EL MUNDO › OPINIóN

Una oposición sin rumbo

 Por Eric Nepomuceno

Desde Río de Janeiro

El año termina con los dos principales candidatos de la oposición –Eduardo Campos, del Partido Socialista Brasileño (PSB), y Aécio Neves, del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), el mismo del ex presidente Fernando Henrique Cardoso y que sufrió tres contundentes derrotas en las más recientes disputas presidenciales– buscando un rumbo, cualquier rumbo, para derrotar a Dilma Rousseff, del PT del ex presidente Lula da Silva, en octubre de 2014.

Del lado de Campos, la gran duda es qué hacer con la ambientalista evangélica Marina Silva, que en la primera vuelta de las elecciones de 2010 recaudó casi 20 millones de votos, forzando el ballottage entre Dilma y José Serra, del PSDB.

Es una situación esdrújula: cuando su nombre aparece en las encuestas, en lugar de Campos, Marina obtiene casi el doble de votos del candidato. Cuando Campos aparece trayendo a Marina como postulante a vicepresidente, las intenciones de voto igualmente llegan a casi el doble. Ocurre que las divergencias entre el Rede –el frustrado partido político que Marina quiso crear y no logró por no atender a los requisitos de la legislación electoral– y el PSB son más evidentes cada día. Armonizar agua y aceite es un desafío milenario que todavía no llegó a solución alguna. Campos, por ejemplo, lanza guiños intensos al agronegocio. La gente de Marina tiene ojeriza al agronegocio. ¿Cómo superar esa diferencia? Campos busca un discurso coordinado, que sea seductor al centroizquierda y a los desilusionados del PT. El discurso de Marina es cada vez más incomprensible, y pasa a millas de distancia de seguir un raciocinio claro y coordinado. Lo natural y lógico, acorde con los sondeos y encuestas, sería que Campos ceda a Marina la candidatura presidencial. Pero sería como prestar la sigla a un adversario.

Del lado de Neves, la gran duda es qué hacer para convencer al electorado de que su partido tiene un programa consistente y viable, suficiente para sanar fallas y conducir el país a buen puerto. Y más: como lograr consolidar su candidatura frente a la sombra siempre presente de José Serra, quien fue derrotado por Lula en 2002 y por Dilma en 2010, pero sigue decidido a presentarse una vez más. Aécio Neves controla el partido y es considerado el candidato natural. Pero para Serra natural es que ocurra lo que él desea, en toda y cualquier circunstancia. La semana pasada lanzó un corto manifiesto, agradeciendo a las personas que defendían su candidatura. El texto fue considerado una declaración de resistencia, pero a los dos días el mismo Serra se negó a confirmar que disputaría algún puesto parlamentario. Si es poco lo que él puede hacer dentro del partido para impedir la postulación de Aécio Neves, es mucho lo que puede hacer para impedir un crecimiento de su rival entre el electorado de San Pablo, el más grande del país.

Mientras tanto, entre un tropiezo y otro, entre una indefinición y otra, Neves presentó lo que serían los doce puntos principales de su programa de gobierno. Ha sido la alegría de Dilma y del PT. Defendió el Bolsa Familia, principal programa social lanzado por Lula, y el Más Médico, el programa de contratación de médicos extranjeros para atender a las poblaciones más carentes del país, en localidades que los profesionales brasileños se rehúsan a ir. En un océano de vaguedades, exhibiendo una muestra formidable de clichés y lugares comunes, sin una única idea concreta, el palabrerío de Neves naufragó rotundamente. Y le dejó a Dilma espacio para un comentario contundente: al saber que Neves había defendido, a nombre de su partido, el Más Médicos, la presidenta agradeció que finalmente la oposición reconozca algo positivo en su gobierno. Y remató: “Lástima que a la hora de votar el proyecto en el Congreso no hayan tenido la lucidez que ahora muestra el señor senador”.

La verdad es que el camino de Dilma Rousseff para reelegirse no está exento de dificultades y, luego de las masivas manifestaciones de protesta de junio y julio, nadie cree que será un paseo tranquilo. Ella sigue con enorme ventaja frente a los otros dos, y si las elecciones se realizaran hoy, ganaría en la primera vuelta. Pero el panorama deberá cambiar de aquí a las elecciones.

Hay problemas en las cuentas públicas, la inflación sigue presionando (las previsiones indican 5,8 por ciento este año), el país sigue careciendo de estructura (puertos, rutas y aeropuertos son, más que un desastre, una ofensa), los servicios de educación, salud y transporte públicos son crónicamente pésimos, y el 66 por ciento de los brasileños quiere cambios. Sería un escenario bastante favorable a la oposición, si la oposición fuese capaz de proponer una alternativa concreta, sustancial y viable al gobierno.

Pero, por lo que se ve, la oposición tiene en Brasil la consistencia y la solidez de un inmenso flan de nubes. Su costado más consolidado y firme está en los grandes medios de comunicación, los grandes conglomerados informativos. Pero nadie vota en ellos.

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