EL MUNDO › EL PRESIDENTE DE LA CáMARA DE DIPUTADOS DE BRASIL NEGó LA EXISTENCIA DE MILLONARIAS CUENTAS EN SUIZA

Cunha, el hombre de las mil explicaciones

El político sospechado e investigado por corrupción dijo que el dinero que tiene son trusts, fondos creados para administrar recursos de terceros, aunque no dijo quiénes son. Y que los recursos existentes no son de su propiedad, sino de uno o dos trusts.

 Por Eric Nepomuceno

Página/12 En Brasil

Desde Río de Janeiro

Eduardo Cunha, el presidente de la Cámara de Diputados que enfrenta un proceso en el Consejo de Ética de la Casa, acusado de haber mentido a una Comisión Parlamentaria de Investigación, finalmente decidió hablar sobre un tema del cual venía escapando frenéticamente: las cuentas secretas que mantiene en bancos suizos, donde fueron depositados millones de dólares de origen más que sospechoso. Y, con la olímpica serenidad de los mentirosos sin miedo, reiteró que no tiene cuentas en Suiza.

¿Y los papeles y documentos enviados a las autoridades brasileñas por sus congéneres suizas, con copias del pasaporte diplomático de Cunha y las firmas todas de él y de su mujer? Silencio.

Lo que tiene, explicó, son trusts, fondos creados para administrar recursos de “terceros”. ¿Quiénes son esos “terceros”? Ah, eso, claro, él no explica. Aclara, sin embargo, que los “recursos existentes” no son de su propiedad, sino de uno o dos trusts. Es un trust, y no él, quien tiene la cuenta bancaria. Cunha dice que “mis activos son propiedad del trust, encargado de su gestión”.

Por lo tanto, el dinero bloqueado en una de esas cuentas –alrededor de dos millones y medio de dólares– no pertenece a él, pero a un trust. Cunha no es dueño de nada, empezando por las cuentas.

Admite, como eventual error, jamás haber declarado al fisco, al Congreso y, claro, a la Justicia Electoral, su patrimonio mantenido en el exterior. Dice no estar totalmente seguro de la necesidad de declarar. Pese a conocer como pocos el régimen interno del Congreso y la legislación electoral, lo dice sin mover un solo músculo del rostro.

Reconoce, sin embargo, que quizá –quizá– exista algún problema relacionado al dinero que entró y salió en la cuenta de su mujer, la ex periodista de la cadena Globo Claudia Cruz. Para dejar todo aclarado, dice que irá al fisco para regularizar la situación.

¿Y de dónde vino el dinero, en cantidades suficientes para que los analistas del Merryll Lynch primero, y luego del Julius Baer, el banco que compró la cartera de negocios y lo sucedió en Suiza, calificasen a Cunha como “inversor agresivo”? Pues de su muy afinado tacto para buenos negocios. De coimas y recursos originados por corrupción, nada.

Recuerda que en la década de 1980 él estaba fuera de la política y se dedicaba al “comercio internacional”. Compraba productos en Brasil y los revendía “al exterior”. Menciona, de paso, la venta de “carne enlatada” para el Zaire y otros países africanos. El lucro obtenido fue acumulado e invertido en acciones “y otros activos”.

¿Por qué jamás declaró nada al fisco? “Por circunstancias del momento”, asegura con aire angelical. ¿No era obligado, por ley? “Bueno, eso habría que ver. Además, ya pasó tanto tiempo”.

¿No le parece raro que un hombre público actúe así? “Bueno, en esa época yo no era un hombre público”. Y ya.

Admite que, hasta 2002, el dinero era de él. Pero entonces se lanzó a candidato a diputado nacional, y no quiso mantener esa situación. Por eso creó un primer “trust”. Y cuando se le menciona los volúmenes de dinero, dice que “no hay nada excepcional en tener cuatro, cinco millones de dólares” cuando se es un inversor “atento y dedicado”.

Hay un dato delicado: uno de los detenidos a raíz del esquema de corrupción en la Petrobras asegura haber pagado a Cunha alrededor de cinco millones de dólares. Otro asegura haber realizado un depósito de un millón 300 mil dólares en una de las cuentas que Cunha dice no existir.

Para ese depósito, el noble diputado esgrime una explicación. Primero, dice que no se dio cuenta de que semejante dinero había sido depositado: al fin y al cabo, la cuenta no es de él, sino del trust que creó. Segundo, quizá sea el pago de un generoso préstamo que había hecho a otro noble diputado, que lamentablemente falleció en el año 2009 y, por lo tanto, ya no puede confirmar si le pagó o no.

Semejante inocencia, mientras tanto, no impide que el mismo Eduardo Cunha haya pedido a las autoridades suizas que fuese anulado el acuerdo judiciario mantenido con Brasil, para suspender las investigaciones sobre las cuentas que él dice no tener y cuya harta documentación fue entregada a las autoridades brasileñas.

Mucho más que exponer en todas sus formas y dimensiones la manera como Cunha se siente impune y, por lo tanto, libre para mentir sin límites ni pudor, deja claro que se siente libre para exhibir todo su poder (vale recordar que en su mesa reposa un pedido de impeachment presentado por la oposición golpista, y con una sola firma –la de él– el documento podrá abrir un juicio político a Dilma Rousseff). Y, a la vez, esa historia revela hasta qué punto el Congreso brasileño vive una etapa de total descalabro.

Cunha controla al menos un centenar de diputados. Las mismas fuentes del dinero que él dice que no es suyo regaron las campañas electorales de un grueso puñado de parlamentarios, todos deudores de Cunha. En el actual Congreso brasileño, las leyes de la Mafia (lealtad, silencio, gratitud y obediencia) se sobreponen a cualquier otra.

La oposición sigue respaldando a Cunha: al fin y al cabo, de su pluma podrá salir el envío del pedido de destitución de Dilma a la Cámara de Diputados. Y exactamente por esa misma razón, el PT no avanza de manera contundente en el Consejo de Ética que lo juzga.

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Eduardo Cunha está acusado de haber mentido en una comisión investigadora parlamentaria.
 
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