EL PAíS

Un raticida ahí

 Por Eduardo Aliverti

Hay un aspecto que ya fue suficientemente tratado y sin más valor, hacia futuro, que las elucubraciones de una mesa de café en torno del estado mental de la rata. Hay otro que merece un abordaje mayor: la existencia o no de negociaciones entre el equipo de la rata y el del gobierno actual. Y hay un tercer aspecto, el más importante, al que todavía no se le entró, ni profunda ni superficialmente: cuánto condicionarán los argentinos al mapa de poder que se viene. Porque se habla tan sólo de cómo influirá el poder al nuevo gobierno, dejando a la sociedad afuera.
En el primer punto, todo parece indicar que eran ciertas las versiones, archiconocidas en el ambiente periodístico y de los círculos de palacio, acerca de la decrepitud de la rata. Los recitados de frases hechas en los actos de campaña sólo dejaban ver su deterioro físico. Pero, puesta frente a la irreversibilidad de la derrota y ante una exposición mediática menos indulgente, una vez que comenzó a olerse su huida, la rata desplegó una batería de incoherencias y contradicciones que sorprendieron hasta tratándose de ella. La rata fue siempre una terrorista sintáctica, a más de una cultora del doble discurso. Pero en esta oportunidad llegó tan lejos como nunca, probablemente porque nunca calculó tan mal. Le vendieron el diario de Yrigoyen durante toda la campaña, y hasta algunas horas después de cerrados los comicios le insistían en que estaba al frente por alrededor de una decena de puntos. La noche de ese domingo hubo una obra maestra del terror en el hotel donde se alojaba, como si quisiera regodearse con su propia mierda. Y después, la rata no hizo más que seguir chocando contra sí misma en cada aparición pública incluyendo, claro, el texto desopilante que usó para renunciar. ¿Una rata con la experiencia de ésta puede cometer semejante cantidad y calidad de errores sencillamente porque cualquiera se equivoca? ¿Además de una rata senil es una rata autista? Las ratas que la rodeaban y que como buenas ratas ya comenzaron a dejarla sola, ¿también se volvieron locas o como buenas ratas simplemente sabían lo que pasaba y se dedicaron a aprovechar toda la basura que quedaba hasta último momento? Cualquiera de estas hipótesis, con las que el periodismo viene especulando, puede ser cierta.
El segundo aspecto es un tanto más profundo porque tiene alguna conexión con el tercero. ¿La rata le puso precio a su escapada? Este periodista está en condiciones de ratificar que el lunes pasado Néstor Kirchner habló con Eduardo Duhalde acerca de eventuales conversaciones entre el entorno más cercano a la rata y primeras espadas del PJ bonaerense. Los roedores habrían propuesto no bajarse del ballottage y conferir así mayor legitimidad a Kirchner, a cambio de que se les garantizase que no habría persecución judicial contra la rata mayor, ni política contra sus gobernadores, intendentes y legisladores. Habrían pedido también la continuidad de la Corte Suprema y la de Miguel Toma en la SIDE. Hasta lo que se pudo saber de esa charla, Duhalde le negó a Kirchner que él tuviera que ver con rosca semejante, pero no le negó que alguno de sus colaboradores pudiera haber, por lo menos, escuchado la oferta. Fue entonces cuando el ahora presidente electo decidió mostrar los dientes por primera vez, y plasmarlo en ese discurso del miércoles que horrorizó al establishment hasta el punto de provocar amenazas directas por parte de varias señoras gordas del conservadurismo más atroz.
Ya se verá cuánta distancia hay entre lo dicho y los hechos de Kirchner, pero en cualquier caso –entrando ya a la tercera cuestión– importará mucho menos el alcance de las transas que haya habido o pueda haber entre las líneas internas del peronismo y los factores de poder económico, que la voluntad del grueso de los argentinos para hacerles frente. El apenas 22 por ciento de votos del inminente jefe de Estado querrá decir mucho o nada, según sea la dialéctica entre las medidas que impulse y la determinación del conjunto de la sociedad. Como bien señaló a Página/12 eleconomista Martín Hourest –y como en alguna medida lo reconoció el propio Kirchner en su discurso– la renuncia de la rata empuja al futuro presidente a “(...) dos acuerdos. Uno con el actual sistema político para conseguir gobernabilidad; y otro con el poder económico, también, por la baja legitimidad. Dicho de una manera brutal, el abandono permite cerrar de una forma conservadora todos los elementos de la crisis política (...) Para mantener el control habrá que hacer acuerdos con los socios del poder durante los últimos diez años. La alternativa de Kirchner puede ser buscar una suerte de plebiscito para sostener sus políticas”.
En el mejor de los escenarios, que significa un Kirchner dispuesto a impulsar un plan muy ligeramente progresista, capaz de reinstalar al Estado como regulador de los desequilibrios sociales (y suponiendo, encima, que tenga la capacidad de liderazgo suficiente para soportar las presiones en contra), la palabra final la tendrán los actores populares. Es aquí donde cabe la madre de todas las preguntas: ¿La implosión de la rata es también el fin de los valores que representa?
De acuerdo con la respuesta, que probablemente nadie pueda conocer con exactitud, se sabrá hasta dónde terminó o no una época. ¿La rata se llevó consigo el culto al individualismo, la fantasía del éxito a cualquier costo, la tolerancia de la corrupción mientras deje migas transitorias, la vocación de discutir política, protestar y ganar la calle sólo cuando quedó atrapado un plazo fijo? Bien lo preguntó el ensayista Alejandro Horowicz: ¿Estalló el menemismo (y con él la desconcientización del conjunto social)? ¿O estallaron los instrumentos que le permitían a la clase media, y al núcleo duro de los sectores populares, imaginarse que no había que pagar los costos de la fiesta?
Si la respuesta es que efectivamente la rata se llevó la cara más desgraciada de los argentinos, no se habrá producido epopeya popular alguna pero sí un primer paso imprescindible si es que se quiere imaginar la edificación de un modelo diferente. Es dudoso. Antes de las elecciones había incertidumbre respecto de lo que se llamaba el voto “vergonzante”: cuántos iban a votar a la rata pero no se animaban a confesarlo. Quizá, lo que haya pasado sea que, justamente, por vergüenza social muchos desistieron de votarla. Pero si es así, lo que habría desaparecido es la rata propiamente dicha. Sólo ésa. No lo que representa. En la contestación a esa pregunta –y no en la cantidad de votos de Kirchner, ni en lo que hará Duhalde, ni en las operaciones del programa de Grondona, ni en las presiones del establishment– está encerrado el futuro argentino.

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