EL PAíS

Mr. K, un viaje para reflexionar

¿Qué significado tiene el humor de Kirchner en el exterior? ¿Por qué Bush le regaló un libro de Malthus?

Horacio González (*).
Peronismo y seriedad

Al Presidente es evidente que le gusta el humor. O al menos esa clase de humor cargado de ironía e intencionalidad que suele ondular en las conversaciones políticas. Reflejo de tensiones irresueltas y de problemas que jamás obtendrán redacción formal, ese humor, a veces llamado “salida humorística”, da un aire mundano a las cuestiones difíciles. Y hace a las dificultades algo menos extenuantes si pueden arrancar una sonrisa.
En el Palacio de los Elíseos, Chirac había mencionado la extradición de Astiz. Y el presidente sureño le soltó su humorada: “Por esas cosas usted sería considerado un presidente de izquierda en la Argentina”. En el Salón Oval de Washington, donde se comanda el mundo (no seguramente desde ese aposento, inevitablemente kitsch, en el que su ocupante regala libros de Malthus en edición original y pega palmaditas reconfortantes en infinitos muslos indecisos), fue Bush el que chanceó con las palabras y dijo que Lula era buen muchacho, aunque de izquierda. El sureño lanzó a su vez su ocurrencia: “Yo no tengo ese problema, pues soy peronista y puedo hablar con él y con usted”. La palabra “peronismo”, nada abundante y más bien exigua en el léxico del presidente argentino, fue a resonar allí.
Son chascarrillos, es claro. Pero traduzcámoslos. La situación argentina, quiere decirse, es hondamente grave y complicada. Lo es en todos los campos: el de la vida popular, la economía pública, las instituciones sociales, la conciencia moral y la memoria colectiva. Aquello que sería fácil en términos de “izquierda” lejana, protegida y sensata, en la Argentina podría verse como abrumador y discorde. Entonces, reaparecería un sueño “peronista” que permitiese hablar con los poderes y las ideologías del mundo, si es que la Argentina recobrase su “seriedad”. Mejor dicho, la seriedad sería volver a la coincidencia entre las palabras, los poderes que designan y la justicia que imparten. Poder hacer aquí lo que en Europa es fácil y lo que en visto desde el Salón Oval no fuese considerado extravagante, aunque sí recto, lógico y autogobernado.
Así, Kirchner, bien o mal, ha jugado con los nombres ideológicos de la historia argentina. Lo hizo en lugares inopinados. También habló con gestos empeñosos. Ha intentado descubrir los núcleos escépticos, subyacentes aunque no secretos de las creencias públicas. Y tocó problemas y nombres. Mejor dicho, tocó los problemas en tanto nombres, por lo que muchos auguran contrariedades cuando aparezcan los problemas “reales”. Pero la extradición posible de los represores (que es un evidente debate sobre el tiempo y la justicia, la territorialidad y los poderes reparadores, la justicia universal y la memoria social, la digna revisión de calamidades y la puesta en claro de la historia nacional) significa volver al debate sobre si aún es posible la Argentina como ente histórico autónomo y justo.
Otro problema más relevante no hay, porque los demás dependen de éste. Pero ya que siempre el pasado golpea las puertas del presente y que nunca está sofocado lo que ha ocurrido antes, no parece conveniente imaginar que el despliegue de símbolos reparadores sería contenidos en un eslogan oficial de “seriedad”, de “país serio”, como el gobierno ha dicho. Nada en contra de lo serio, a veces hacemos chistes y a veces intuimos lo necesariamente grave del vivir. Pero ante la magnitud de estos dilemas (la justicia efectiva reinando en todos los terrenos de la vida argentina) las humoradas no pueden sustituir los textos reales de reconstitución social. Y la postulada seriedad no debe ser una forma ingenua, sea astuta o sea canchera, de negarse a explicitar las dimensiones gigantescas que tiene el drama argentino.
* Sociólogo y profesor universitario.


Andrés Ferrari *.
Un regalo misterioso

Cómo interpretar el regalo que George Bush le diera a Néstor Kirchner, el libro Principios de Economía Política de Thomas Malthus? Aunque nada asegura un “mensaje” transmitido a través del libro, no deja de resultar curiosa la elección.
Resulta preciso “separar” al autor de su obra. A Malthus (1766-1834) se lo vincula a su Ensayo sobre el principio de la población (1798), que sostiene que las guerras, las pestes y demás catástrofes permiten equiparar el nivel de los medios de subsistencia al de la población, en especial cuando no son acompañadas con sus costumbres sociales (sexuales) para prevenir alta natalidad. Los primeros se incrementan aritméticamente (1, 2, 3, 4, etcétera) pero la población lo hace geométricamente (1, 2, 4, 8, 16, etcétera). John Kenneth Galbraith dijo que “con Thomas Malthus y David Ricardo, la economía se convirtió en una ciencia muy triste”. Tal vez ahí se encuentre una primera interpretación del enigmático regalo de Bush: la idea del malthusianismo se asocia con aceptar grandes males pasivamente. ¿Debemos entender eso? ¿Bush le dijo a Kirchner que la Argentina tiene que embromarse?
La ley “natural” de Malthus es de aplicación selectiva. Solo corre para las capas más bajas. Dirá Marx que “en la miseria humana Malthus ve el castigo del pecado original pero juzga ventajoso endulzar para las clases dirigentes a este valle de lágrimas”. Galbraith sostiene que “entre los muchos que han procurado colocar a los pobres sobre las espaldas de los pobres o sacárselas de las de los más ricos, nadie lo hizo más completamente que Malthus”. También recuerda cómo Ronald Reagan, el prócer de los neoliberales, expresaba que la restricción poblacional habría que dejársela al mercado. Más actual, imposible. Un capítulo de la última obra del politólogo italiano Giovanni Sartori, La Tierra explota, se titula “Somos demasiados”. Si remarcar la explosión fue la idea de Bush Jr., habría que recordarle que Malthus perteneció a una época básicamente agrícola, en que la Revolución Industrial aún no había desplegado sus potencialidades productivas. Un analista francés calculó que, de haber sido válida su teoría sobre la población, los habitantes de Inglaterra deberían haber sido de 672 millones en 1970, diez veces más que la cifra actual.
Hay otro enfoque más sobre el regalo de Principios de Economía Política. John Keynes tomaría de Malthus la noción de “demanda efectiva” sobre la cual demostraría cómo la economía de mercado puede generar altos niveles de desempleo. La teoría económica de mercado libre lo negaba y aún lo niega. Malthus no pudo imponer en su época su argumento sobre la posibilidad de que surja una crisis por falta de demanda efectiva, es decir la demanda respaldada en el poder de compra real: yo quiero un auto, y además tengo el dinero para comprarlo. Para generar esa demanda, Malthus abogaba por construir obras públicas e incentivar el consumo de los pudientes. Así, Malthus (y también Ricardo) trataron un tema que hoy es casi tabú: la distribución del ingreso.
Entonces, ¿Bush recomendó a Kirchner mejorar la distribución del ingreso en la Argentina? Mmmm...
Puede haber un enigma mayor. Pero también queda una chance: que el regalo haya sido hecho para que los argentinos se maten imaginando hipótesis cuando lo que vale no es el símbolo sino el objeto en sí mismo. Bush le regaló a Kirchner un libro de Malthus. Kirchner le regaló a Bush un cordero patagónico. Bush salió ganando. Ojo, nos debe una.
* Economista. Director del site Mafaldaresiste!

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El Presidente y la senadora Cristina Fernández entrando al Salón Oval de la Casa Blanca, el miércoles último, en la primera visita.
 
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