EL PAíS › OPINION

Reconquista de lo público

 Por Washington Uranga

Los festejos del Bicentenario dispararon una serie de análisis y debates a partir de la manifestación popular, por su masividad pero además por las características que adquirió. Vale la pena adentrarse en el tema también desde una perspectiva que cruza el hecho festivo con un costado que lo vincula con la participación y con el ejercicio de la ciudadanía. Sobre todo en tiempos en que lo público, entendido como aquello que pertenece a todos en la sociedad, se debate para recuperar su espacio legítimo después de los avances sin límites de las arremetidas privatizadoras. No sólo el mundo de la economía y de los negocios fue alcanzado por aquellos aires. Todos hemos asistido a la privatización del espacio público: los cercos de las plazas, la desaparición de los lugares compartidos para convertirlos en “paseos de compras”, la polución de avisos comerciales que oculta cualquier paisaje sin importar si esto ocurre en la ciudad, en las rutas y autopistas o en medio del campo. La creciente urbanización y la globalización han creado las condiciones para que esto ocurra de la manera descripta. También el hecho de que el Estado ha ido perdiendo y relegando su función de garante de lo público en medio de procesos de “desterritorialización” de la ciudad, convertida poco a poco en espacio del anonimato.

Todo lo anterior no está desvinculado de los procesos políticos. El anonimato al que empuja la ciudad es también el no reconocimiento de los ciudadanos como habitantes y actores naturales del espacio público. Y cuando algunos (llámese movimientos sociales, reivindicativos, gremiales, sectoriales, etc.) ganan “la calle” y utilizan el espacio público para expresar sus demandas y puntos de vista, lo hacen a contrapelo del humor general. No hay un sentimiento que lleve a pensar en la posibilidad de utilización colectiva del espacio público, sino que, por el contrario, una parte de la población vive estas manifestaciones como una intromisión que avanza sobre la única función que se le reconoce al ámbito urbano: la de garantizar la movilidad. Todo ello también porque la ciudad, en tanto espacio público, no se registra ya como un escenario de las relaciones sociales. Si así fuera no podría sorprender un piquete o una concentración, porque no es más que el emergente de la conflictividad social subyacente. Pero no, porque la idea del ser colectivo ha sido gradualmente reemplazada por el concepto del sujeto individual. Este nuevo habitante de la ciudad no percibe el ámbito de lo público como un lugar propio, como sitio de pertenencia. Por lo contrario construye otras redes privadas, cerradas, circuitos inestables y con vinculaciones lábiles conformados a partir de intereses individuales. Así el supermercado sustituye al almacén, el centro de compras al mercado, los juegos se hacen en red por computadora y hasta las actividades recreativas se organizan en torno de identidades que se mencionan como “tribus” o identificaciones similares. Y el contacto personal, físico y directo ha cedido terreno a lo mediático, a la fantasía de la virtualidad comunicacional.

La ciudad, como espacio público, se ha ido convirtiendo en un lugar de segregación que “exilia” en los barrios privados y en los “shoppings”, que a través de la instalación del miedo invita a la reclusión, a la retracción y al aislamiento bajo el pretexto de la autodefensa.

¿Qué tiene que ver esto con la ciudadanía? Si el concepto de ciudadanía se ubica más allá de lo meramente jurídico y no se lo confunde con algunas de las prácticas que lo conforman pero que no lo agotan (votar, gozar de libertad de expresión, recibir determinados beneficios del Estado, etc.), la ocupación del espacio público es una expresión genuina y valedera de la ciudadanía. Porque es una manifestación de pertenencia a una comunidad más amplia, la sociedad, la ciudad, y porque implica una exposición en busca de visibilidad y de identidad.

Sin exagerar y sin pretender sacar conclusiones antojadizas a la ligera, vale la pena prestarle atención al fenómeno popular y masivo que ocurrió en torno de los festejos bicentenarios. El pueblo –al que de forma poco propia se suele denominar como “la gente”– ganó la calle, reconquistó el espacio público, sin otro objetivo que celebrar, encontrarse, hacerse visible, manifestarse. Fue una expresión de ciudadanía porque reflejó pertenencia, identidad, pero también porque por la sola práctica y aun sin conciencia expresa echó por tierra muchos argumentos sobre divisiones, malestar social, enfrentamientos y desánimos colectivos. ¿Fue un momento? Fue una expresión. Que no sirve para generalizar pero que por sí misma desmiente muchos discursos y otros tantos pretendidos diagnósticos socio-político-culturales. Una manifestación popular de la que nadie puede apropiarse sectorialmente pero que es indudable fruto de la coyuntura actual de la sociedad y que, muy probablemente, no se habría dado en otro momento carente de las circunstancias, las condiciones y los componentes que configuran el país de hoy. Basta mirar lo que ocurrió cien años atrás.

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