DIALOGOS › DARIO CANTON, SOCIOLOGO Y POETA, Y AHORA BIOGRAFO

“Estábamos a merced de cualquiera detrás del mostrador”

Autor de libros fundamentales sobre la política militar, fue también poeta y editor, y un estudioso del tango. Está terminando una obra en ocho tomos que mezcla su biografía con la historia de 87 años de política, vida cotidiana y cultura. Y que está permeada por el recuerdo del miedo de la dictadura.

 Por Andrew Graham-Yooll

Mirar la Argentina desde sus 87 años se convierte en una experiencia visual y documental. Parece tener unos cuantos años menos que sus casi nueve décadas y en el diálogo la sonrisa le viene fácil a medida que va recorriendo la memoria de los años. Recibe a sus visitas en una oficina que es un monoambiente en la avenida Corrientes casi Callao. Con cierta resignación declara que su autobiografía no va a tener gran número de lectores ahora, pero confía en que será un conjunto útil para consulta a futuro. No es un texto que se pueda “hojear” fácilmente. Recorre los años desde su edición de una pequeña hoja de poesía en los años ’70 (Asemal) y recorre las minucias, cartas, publicidad, anuncios oficiales, que hacen a la vida diaria y que rápidamente olvidamos.

–Viví en Inglaterra, donde la biografía y autobiografía es casi un género literario. Pero acá es la excepción, se favorece mucho más la “novela” histórica. Usted se sale de la regla con siete tomos de crónica de vida con una visión de país y sociedad, además de cronología. ¿Cómo llega a escribir esta enorme biografía? Siete tomos y falta uno.

–Lo estoy por terminar, con la expectativa de publicarlo este año o en el próximo. En el 2000 salió el primer volumen, que luego fue el cuarto de la serie y que se tituló La historia de Asemal y sus lectores. Cuando se publica ese primer tomo no dije que era parte de una autobiografía. Era el tomo menos confesional porque reúne los números íntegros de la revista unipersonal de poesía, Asemal, que publiqué entre 1975 y 1979. Luego el estilo de los tomos siguientes se unifica con el mismo título, De la misma llama, con los años del período que cubre. Ya el siguiente, el segundo en publicarse, lleva el número uno y lo dedico a mis tres años en Berkeley, en la Universidad de California, entre 1960 y 1963, como investigador social.

–El tercero se titula De plomo y poesía (1972-1979). Sería útil describir esos tiempos y cómo los recuerda.

–No siempre podemos estar enterados de cifras y datos precisos que periodistas como usted se dedicaron a recopilar. Interesa también, y en este preciso caso, las impresiones más pequeñas del día a día, que muchas veces no se pudieron publicar. Por ejemplo, en un balance de 1977 y de esos años, escribí que había “un antes y un después de marzo de 1976, en que se perfecciona el sistema de represión vigente desde hacía mucho..., reina en Argentina la paz de los sepulcros. La mentira se ha entronizado y uno debe luchar, como puede, para no ser convencido. Para quien, como yo, cree tener las cosas claras y ha visto, oído y leído lo que yo, la cosa no es difícil. Pero asquea, sobre todo por la impotencia diaria. Y duele, por las esperanzas, de momento frustradas...”. Luego está el rescate de lo contemporáneo, aparentemente efímero pero ilustrativo para el largo plazo, cosas como dos publicaciones oficiales que rescaté y que aparecieron en los diarios del martes 4 y viernes 7 de diciembre (de 1976). El título del primero dice: “Hoy los argentinos vivimos en uno de los mejores países del mundo”. Y sigue: “Argentina ganó la paz. El flagelo del terrorismo, que hoy azota al mundo occidental, ha sido prácticamente derrotado en nuestro país. De ser una de las naciones más convulsionadas del mundo, la Argentina ha pasado a ser una de las más tranquilas. El sacrificio fue enorme. Pero los derechos humanos de nuestra población, que anhela vivir en paz, fueron salvaguardados. La Argentina es, también, un oasis de tranquilidad en cuanto a la delincuencia juvenil”. Ese tipo de propaganda de la dictadura también merece ser recordada. Cabe recordar que, contra lo que acá se dice, las autoridades militares siempre sostuvieron que no se trataba de una guerra. Era una manera de no atarse las manos por Convención alguna...

–¿Cómo arranca la idea de hacer una biografía de esta magnitud?

–Bueno, la redacción inicial tuvo lugar entre 1986 y 1989. No pude publicar eso porque era algo desmesurado. Eran 1500 páginas oficio a un espacio. Era imposible que una persona literariamente desconocida y que no tenía ningún peso literario pudiera aspirar a que eso se publicara. Entonces yo había pensado publicar pagándolo por mi cuenta. Pero tuve un contratiempo económico que lo hizo imposible. Y me acarreó una depresión que duró entre dos y tres años. Cuando empecé a salir de la depresión se me ocurrió parcelar el trabajo. Hice dos cosas, esto de La historia de Asemal, algo muy circunscripto, que eran “cuentos de poemas”, que reunía 45 cuentos acerca de poemas y pasé la década del noventa ofreciendo eso a editores. Fracasé. Cansado de dar vueltas, le pedí al diseñador Rubén Fontana que me ayudara a armar un libro. Conseguí que Mondadori, un sello grande, publicara el primer libro (que es el que se refiere a la estadía y los estudios en la Universidad en Berkeley), en 2000. Pero el segundo, sobre los años 1963-1971, en el Di Tella, no logré que se editara. Pasó el tiempo y finalmente concreté la próxima edición con Libros del Zorzal, sello con el que luego seguí.

–Todavía no logro comprender cómo se encara una autobiografía de siete tomos...

–Bueno, ahí voy... Para mediados de la década del setenta yo estaba consagrado íntegramente a la poesía. Había dejado por un tiempo la sociología como “ganapán” y me pude dedicar a la poesía. Ahí empecé con los envíos de la hoja Asemal y empecé a contar cómo había escrito algunos poemas. Llegué a hacer una lista de unos 45 de esos “cuentos de poemas” como los llamé. Hice una colaboración con Hispamérica que se llamó “Con las manos en la mesa”. De ahí surge el nombre “Asemal”, que es La Mesa al revés. Eso salió en 1976 y era una descripción de mi credo poético y ejemplificación con varios poemas. Eso siguió acumulándose. En 1978 me presenté con un proyecto a la Fundación Guggenheim, titulado “El trabajo de escribir poesía, un testimonio personal”. Ahí proponía una narración de los poemas que tenía armado alrededor de la biografía de un autor de mi medio y lugar. No tuve éxito. Recién en 1986 pude retomar el proyecto y lo seguí durante cuatro años.

–Eso fue después de la dictadura...

–Y después que había terminado un trabajo de sociología sobre las elecciones que había ganado el presidente Raúl Alfonsín, el Social Sciences Research Council de Nueva York me dio un subsidio para estudiar esas elecciones. Eso duró tres años, terminé el trabajo, salió un libro en 1989 y ahí me puse a escribir los recuerdos de mi vida entrelazados con los poemas, con lo que sucedía en todo mi alrededor.

–Rescato aquí un párrafo de una carta que le envía usted al embajador argentino en Nairobi, Kenya, el también poeta Albino Gómez, el 31 de enero de 1990, que dice: “(Amigos) te habrán comentado la ‘limpieza’ que hubo en Clarín, que es ahora dueño de Canal 13. Página/12 sacó una nota sobre el primer tema, que fue mi fuente... Si recibís los diarios de acá habrás visto las fotos y los comentarios a propósito de la entrega, por la CGT de Ubaldini, de bonos solidarios por A 20.000 (australes) y luego, al final, por la mitad de esa suma. Se hizo una cola de varias cuadras, con esperas de cerca de un día para recibir la donación. Creo que da idea de cómo está el país”.

–Esa inclusión y muchas más, siempre contemporáneas, fue mi forma de encarar la autobiografía. Recién retomé la edición en el año 2000 y en el 2012 pude terminar con esos seis tomos. Me quedaban veinte años de vida sin cubrir. Por eso los seis originales se ampliaron a ocho tomos.

–Su libro La política de los militares argentinos (Siglo XXI) va de Onganía y el golpe de junio de 1966 a Lanusse, casi coincide con Gardel ¿a quién le cantás?, que publicó De la Flor en 1972. Sociólogo, poeta, ensayista ¿qué más?, editor de una hoja de poesía durante los tres primeros años de la dictadura, ¿no hubo problema?

–Había que cuidarse. Le doy un ejemplo, que me parece gracioso, ilustrativo. Yo tenía un poema que decía: “El miedo como un manchón de tinta/se fue extendiendo/negra, cubriéndolo todo...”. Yo había pensado incluirlo en la tapa del número de Asemal de junio-julio 1976. En este caso omití la palabra “miedo” en la tapa e invité a los lectores a imaginar qué faltaba. Nadie, de toda la Argentina, adivinó o quiso comunicarme la palabra faltante. Una persona en Estados Unidos fue el primero en decir que era “miedo”. La gente estaba tan poseída por la palabra “miedo” que nadie se arriesgó a sugerirla como faltante. En otro número había reproducido un volante que en la calle me había entregado una persona sordomuda. En el Correo, donde yo llevaba la edición personalmente, un empleado me cuestionó la reproducción y me dijo que en allí trabajaban personas sordomudas. Le dije que me parecía muy bien. Pero eran esas pequeñas situaciones las que nos hacían saber a todos que estábamos a merced de cualquiera detrás del mostrador, que podía ser un buen consejero o un delator. Uno de los libros míos estaba en un “Index”, pero ya no recuerdo si fue el de los militares u otro sobre elecciones y partidos políticos en la Argentina.

–Me gustan esas anécdotas de las pequeñas cosas de una dictadura porque ante tanto horror las olvidamos. Pero más allá del gran terror, de los muertos, desaparecidos, estos incidentes reflejan cómo el autoritarismo permea todos los resquicios de una sociedad.

–Digamos que yo tuve mucha suerte en lograr otros efectos. A raíz de una entrevista que me hicieron hace bastante se puso en contacto conmigo gente que no había visto desde hacía años. Conocidos y muchos otros, que me ofrecían material e información, pero el hecho de que salieran a contactarme me hizo notar, como sociólogo, cuánto la gente se había encerrado durante los muchos años de ese miedo. Una parienta en Bahía Blanca, que nunca había conocido, me conectó con otra parienta, en Francia, de cuya existencia no tenía conocimiento, y esa parienta de Francia tuvo la buena voluntad de rastrear en archivos (Canton es apellido francés y el de mi madre, Indart, también es francés). Me facilitó mucha información y también fotos. Y otra circunstancia agradable fue que en Carmelo, Uruguay, de donde eran mis padres, hay gente que ha conservado el escritorio de mi abuelo, que era agrimensor y vivió entre 1859 y 1945. Así pude rastrear y estudiar muchos documentos, por ejemplo marcas de ganado de los años 1820, hay testamentos y fotos. Y así mucho más. En una biografía hay un doble rescate, de la familia en Francia y de la que vivía en Uruguay.

–¿Cómo podemos valorar el género biografía?

–Las biografías fueron parte de mi formación. A mi madre le gustaban, siempre leía esas de “vidas ejemplares” o “vidas ilustres” en la ciencia o los descubrimientos. No son como los textos modernos, que se concentran en artistas, o deportistas, o gente de las artes y espectáculos que tienen un valor agregado que es comercial. En la casa de mis padres había dos o tres volúmenes de discursos reunidos de personalidades de la historia argentina. Mi generación se crió también con el diccionario, la enciclopedia de Espasa, y así. Eso deja marcas. Puedo desprenderme de todos los libros, pero lo último de lo que me voy a desprender es de los diccionarios. También son importantes los materiales de trabajo en la construcción de una biografía. Yo lo consulté a Alberto Girri, para que me leyera mi trabajo, pero también para que me mostrara sus originales con los que él trabajaba. Eso nunca lo conseguí. En Estados Unidos sí lo conseguí porque tuve la oportunidad de ir a la Lockwood Memorial Library, en la Universidad de Buffalo, en Nueva York, y allí durante tres días estuve leyendo manuscritos de poetas ingleses y estadounidenses en microfilm. Ahí, entre comillas, “me doctoré” porque vi cómo trabajaban los distintos autores, cómo escribían, tachaban, corregían. Era lo que yo hacía, pero Girri no me lo había mostrado. Siempre pensé que iba a dar testimonio no sólo de la época que viví, sino de mi estilo de trabajo, que era algo que aquí no se hacía.

–Girri era muy secreto. Tomaba sol en la Plaza San Martín y dejaba que todos pensaran que había estado en la playa.

–Era un galán. No esperaba tan cerrada negativa. Pero fue sumamente correcto conmigo y sus comentarios me sirvieron mucho.

–¿Usted no se siente un poco urraca? Digo por su costumbre de hurgar en los papeles de otros, guardar una enorme colección de objetos más bien efímeros, para luego usarlos en una obra detallada como la suya.

–Puede ser, pero es un rasgo de familia. Cuando era chico viví con mi familia un año y medio en Carmelo, fui a la escuela ahí, aprendí el himno nacional uruguayo antes que el argentino, y en la casa de mis abuelos maternos había un cuartito dedicado a conservar revistas. Había revistas desde comienzos de siglo, como PeBeTe, Caras y Caretas y otras. Se apilaban. Se guardaban los diarios... Esa costumbre yo la conservé. Aquí en Buenos Aires llegaba el Patoruzú, Billiken, El Gráfico, y yo los conservaba. Ese Billiken lo guardé hasta ahora, y los he usado para ilustrar el libro. Un hermano se llevó los Patoruzú y los Rico Tipo, después la casa se levantó cuando murió mi madre. Pero durante medio siglo estaba todo ahí.

–¿Qué proyección social se le puede dar a esta labor?

–En lo inmediato he tenido muy buenos comentarios, de gente de mediana edad, cuarenta para arriba. La gente más joven busca en los pasajes los elementos o algo que se les diga de acuerdo con su edad cronológica. Por ejemplo, estudiantes de alrededor de 25 o 30 años buscan puntos de comparación y contacto en mi paso por Berkeley a mis treinta años. El valor social, si lo tiene, va a ser a mediano y largo plazo, como ilustración no de mi vida tanto como de los tiempos y costumbres que he vivido. No puedo imaginar que tenga una proyección política, excepto como historia de una época, un registro de hechos que normalmente aparecen desperdigados por otros textos aquí aparecen como parte de una vida.

–Hay lapsos que no están claros. Por ejemplo, ¿por qué tan poco sobre Malvinas en 1982?

–No estaba en el país, trabajaba en Ecuador, luego dando un curso en junio de 1982 en Venezuela, viajé a Canadá y también a la Universidad de Cambridge, en Inglaterra. No fui testigo. Habiendo faltado, recojo y reproduzco la opinión de otros escritores que se expresaron en esa época. De regreso a Buenos Aires, después del conflicto, ya surgen otras necesidades. Hay un pasaje mío de fin de junio de 1982, estaba en mi sexto viaje a Chubut, y escribí en la agenda, “Mientras estoy en las oficinas del Instituto de la Vivienda veo al pasar, por la televisión, que les dan medallas a Leopoldo Galtieri y a otros miembros de su equipo, supongo que por los servicios prestados. Nadie dice abiertamente nada. La rendición fue el 14 y Galtieri ‘renunció’ el 17.” Era más importante que mi opinión reproducir la de hombres y mujeres que estaban aquí. Eso que le cité es una opinión más, parecida a la de muchos en esos tiempos. Está en el quinto tomo, Malvinas y después.

–Impresiona en los textos la colección y recopilación de gran cantidad de originales de su poesía y de cómo se construyeron eso que usted llama los materiales originales, también de otros escritos diversos, hasta incluir en algún lugar viejos fallos judiciales y hasta la escritura de compra de una propiedad en Buenos Aires.

–Es el documento de hace 55 años de la compra de un departamento a una cuadra de Santa Fe y Pueyrredón. Dos dormitorios, cocina amplia, un living muy grande, una terraza..., me salió 15.000 dólares. Trato de ser lo más preciso posible cuando doy datos para que el lector o futuro investigador se pueda situar en los tiempos. Comparo el precio de ese departamento con lo que yo ganaba en la facultad. Era algo posible. Creo que muchos años después es algo totalmente imposible.

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Imagen: Rafael Yohai
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