EL PAíS › OPINION

Día de banco y policías

 Por Sergio Kiernan

Ir al banco nunca es un deporte, pero últimamente se ha transformado en una experiencia francamente desagradable. Colas interminables, gente mufadísima, empleados tensos, frentes tapados con chapas y pintadas, puertas rotas y hasta, en un caso en la City, accesos cerrados por alambradas olímpicas. En este nuevo milenio, los argentinos sólo esperan trampas perras de sus bancos y los bancarios sólo esperan cacerolazos de sus clientes.
Como siempre hay espacio para la creatividad, el Banco Hipotecario decidió dedicarles a sus clientes una experiencia novedosa: la del banco botón. Es curioso, porque el Hipotecario está por definición fuera del corralito y es de las pocas instituciones financieras que no fue atacada, ni pintada, ni escrachada. Como lo único que hace es dar préstamos –no tiene cuentas, ni plazos fijos, ni chequeras– casi nadie se acordó de mencionarlo, a los dueños les dejaron sus señoras madres en paz y a sus clientes en riesgo, los que tenían hipotecas en dólares, el Gobierno les armó un licuadito que parece ser aceptable.
Y sin embargo, el que entre al Hipotecario se encontrará con dos o tres policías de chaleco antibala y pistola al cinto haciendo de porteros. Con un dificultoso intento de ser amables, atajan a todo el mundo y exigen saber por qué uno va a la sede. Si es para pagar, preguntar o hacer un trámite, demandan ver los papeles del caso, los leen atentamente y entonces ordenan dónde ir.
Como la amplia mayoría viene a pagar préstamos de antaño –hay que ser orate para pedir uno hoy en día– casi todos los clientes van a parar al subsuelo, donde se forma una larga y lenta cola. Abajo siguen los policías: hay un par pegaditos al mostrador, escrutando fijamente, poniendo cara seria; hay un sargento rubiecito y joven que como quien no quiere la cosa recorre la fila, mirando, mirando.
Con tan buen ambiente, los clientes empiezan a preguntarse qué pasa. En la cola hay gente impecablemente de clase media, muchos de bermuda y sandalias. Hay una chica coreana leyendo concentrada un libro con caracteres verticales, una nena lindísima jugando con su abuela, tres jóvenes tatuadas parloteando. Hay varios motoqueros impacientes, hay algunos de traje que miran el reloj, calculando si vuelven tarde al laburo. Los canas miran y miran, y los clientes se preguntan francamente qué pitos miran. Uno, de colita y sesentón, los bautiza: son los bancocops, la última que les faltaba inventar a las augustas instituciones.

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