que es la que permite disfrutar de los bienes de la ciudad, pero sobre todo implica el acceso al mercado laboral. Las mujeres de barrios marginales, por ejemplo, se encuentran con que no hay suficiente transporte público, y eso les impide acceder al mercado de trabajo remunerado. Con lo cual, para las mujeres no tener acceso al transporte público es una doble discriminación. Porque en el caso de que exista un coche en la familia, mayoritariamente son los hombres los que lo utilizan. Las mujeres, además, planteaban, de alguna manera, una ciudad de distancias cortas. Es decir, que en los barrios exista la polifuncionalidad, acceso a lugares de trabajo remunerado, vivienda y servicios, para evitar los desplazamientos que, en el fondo, dificultan extraordinariamente la vida cotidiana.

–Zygmunt Bauman plantea que vivimos en metrópolis del miedo. El miedo parece funcionar como un organizador de la ciudad que cercena cada vez más los espacios públicos, por ejemplo cuando se enrejan las plazas, o se construyen barrios privados. Además, el omnipresente discurso sobre la inseguridad que destilan los medios parece contribuir a esta situación.

A. B. L.: –Eso es una gran trampa y una gran perversidad. Porque sabemos que justamente la propaganda y la publicidad del miedo y del peligro es el arma que ha usado la sociedad neoliberal para, entre otras cosas, controlarnos, tenernos clasificados y clasificadas, es decir, intervenir en la vida privada de las personas. ¿Y qué decimos las mujeres? Decimos que nosotras consideramos otro miedo y otro tipo de violencia que se tiene que resolver con otras armas, no con estas armas del control de la identidad, del control policial, del enrejamiento y de la guetización. Porque esas personas (las que viven en barrios privados) se auto guetizan, se ponen la policía, y tienen todo allí dentro y se hacen una cápsula de cristal al margen de la vida y al margen de lo que pasa en el mundo, sin contacto con la realidad. Eso crea exclusión, disimetrías, rupturas que desintegran absolutamente el espacio y la sociedad, porque en lugar de ir a la mezcla de los distintos sectores sociales, que enriquece y humaniza, va por el camino contrario, por el camino de la desunión, de la separación, de la segregación y de que unos sectores no conozcan a los otros. Pero el miedo del que hablamos las mujeres es el miedo a la agresión, a la vulneración de nuestro cuerpo, a la agresión contra la propia integridad. Es un miedo difuso y a veces incluso inconsciente. Entonces, de ahí viene todo este miedo urbano que sentimos las mujeres, de no pasar por ciertos lugares, no hacer determinados recorridos porque están oscuros o porque no hay suficiente visibilidad. Ese es el miedo de las mujeres, que es completamente distinto del miedo de los hombres.

I. S. S.: –Lo que se difunde en los medios es una utilización del miedo profundamente política, y que se concreta en un modelo urbanístico que está potenciando la creación de guetos. Y en este nuevo modelo que se está imponiendo, las que salen más perjudicadas también son las mujeres, porque son las que quedan más encerradas en esos espacios. Y creo que detrás de ese etéreo miedo lo que hay es la voluntad de introducir un modelo de ciudad absolutamente zonificado, que no resuelve los problemas en absoluto, al contrario, los agudiza. El miedo es un argumento que utiliza la derecha siempre.

–Desde una perspectiva urbanística, ¿qué pudieron vislumbrar ustedes en relación con los problemas de inseguridad que se les presentan a las mujeres?

A. B. L.: –Primero, que la seguridad no se consigue con más presencia policial en las calles. Se consigue mayor seguridad con el control del espacio y con el diseño de los espacios públicos. Es así como se puede conseguir prevenir la violencia. Hemos publicado una guía en Cataluña que incluye un capítulo que trata el tema de la seguridad y propone veintitrés parámetros que he llegado a identificar de inseguridad, por los que si se aplican en el planeamiento y en el diseño urbano, se puede llegar a prevenir la violencia. Por ejemplo, hay un punto donde se producen muchas agresiones, que es en los vestíbulos de los edificios. Entonces, una propuesta es que los vestíbulos sean transparentes, que haya una transparencia visual entre el interior del bloque y la calle. Si en la calle hay mezcla de actividades, si pasan cosas, si pasa gente, se produce un control social, y es muy importante que haya este control social. Yo, por ejemplo, diseñé una gran estación (de subte) en el subsuelo de Barcelona, en Plaza Cataluña, y ése era un espacio muy grande, de 6000 metros cuadrados y había un problema de inseguridad, que se produce en todas las estaciones en donde circulan cincuenta o sesenta mil personas al día. Y ahí traté de que los espacios tuvieran muros de vidrio, transparencias, para que hubiera un control social, que no hubiera recovecos, ni rincones, que todo fuera muy visible, que la circulación fuera fácil, y que la iluminación también estuviera puesta estratégicamente. Otro parámetro que identifiqué y que me parece muy interesante es el de la densidad. Lo que proponemos es que es más seguro un modelo de densidades medias. Un metro cuadrado construido por metro cuadrado de suelo sería un modelo de densidad media en donde los volúmenes se organizarían alrededor de los espacios intermedios de uso y donde las alturas estarían entre cuatro y siete pisos.

–En la actualidad, más del cincuenta por ciento de la población mundial vive en las ciudades y esta proporción se incrementará considerablemente en los próximos años. Este crecimiento hace que las ciudades vayan tomando dimensiones casi monstruosas en su estructura y en su funcionamiento. ¿No sería bueno retomar las banderas del “Small is beatiful” (Lo pequeño es hermoso) que el economista Ernst Friedrich Schumacher pregonaba en los años ’70 cuando comenzó a vislumbrar los efectos de la globalización?

A. B. L.: –Claro. Por supuesto, la escala propuesta por el urbanismo moderno, que es con la que se ha construido el centro de Brasilia, por ejemplo, es una escala totalmente inhumana. Aquí en Buenos Aires, por ejemplo, considero que la Avenida 9 de Julio tiene también una escala bastante inhumana, porque para atravesarla se necesita mucho tiempo. La estructura urbana está marcada por las escalas del poder político, que también va ligado al poder económico. Los signos arquitectónicos y urbanísticos del poder son la grandeza, la monstruosidad de la escala, hoy día parece que hay una competencia para ver quién tiene el rascacielos más alto. El poder político se quiere manifestar siempre a través de líneas rectas, plazas con obeliscos, grandes avenidas y autopistas enormes. Lo primero que me horrorizó cuando vine a Buenos Aires hace cuarenta años fue que las autopistas entraban al casco urbano destruyendo la cohesión de los barrios.

–Con respecto a estas dimensiones elefantiásicas que están tomando las ciudades, ¿qué alternativas ven ustedes? ¿Son factibles hoy propuestas como las de barrios con viviendas comunitarias con cocinas compartidas, por ejemplo, como las que había planteado a fines del siglo XIX Ellen Swallow Richards o las propuestas posteriores de ciudades jardín con viviendas cooperativas para gente sola y para personas mayores?

A. B. L.: –Hubo muchas mujeres en estas propuestas. Esto lo explica muy bien (la urbanista estadounidense) Dolores Hayden. Tiene un libro que se llaman Seven American Utopias, donde la mayoría de las utopías que ella explica son de mujeres de finales del XIX, que tenían propuestas de grupos de viviendas con todos los servicios domésticos socializados, esto fue un gran movimiento de mujeres filósofas, arquitectas, economistas y urbanistas. Yo creo que es muy importante que estas estrategias, además de ser promovidas por los criterios públicos, también surjan de la ciudadanía. Es muy interesante todo el movimiento de cooperativas que surge de las propias asociaciones de personas y familias de los barrios que necesitan viviendas.

I. S. S.: –Ya hemos visto realizaciones concretas de propuestas de algunos servicios colectivos. Por ejemplo, en Holanda, fábricas que habían sido ocupadas por el movimiento Okupa, la municipalidad las adquirió para convertirlas en viviendas sociales. Y en esas viviendas sociales mezclaban generaciones, algo que es interesante, para evitar los guetos por edades. Tenían un mínimo espacio individual, de 40 o 50 metros cuadrados, pero con servicios colectivos, por ejemplos lavarropas en cada pasillo, había algún comedor que se podía reservar para cuando se tenían personas invitadas, con cocina también colectiva. Es decir, que ya hay proyectos de este tipo realizados que realmente plantean cambios interesantes. Otro ejemplo es un proyecto impulsado por el Departamento de Mujeres de la Municipalidad de Viena, que convocó a un concurso público solamente para arquitectas, donde se introdujeron criterios de género en la construcción de todo ese bloque habitacional, en el que uno de los temas fue la construcción de espacios colectivos en el interior. Cada vivienda tenía 70 metros cuadrados, pero era muy flexible, se podía distribuir de la manera que cada uno necesitase, y también había comercios y servicios colectivos.

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Imagen: Bernardino Avila
 
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