ECONOMíA › PANORAMA ECONOMICO

Candidatos al cepo

 Por Julio Nudler

Mientras Brasil afronta ese golpe preventivo de mercado que ha dado en llamarse “efecto Lula”, el futuro argentino se tiende como un mapa con dos caminos que se bifurcan: el efecto Lila (aversión del capital, sobre todo financiero, hacia Elisa Carrió) y el efecto Lole (afecto del establishment hacia el Carlos Reutemann privatista, el que siempre escucha a los empresarios antes de tomar una decisión). Pero aunque los avatares políticos de estos próximos nueve meses, hasta el parto de las elecciones, menearán la crisis de modo hoy impredecible, lo seguro, inmodificable, es que el 25 de mayo de 2003 asumirá un gobierno atado de pies y manos. Para sustentarlo, un solo dato: ese año habrá vencimientos por casi 18 mil millones de dólares con los organismos multilaterales, en parte por el rollover (refinanciación) que acaba de conceder el Fondo. Como la Argentina no podrá ni remotamente cumplir, de nuevo para no caer en un desastroso impago (default) con las instituciones internacionales de crédito necesitará alcanzar un acuerdo con el FMI. ¿Qué implicará esto?
Ante todo, la definición de una política aceptable a los ojos de Horst Köhler y Anne Krüger, que seguirán comandando al Fondo y respondiendo a las consignas del gobierno de George W. Bush. Huelga aclarar que un programa semejante estará bien lejos de las ilusiones y fantasías con que muchos votantes argentinos irán al cuarto oscuro, soñando con un drástico cambio de rumbo. No habrá tal. Por lo demás, al ministro de Economía entrante le será muy difícil encauzar seriamente las negociaciones antes de las vacaciones boreales, con lo que el proceso formal podría recién iniciarse a mediados de septiembre. De modo que para diciembre del 2003 podría firmarse el acuerdo, si no se estira a marzo del 2004. Mientras tanto, la Argentina continuará en cesación de pagos, ya que no podrá avanzar en la fase II de reprogramación de la deuda mientras no exista el marco de un entendimiento con el Fondo. Pero no solo eso: es impensable que el país pueda reiniciar los suspendidos servicios de la deuda si no recibe un macizo aporte de fondos frescos de los organismos. No debería tratarse de un paquete modesto, como el que ahora busca Lavagna, sino de una vasta operación de rescate. ¿Estará en los planes de Washington?
Si los economistas de la Alianza sentían en diciembre de 1999 que estaban haciéndose cargo de una situación con muy estrecho margen de maniobra, en mayo de 2003 los grados de libertad serán poco menos que nulos, aunque la montaña de problemas para entonces no resueltos exija elaborar muchas respuestas. Carlos Pérez, de Fundación Capital, imagina que Duhalde y su gabinete caminarán por una cornisa durante el resto de su gestión, pero que los futuros gobernantes correrán, mucho más que el propio bonaerense, el peligro de caerse del saliente al infierno. La cornisa es esta lenta agonía, la preservación de un equilibrio precario bajo una lluvia de presiones. El infierno es la hiperinflación y el caos. Jorge Vasconcelos, de Fundación Mediterránea, sospecha que al futuro presidente lo rondará el fantasma de Toledo, cuya popularidad entre los peruanos se derrumbó a menos del 20 por ciento en pocos meses.
Los impacientes deberían tener en cuenta que en Brasil, tras la abrupta devaluación del real en enero de 1999, pasaron entre 9 y 12 meses antes de que se viera algún efecto positivo de la competitividad conquistada sobre la sustitución de importaciones, y que el repunte de las exportaciones tardó un año y medio en producirse. Pero Brasil devaluó sin corralito y sin default, con lo que en la Argentina, que carga además con esas pesadísimas mochilas, la recuperación puede demorarse más todavía. De todas formas, el segundo semestre del 2003 podría ser un buen momento para la reactivación, dependiendo del efecto Lila, Lole o algún otro de origen interno, pero también de las contingencias de la economía mundial, que ha ingresado en una fase complicada y misteriosa. De cualquier forma, es casi imposible que el año próximo el país deje atrás el default y, consiguientemente, muy improbable que consiga repuntar significativamente.
Por tanto, el nuevo gobierno puede tener que dar batalla en dos difíciles frentes simultáneamente. Uno, el de las expectativas insatisfechas de la gente, que no sentirá mayor alivio y redoblará sus demandas (probablemente los empleados públicos y los jubilados), mientras las privatizadas presionarán, por vía judicial, de lobby o ambas, por reajustar drásticamente sus tarifas, derrumbadas en dólares. El otro frente será el de una economía lastimada que, en la mejor de las hipótesis, habrá desacelerado o detenido la salida de capitales, que –sin contar la plata que se llevaron los bancos– fue de 24 mil millones de dólares desde mediados de 2001.
Todo sería presuntamente más fácil para su sucesor si Duhalde hubiese estado o esté resuelto (no es demasiado tarde) a hacer todo el trabajo sucio, y asumir el consiguiente costo político, gesto que descartan quienes lo conocen (como si algún político tuviera disposición a inmolarse). Añoran algo semejante a lo acontecido en 1990 tras la híper y el Plan Bónex. Pero hay que tener en claro que por trabajo sucio se entiende castigar aún más duramente a los asalariados y a los ahorristas, hasta lograr que la crisis toque fondo, como si en ese pantano pudiera el país hacer pie y tomar envión. Nunca falta quien crea que la redistribución regresiva no ha ido aún lo suficientemente lejos.
Incluso con sus esfuerzos por administrar la miseria, evitando un definitivo estallido mediante el amesetamiento de la crisis, Duhalde y su ministro Roberto Lavagna no podrán evitar un 2003 de luctuoso balance, según presagian las consultoras. Ambito Financiero relevó las proyecciones para el resto del año de siete craneotecas y las publicó el miércoles. Los economistas consultados calculan que el PBI sufrirá una caída anual de hasta 16,6 por ciento, igual que el consumo, mientras la inversión bajará entre 27 y 49 por ciento, los precios minoristas saltarán entre 88 y 120 por ciento, y los mayoristas, entre 124 y 226 por ciento; el dólar cerraría diciembre a $ 4,50 como mínimo y 5,50 como máximo, mientras que la tasa de desempleo llegará al 24 por ciento, según el promedio de las predicciones.
Ese ha de ser, con pocas variantes, el pavoroso contexto en el que tendrán lugar, el 28 de noviembre, las internas abiertas, induciendo a polarizar las posturas. Seis meses después, al jurar en la Rosada, el nuevo presidente heredará una pirámide de cuentas sociales y económicas por pagar, un régimen tributario altamente distorsivo, la destrucción del sistema financiero y del crédito, la necesidad de reconstruir la moneda... Pero ese presidente difícilmente se imponga por un margen claro, por lo que tendrá urgencia de legitimar su mandato, mientras envía al Lavagna de ese momento a negociar con Anoop Singh o quien, a esa altura, se encargue de encarnar la despectiva frialdad de los republicanos. Van a necesitar mucha suerte.

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