EL MUNDO › EL PRESIDENTE Y SUS COLABORADORES QUEDARON ANTE UNA CRISIS POLITICA

W. se ahogó en el huracán Katrina

La imprevisión, indiferencia e ineficacia del gobierno federal estadounidense ante el huracán Katrina dejaron a George W. Bush más políticamente expuesto que nunca en momentos en que ya afrontaba tasas de impopularidad sin precedentes. El presidente viajó ayer a la región afectada, pero lo hizo cinco días tarde, y otra tormenta, ahora política, se cierne sobre su gobierno.

Un George W. Bush políticamente bajo las aguas hizo un intento desesperado ayer de salvar lo que queda de su prestigio –y de su poder interno– mediante una gira largamente simbólica por los estados afectados por el huracán Katrina (Alabama, Louisiana, Mississippi y Florida). Cinco días después de que la catástrofe que sopló desde el Golfo de México golpeara en pleno las costas de esos estados, y en medio de una tormenta de críticas por la insensibilidad o indiferencia de un presidente que hasta ahora sólo había observado el desastre desde la cómoda altura de su avión Air Force One, Bush describió los esfuerzos de ayuda federal realizados hasta ahora como “inaceptables”. Pero el hecho de que él sea el jefe del gobierno federal ponía en duda su credibilidad, y Bush afronta lo que podría ser un desastre político demoledor para su administración.
“Nos pondremos a la cabeza de esto”, prometió Bush ante un país entre horrorizado e incrédulo mientras partía a visitar las ciudades devastadas de Mobile, Alabama y Biloxi, en la costa del Golfo de Mississippi, y finalmente la misma Nueva Orleans. Le faltó decir por qué la ayuda empezó a llegar recién cinco días después, especialmente tratándose de ayuda humanitaria. “Lo que no está funcionando bien lo haremos bien”, declaró en Mobile, notando que el Congreso aprobó un paquete de ayuda de 10.500 millones de dólares para las tres regiones estatales golpeadas en “su hora más oscura”. Pero hay pocas chances de que su visita, pasados cinco días desde el inicio de la tormenta, tendrá el mismo efecto en la suerte de Bush que su visita a la humeante Zona Cero en Nueva York días después de los atentados del 11 de septiembre, considerados como el punto más alto de su presidencia, en el cual la nación entera se unió detrás suyo. El senador David Vitter, republicano de Louisiana, estimó que podría haber 10.000 muertos sólo en su Estado, aunque las autoridades confirmaron sólo 228. Y agregó que el drenaje de la ciudad tomaría un mínimo de dos meses.
El país, que todavía luchaba por comprender las dimensiones de la catástrofe, se vio impactado en la mañana de ayer por la explosión de Ray Nagin, alcalde de Nueva Orleans, declarando la furia, frustración y sentido de desamparo de aquellos que esperan ser evacuados. “Muevan el culo y hagamos algo”, dijo en una cruda y emocional entrevista en la estación de radio local WWL-870. “Necesito refuerzos, necesito tropas, hombre. Este es un asunto extremadamente importante. Pónganse las pilas. Perdonen mi lenguaje, todos en Estados Unidos –dijo–, pero estoy enojado.” En una desesperada declaración posterior, describió cómo en el Centro de Convenciones de la ciudad 100 policías fueron tiroteados por agresores. Pero decidieron abandonar el edificio antes que disparar en respuesta, por miedo a lastimar a gente inocente refugiada en la oscuridad.
“Continúo escuchando que las tropas están en camino, pero todavía estamos protegiendo la ciudad con 1500 guardias nacionales”, se quejó Nagin, desafiando declaraciones gubernamentales que dicen que 30.000 guardias están en camino. Estimó que 50.000 personas estaban aún atrapadas en la ciudad, miles de las cuales morirán a menos que la ayuda llegue inmediatamente. Es que Nueva Orleans era ayer la viva escena de la anarquía. Bandas de agresores saqueaban, violaban y asesinaban sin piedad sin que los agentes de seguridad, que se encuentran desbordados, pudieran evitarlo.
Los demonios raciales de Estados Unidos también han vuelto a despertar por la crisis, que se desarrolla en una ciudad en la cual el 67 por ciento de la población es negra y donde al menos un tercio de la población vive bajo el nivel de pobreza. Mientras la ayuda de emergencia era aprobada en la sede del Congreso estadounidense, un convulsionado Black Caucus (asociación de legisladores negros) demandó una respuesta mucho más fuerte del gobierno federal. “Que no termine diciéndose que la diferencia entre aquellos que sobrevivieron y aquellos que murieron fue la pobreza, edad o color de piel”, dijo Elijah Cummings, un representante de Maryland. El presidente insistió en que estaba haciendo todo lo que podía, pero Cummings dijo “simplemente no estoy de acuerdo. Escuchamos el eslogan de la campaña de ‘Conservadurismo compasivo’. Ahora queremos cierta compasión”. Bush, declaró, cita la Biblia seguido. “Simplemente digo, Dios no puede estar contento con la respuesta.” Otros congresistas negros hicieron mordaces comparaciones con la guerra de Irak, para la cual EE.UU. destina 5000 millones de dólares por mes. “Hablaron de ‘conmoción y estupor’ en Irak”, notó Jesse Jackson Jr., representante de Illinois e hijo del líder de derechos civiles. En Nueva Orleans “hemos sido testigos de lo conmocionantemente horrible”.
Incluso antes de Katrina, las tasas de popularidad de Bush estaban en un nivel bajo sin precedentes, influidas por la creciente impopularidad de la guerra de Irak. Hoy la Casa Blanca enfrenta críticas de todo el espectro político, de derecha a izquier-
da, en el sentido de que el gobierno ha hecho demasiado poco, y demasiado tarde. Incluso el conservador Washington Times ha argumentado en contra del presidente. “Estamos complacidos que por fin haya vuelto de sus vacaciones”, declaró el diario. Pero es “momento de que rueden cabezas”, escribió. De otra forma, “se arriesga a perder el único rasgo del cual sus críticos nunca han dudado: su capacidad para dirigir”.

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George W. Bush intenta consolar a una madre ayer.
 
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