EL MUNDO › OPINION

Lula tiene que ser culpable

 Por Emir Sader

Aun sin ninguna prueba de algún tipo de enriquecimento personal, aun sin ninguna prueba de haber obtenido ventajas personales de su cargo de presidente de Brasil, aun volvendo a vivir en el mismo departamento en la periferia obrera de San Pablo, desde donde salió para ser el presidente de más exito y prestigio en Brasil y de Brasil en el mundo, aun con todo eso, Lula tiene que ser acusado, procesado, considerado culpable y condenado.

Si eso no sucediera, pese a la acción discriminatoria del Poder Judicial, de la Policía Federal de Brasil, del Congreso, no será posible decir que todos los políticos son inmorales, que todo líder popular conquista el apoyo del pueblo en base a fraudes. No será posible justificar que se instale en Brasil un gobierno de corruptos, de ladrones, de golpistas, sin ningún apoyo popular, como si el país estuviera condenado a ser manipulado por ese conjunto de mafiosos que ha asaltado el poder a través de un golpe.

Si Lula fuera candidato de nuevo y el pueblo volviera a reconocer, una vez más, en él, su liderazgo indiscutible, no será posible decir que el contacto con el Estado corrompe a todos, que los gobiernos sirven para enriquecer a los políticos. Quedará en evidencia, al contrario, que es posible promover los derechos de todos, incluyendo también a los más pobres en la esfera de los derechos esenciales garantizados por el Estado.

Si Lula no es condenado, aun con pruebas falsas, por jueces que representan los peores intereses de la elite brasileña, responsables de mantener el país en el Mapa del Hambre, entonces se probará que un presidente puede atender a los intereses de todos, que no es necesario gobernar para los ricos y en contra de los pobres. Quedaría demostrado que Brasil no necesita someterse a los designios del mercado, del capital especulativo, del FMI. Que Brasil puede y debe retomar el desarrollo económico con distribución de renta, el modelo escogido por el pueblo brasileño en elecciones directas cuatro veces consecutivas.

Si Lula no se ha enriquecido como presidente, si no ha traicionado los intereses del pueblo, si es el único político que mantiene un imenso apoyo popular y la confianza del pueblo, con más razón necesita ser condenado, porque esa imagen es insoportable para las elites tradicionales brasileñas. Porque éstas necesitan recuperar el control del Estado y volver a gobernar para ellas mismas y en contra de los derechos conquistados por el pueblo brasileño en este siglo.

Para impedir que de nuevo un gobierno democrático, popular, soberano, se instale en Brasil, es necesario sacar a Lula de la vida política, no importa de la forma que sea. No sirve forjar encuestas en que Lula aparecería con gran rechazo. Si creyeran en esas encuestas, no necesitarían sacarlo de la vida política. Bastaría derrotarlo en disputa democrática, por el voto popular. No habría peor derrota para Lula y victoria más grande para la derecha brasileña.

Pero la derecha sabe que, como ha perdido con José Serra dos veces, con Alckmin, con Aécio, con Marina, va a perder de nuevo, con cualquiera de ellos o con algún nuevo engendro. Por ello necesitan forjar una condena de Lula. Para ello cuentan con el Poder Judicial, con el Congreso, con los medios, con todos los que se disponen a pasar a la historia como marionetas de las minorias dominantes, de lo que de peor Brasil ya ha producido y que necesita de sus actitudes serviles para volver a someter a Brasil a los intereses del uno por ciento dominante, que sólo pudo volver al gobierno por un golpe, que nunca llegaría ahí si fuera por el voto popular.

Un fantamas recorre las mentes de esas elites dominantes, de sus políticos, de los duenos de los medios, de los jueces, de los policías: el fantasma de Lula, que es necesario condenar, frente a la imposibilidad de derrotarlo, si la democracia se restablece en Brasil.

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