EL PAíS › ENCONTRARON EL CADAVER DEL CHICO EZEQUIEL DEMONTY FLOTANDO BAJO UN PUENTE DEL RIACHUELO

Un cuerpo que condena a la Policía Federal

Fue tres kilómetros río abajo de donde lo obligaron a saltar a las aguas sucias. El principal acusado es un subinspector hijo de un ex jefe de la Bonaerense, que habría golpeado a Ezequiel antes de ordenarle “que nade”. Hay once policías más detenidos.

 Por Carlos Rodríguez

El cuerpo joven apareció flotando sobre las oscuras aguas del Riachuelo, muy cerca del puente Victorino de la Plaza, que cruza la avenida Vélez Sársfield en el extremo sur de la Ciudad de Buenos Aires. El hallazgo fue a media mañana y desde ese momento, casi, se supo que era el cadáver de Ezequiel Demonty, de 19 años, el pibe del Barrio Illia que había sido obligado a arrojarse a las aguas, negras como la misma muerte, en la noche del viernes 13 de septiembre. “Justo en el Día del Estudiante”, suspiró Luz Martínez, quien fue maestra de Ezequiel de la primaria y el secundario, y que siguió la triste escena desde la orilla del río. Anoche, al menos diez de los 12 policías involucrados fueron trasladados a distintos lugares de detención, por decisión de la jueza María Bértola. Entre ellos está el oficial subinspector Gastón Somohano, señalado como el máximo responsable del operativo que finalizó con tres chicos sumergidos en las aguas nauseabundas, dos de los cuales salvaron su vida en forma providencial. Somohano es hijo de un ex jefe de la Policía Bonaerense.
“Al parecer, además de ordenarles que se tiraran al agua, el propio Somohano habría golpeado a Ezequiel con su pistola para acelerar la caída”, aseguró a Página/12 una fuente cercana a la familia. El oficial Somohano es hijo del comisario retirado Osvaldo Somohano, quien fue jefe de la Policía Bonaerense hasta diciembre de 1991, cuando asumió el comisario Pedro Klodczyk, mentor de la llamada “Maldita Policía”. Fuentes de la Federal reconocieron que Somohano hijo tiene “un carácter irritable” y que suele hacer “algunos desplantes”, incluso ante sus propios colegas. El grupo de policías involucrado en la causa estaba encabezado por el oficial inspector Daniel Barrionuevo, quien era el jefe externo de la comisaría 34ª, que fue descabezada a partir de los sucesos que terminaron dolorosamente ayer con la aparición del cuerpo de Ezequiel.
Los otros involucrados son los sargentos Jorge Sosa y Luis Funes; los cabos primeros Luis Gutiérrez, Alfredo Bornasari y José Luis Martínez; el cabo Andrés Wright; los agentes Santiago Ritrovato, Sandro Esteban Granado, Maximiliano Pata y Jorge Ramón Solís. Al parecer, dos de los policías fueron dejados en libertad anoche, luego de ser indagados por la jueza, mientras que el resto fue trasladado directamente a la cárcel de Marcos Paz, donde seguirán detenidos a disposición de la Justicia. El único que no fue llevado a Marcos Paz fue el sargento Luis Funes, quien quedó alojado en una dependencia de la Gendarmería.
La medida fue tomada por la jueza porque Funes fue el policía que admitió ante la doctora Bértola que habían realizado el operativo nocturno del viernes 13, dentro de las mismas características que habían sido denunciadas antes por los dos chicos sobrevivientes, que tienen 18 y 14 años, y que todavía “siguen sin tener ningún tipo de seguridad especial, aunque ya recibieron amenazas”, aseguró una fuente allegada a la familia.
El testimonio aportado el viernes por el sargento Funes fue ratificado ayer por otros tres policías, según pudo saberse en fuentes cercanas a la investigación. Todos aseguraron que la voz cantante la llevó Somohano, quien luego de la detención de los chicos en la esquina de La Constancia y Avenida Cruz, en el Barrio Illia, ordenó que los llevaran hasta la orilla del Riachuelo, a 30 metros del Puente Alsina, en el barrio de Pompeya. Al parecer, en este caso, como ocurría durante la dictadura, nadie cuestionó la orden. Una vez más ganó la obediencia debida.
“El cuerpo estaba flotando, no lo encontramos como resultado de la tarea que seguían realizando los buzos de nuestra fuerza y de la División Bomberos de la Policía Federal”, confirmó ayer el jefe del Destacamento La Boca de la Prefectura, prefecto Hugo Zabala. Explicó que uno de los botes de goma se dirigía desde la Vuelta de Rocha hasta el Puente Uriburu (Puente Alsina) y se topó con el cuerpo a la altura del puente sobre la calle Vélez Sársfield”. Ese puente, que se llama Victorino de la Plaza, está a unos tres kilómetros del lugar donde Ezequiel fue obligado a tirarse a las aguas. “Yo esperaba decir ‘es’, pero tengo que decir ‘era’”, declaró la madre de Ezequiel, Dolores Ingamba, al confirmar que era el de su hijo el cuerpo que habían rescatado de las aguas. “No quiero que pase nunca más”, rogó la mujer, que ante una pregunta inoportuna de la prensa dijo que no pensaba describir el estado del cuerpo. “Espero que ellos vayan a verlo.” Ese fue el único momento en el cual la mamá de la víctima trató con cierta dureza a los asesinos de su hijo (ver recuadro). La mujer estaba acompañada por su actual pareja, Rodolfo Suárez, quien se limitó a decir que “es muy injusto que un chico bueno termine de esta forma. Esto que pasó no se paga con nada y lo único que podemos pedir es que se haga justicia”. Las declaraciones fueron hechas en la puerta de la Morgue Judicial, donde se hizo el reconocimiento.
La repercusión que tuvo la confirmación pareció conmover los cimientos de algunas instituciones que suelen permanecer impávidas ante los terremotos. “Delincuentes”, “enemigos”, “traidores”, fueron las palabras elegidas por el jefe de la Federal, Roberto Giacomino, quien se caracteriza por defender a sus hombres con el mismo ímpetu con el que ayer los descalificó (ver nota aparte). “No hay palabras para calificar la forma en que murió”, dijo el secretario de Seguridad Interior, Alberto Iribarne, al conocerse la noticia.
Iribarne destacó especialmente la actitud asumida por la madre del joven Ezequiel Demonty: “Pidió que no haya más violencia en el momento en que más grande es su dolor y en el contexto de nuestra compleja y difícil situación social”. Iribarne sostuvo que el Ministerio de Justicia y la secretaría están “colaborando con las autoridades judiciales” y dando “plenas garantías a los testigos”, aunque los familiares de los dos sobrevivientes ayer dijeron todo lo contrario.
El defensor adjunto de la Ciudad de Buenos Aires, Gustavo Lesbegueris, quien acompañó a la familia en los últimos días, estimó que con la aparición del cuerpo “se cierra una etapa muy dolorosa y se abre otra que tiene que llevar al juicio y al castigo de los responsables”. El defensor estaba acompañado por Luz Martínez, quien fue maestra de Ezequiel durante el primario y el secundario. “Era una preciosura de chico, una criatura como cualquier otra”, dijo la docente.
La mujer resaltó especialmente que la víctima era “una persona muy tranquila, que nunca generaba ningún disturbio”. Para evitar falsas interpretaciones de sus dichos, se apresuró a aclarar que “aun en el caso de que se trate de chicos que alguna vez delinquieron, esto no justifica lo que han hecho”. Luz Martínez se hizo una pregunta que parece definir el costado central de la historia: “¿Alguien se merece que lo tiren al río?”. Para ella lo ocurrido “no tiene ningún sentido y nos debe llamar a la reflexión a todos”.
La docente recalcó que “lo que hay que pensar es qué hubiera pasado si Ezequiel hubiera vuelto a su casa con vida. Seguramente nada de esto que nos está pasando se hubiera conocido. Que al menos su muerte sirva para que se terminen estas cosas porque es sabido que están ocurriendo todos los días y nadie parece darse por enterado”.
“Si saben nadar, naden”, habrían sido las últimas palabras que escucharon los tres chicos, antes de hundirse en las aguas putrefactas de un Riachuelo que, durante el fulgor del menemismo, iba a ser dejado libre de toda impureza. A partir del caso de Ezequiel, en los barrios que tienen la desgracia de ser vecinos del infecto charco comenzaron a circular historias en torno de otros supuestos casos de chicos que también fueron arrojados al río. “Nosotros hemos acumulado denuncias por abusos de todo tipo, pero nunca hemos recibido ninguna denuncia concreta en la materia”, dijo anoche a este diario una fuente judicial que tiene jurisdicción sobre uno de esos barrios porteños.
Otra fuente, del ámbito universitario y que alguna vez fue juez, recordó que en los tiempos más duros de la primera época del peronismo en el poder “el Riachuelo supo ser el lugar de castigo, no sólo para los ladronzueloso chicos de la calle sino también para los opositores políticos”. En los últimos años, los barrios del sur suelen ser el flanco elegido por patotas violentas de la Federal que habitualmente suelen ser denunciadas por los curas católicos que viven en las villas del Bajo Flores, del Barrio Zavaleta y de Villa Lugano, entre otras.
Anoche se realizó la autopsia del cuerpo de Ezequiel, que puede servir para ratificar que el joven fue golpeado por los policías, antes de ser obligado a arrojarse a las aguas. Fuentes judiciales aseguraron que con las pruebas testimoniales recogidas y con la aparición del cuerpo del delito “el caso está virtualmente cerrado y lo que hay que establecer ahora es el grado de responsabilidad que le cupo a cada uno de los miembros de la comitiva policial”. La causa que había comenzado como “averiguación de ilícito” terminó como “homicidio, lesiones y privación ilegítima de la libertad”. Anoche, como nunca en los últimos años, las fuentes habituales de la Federal estaban “destruidas” por la confirmación. Los restos de Demonty comenzaron a ser velados a las 22 de ayer en una casa de sepelios ubicada en Eva Perón (ex Avenida del Trabajo) y Guardia Nacional, en Mataderos, muy cerca del lugar donde vivían hasta el viernes 13 los dos sobrevivientes. Los chicos están escondidos, sin ningún tipo de custodia especial, y están “virtualmente aterrorizados”, dijeron fuentes cercanas a la familia.
En el lugar del velatorio, a pedido de los padres, tuvo que instalarse un equipo de sonido, ya que allí se realizará una ceremonia religiosa de acuerdo con el rito de los evangelistas. El sepelio se realizará hoy a las 11 en el cementerio de Flores.

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Los padres de la víctima saliendo de la morgue. La madre perdonó “a la institución”.
 
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