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Los orientales, el resto del Sur, el Norte

 Por Mario Wainfeld

José Mujica ostenta varias peculiaridades que lo distinguen de otros presidentes de América del Sur. Es un ex guerrillero que llega al poder por vía de las urnas. Su forma de vivir y de expresarse distan mucho de la media. Su edad es bastante más avanzada que la de sus colegas o vecinos, respecto de algunos podría decirse que los separa una generación.

“Pepe” Mujica es, al unísono, un ejemplo de la continuidad y congruencia del Frente Amplio. La fórmula que integró con Danilo Astori expresa su diversidad y organicidad. La voluntad popular le concedió un apoyo muy homogéneo con el recibido hace cuatro años por el presidente saliente, Tabaré Vázquez, superando a la sumatoria bicolor de los dos añejos partidos uruguayos.

La revalidación del Frente Amplio es una buena nueva para el resto de los partidos políticos de distinto pelaje (progresistas, populistas, revolucionarios o centroizquierdistas) que conviven en este Sur. Tres características políticas auspiciosas signaron el comienzo del siglo XXI. La primera es la vigencia sincrónica de sistemas democráticos. La segunda es la carencia relativa de conflictos bélicos entre naciones de la zona. La tercera es la coexistencia de gobernantes con vocación autónoma respecto de Washington, partidarios de la intervención estatal en la economía y muy críticos del arrasador neoconservadurismo de los ’90.

Todos esos logros han sido puestos en jaque en los dos últimos años, incluyendo la primacía en las urnas de esos gobiernos frente a sus rivales de centroderecha o de derecha rancia. En un año complicado, el éxito del Frente Amplio es una buena noticia. El promedio de lo ocurrido en 2009 se medirá mejor cuando se definan las elecciones de Bolivia y de Chile pero, desde ya, fue más complicado de lo que pintaba, allá en enero, cuando asumió el presidente Barack Obama.

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Barack Obama emergió, objetivamente, como el cierre de la era Bush. El flamante presidente debutó con una gestualidad diferente, otros modales, un par de guiños al multilateralismo. Para nada “el fin de la historia” o de la lógica hegemónica de los Estados Unidos, pero sí matices sugestivos, dentro del (acotado) margen de lo posible. El discurso de asunción, su encuentro con los líderes regionales en Trinidad y Tobago a mediados de abril, los anuncios sobre Guantánamo, el deshielo con Cuba, apuntalaron un sensato optimismo en los presidentes y las cancillerías de este Sur.

El andar del tiempo melló esa imagen de Obama. Nadie soñaba con milagros, sí con un paradigma nuevo. Dos hechos centralizan el desencanto: las bases en Colombia y el golpe en Honduras. El primero es el más severo, allí medió una decisión directa e inconsulta de la Casa Blanca, muy enojosa para los mandatarios progresistas de la región, más allá del lógico enardecimiento de los vecinos de Uribe, Ecuador y Venezuela. Obama desoyó los reclamos de interlocutores relevantes, sólo le concedió a Lula una desangelada conversación telefónica. “Para colmo –reseñan empinadas voces del Palacio San Martín–, el discurso de Estados Unidos fue más brutal que el de Alvaro Uribe.” El presidente colombiano edulcoró el aceite de ricino, el Departamento de Estado informó al Congreso que la movida se vinculaba con la existencia de “gobiernos poco amistosos” en Sudamérica. De ahí al intervencionismo media una distancia muy corta, si la hay. La cumbre de la Unasur en Bariloche consiguió un comunicado lavado a fuerza de negociado. Dos encantos tiene Unasur: la diplomacia presidencial, cara a cara y la presencia de todos los países implicados. Esa fuerza incuba una debilidad, cualquiera tiene poder de veto.

La lógica consensual que prima en el organismo impidió llegar más lejos, lo que hubiera significado la ruptura con Colombia y, probablemente, con Perú.

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El desempeño de Obama en Honduras fue más ambivalente pero el saldo decepciona a los sureños. No se repitió un precedente remanido: Estados Unidos no azuzó el golpe, ni lo avaló una vez que Roberto Micheletti se encaramó en el poder. Pero le faltó fuerza y convicción para desbancar al dictador. “Si fuera gratis reponer a Manuel Zelaya, lo harían –juzgan en torno del canciller Jorge Taiana–, pero como tiene costos, se frenan.” El gasto lo hicieron Brasil, en primer lugar, Argentina y Chile. Los pronunciamientos colectivos fueron contundentes, Lula da Silva dobló la apuesta interpelando a Obama y albergando a Zelaya en la embajada en Tegucigalpa. El despliegue fue insuficiente, lo prueban las elecciones de ayer, sospechosas e inscriptas en una jornada violenta.

La Cumbre de Estoril que arranca esta mañana seguramente será sede de jornadas polémicas, con la concurrencia dividida respecto del gobierno parido en comicios amañados. Argentina, Chile y Brasil propondrán desconocerlo, posiblemente no habrá unanimidad, como anunció ayer Página/12.

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Funcionarios de alto rango de Argentina y países limítrofes atribuyen esas conductas de Obama a varios factores. Subordinación de la política exterior a la doméstica (en especial, las concesiones al ala derecha del Partido Demócrata para conseguir su apoyo a la reforma de salud), primacía del Departamento de Estado o aun el Pentágono en varias cuestiones estratégicas. Los análisis concuerdan en la enumeración, discrepan algo en las proporciones que atribuyen a cada concausa. Muchos aliados de Obama, incluida su secretaria de Estado y sus compañeros demócratas –coligen funcionarios que conocen el paño– están a su derecha y le imponen parte de la agenda. O el presidente la delega en ellos, sin más. Hillary Clinton, como su esposo, el ex presidente Bill Clinton, jamás miró mucho al Sur ni lo priorizó.

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América Central tiene sobradas diferencias con Sudamérica. La influencia cultural norteamericana, la primacía de las remesas en la economía, la monetización en dólares sólo tienen similitudes en Ecuador. Pero el golpe supuestamente soft de Honduras dista mucho de ser un caso local, no exportable como hubo tantos. Es un precedente duro de digerir, que puede generar réplicas en otras naciones. En el primer nivel del gobierno argentino se sintetiza el riesgo con un slogan: “Paraguay puede ser Honduras”. El presidente Fernando Lugo topa con una oposición despiadada, un Congreso hostil, la Corte Suprema le muestra los dientes, la gran prensa le serrucha el piso, tiene un vicepresidente (Federico Franco) que deja a Julio Cobos reducido a un poroto o a un modelo de lealtad...

La impunidad de la jugada de Micheletti y la mengua del rechazo internacional pueden avivar la codicia del establishment paraguayo, torpe y ávido como el que más. Y ya es decir. Las campanas no doblan en el patio trasero, solamente.

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Poco tiempo ha, Bolivia hubiera sido favorita para encarnar el replay de Honduras. Ese escenario se modificó, cuanto menos en el corto plazo. El presidente Evo Morales cimentó un liderazgo firme, va por una reelección arrasadora el 6 de diciembre. Morales consiguió un nivel de gobernabilidad asombroso en un país con marcas record de presidentes derrocados, inviables y efímeros. La sustentabilidad se explica por la gran legitimidad del mandatario boliviano y también por la enérgica intervención de los grandes de la región para ponerle coto a la barbarie de la rosca oligárquica de Santa Cruz de la Sierra. La reunión de Unasur en Santiago de Chile condenó, aisló y debilitó a la derecha golpista y violenta.

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Mujica ganó, Evo parece tener la reelección en el bolsillo, con nobles artes. En Chile la competencia es más reñida y, quizá, sea imposible evitar un retroceso. “A Lula y a Michelle los vamos a extrañar”, se curan en salud en la Casa Rosada y en la Cancillería. Piensan así, aun si sus delfines ganaran, lo que no parece sencillo. Para qué imaginar las tribulaciones si perdieran...

La primera vuelta chilena será el 13 de diciembre. El candidato de la Concertación, Eduardo Frei, es casi la contracara del delicado carisma de la presidenta Bachelet. Aun si ganara, todo indica que no empardaría la sensibilidad popular y el matizado progresismo de Bachelet. Claro que un triunfo del multimillonario Sebastián Piñera sería un cambio cualitativo y una regresión política mayor. Marco Enríquez Ominami es un outsider interesante, que interpela a la Concertación, resaltando sus carencias y sus desgastes.

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Cerremos con un vistazo más al Uruguay, tras una jornada dichosa para el progresismo de la región. La campaña por la segunda vuelta desnudó el rostro enardecido de Luis Alberto Lacalle, bien expresivo de su ideología. Fue macartista, brutal, rústico en sus acusaciones y en sus promesas (la “motosierra” para recortar el gasto público, todo un hallazgo). Patentizó un dato que se repite en muchas naciones sureñas. Puede discutirse si el Frente Amplio fue, en la gestión, tan de izquierda como prometió desde el llano. Pero es incuestionable que, en la concreta opción electoral, sus adversarios más competitivos están claramente a su derecha. No es ésa una originalidad uruguaya, sino más bien la tendencia prevaleciente.

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