EL PAíS › PANORAMA POLITICO

Fórmula Uno

 Por Luis Bruschtein

Que Mauricio Macri sea la cabeza de la oposición es la expresión más clara de un escenario polarizado. Frente al kirchnerismo la opción es el neoliberalismo puro, más claro aún que si Carlos Menem fuera el candidato. Es una encrucijada entre dos modelos que se han probado ya en el país. Uno en los últimos doce años de kirchnerismo y el otro durante los ’90. No hay camuflajes. En ese remolino de corrientes opuestas desembocó el proceso electoral esta semana con la consagración de las fórmulas Daniel Scioli-Carlos Zannini y Mauricio Macri-Gabriela Michetti. Se ha dicho que es el escenario más parecido al que prefería Néstor Kirchner, pero lo que fundamentalmente ha colaborado para esta polarización crispada ha sido la furia de las corporaciones y sus operadores mediáticos que cerraron todos los espacios de vías intermedias.

Es un escenario de remolinos. El kirchnerismo decidió que las PASO presidenciales ya le provocaban más costos que beneficios y proclamó su fórmula. El radicalismo va a unas PASO deseando perderlas con el PRO y, sin las PASO kirchneristas, Mauricio Macri se quedó sin otro trofeo que esperaba obtener como el candidato individual más votado. Se quedó sin festejo en Santa Fe y tampoco podrá festejar en las PASO. Es el mundo de las primarias. Un planeta de encuestas y escenarios cambiantes donde se camina en dos planos movedizos al mismo tiempo, el de las internas y el de las generales. El Frente para la Victoria venía de muy atrás al comenzar la campaña en Mendoza con toda la oposición apoyando al candidato radical. En las PASO sólo sacó cuatro puntos menos que toda la oposición junta. Y para las elecciones de mañana las encuestas los muestran parejos.

Los resultados van saliendo desiguales. En el Frente para la Victoria, Carlos Zannini, el candidato que representa al oficialismo puro, el sector que convoca la mayor cantidad de votos, va en segundo término. Y Daniel Scioli, el candidato que aparece como un aliado histórico, más moderado, va en el primero. El oficialismo más duro no pudo instalar una candidatura propia, aunque pudo preservar de esta manera la alianza que le da más garantías de ganar las elecciones.

El radicalismo ya dio por perdida cualquier posibilidad de disputar la presidencia. Es la fuerza que pone más votos (la mayoría de ellos ya se fueron para Macri), y además puede desplegar una proyección en el territorio de la que el PRO carece. Pero no tiene buen candidato. Ernesto Sanz apenas mide para las PASO con Macri y tampoco mide como candidato presidencial. Como ya acordó con el PRO las listas de legisladores nacionales, la UCR necesita que Macri sea el candidato para traccionar a sus candidatos. Si Sanz gana la interna, los radicales están fritos.

El deseo de transformar tiene que operar sobre la realidad. Hay que transformar una realidad para que transforme otra. O sea, se trata de generar una idea, pero además una fuerza, un liderazgo y un candidato entre otras herramientas para operar sobre la realidad en un sentido. Si no, la realidad impone sus condiciones. El radicalismo y el núcleo duro del kirchnerismo no pudieron instalar sus candidatos y la realidad se niveló como el agua en un tanque. El radicalismo juega a que gane Macri las elecciones y el kirchnerismo, a que lo haga Scioli en un juego donde todos se necesitan y todos juegan para sacar ganancia.

Son dos coaliciones, una conservadora, que se llama Cambiemos, pero que intenta retroceder lo que se ha avanzado en lo social, económico, cultural y demás, y el Frente para la Victoria cuyo piso es, al menos, mantener esos logros con la expectativa de profundizarlos.

Macristas y radicales no aceptan esa definición y se presentan como progresistas, pero donde han sido gobierno no han desarrollado políticas sociales o distributivas y las medidas que plantean en economía, así como sus economistas de referencia, son de corte neoliberal. Los intermedios fueron desapareciendo, no hay lugar para sutilezas en un clásico River-Boca entre neoliberales y heterodoxos. Los radicales cedieron a su flanco derechista con la candidatura de Macri. Y Scioli, que trataba de presentar una imagen moderada, fue empujado a un discurso más duro por los ataques de los grandes medios que antes lo consentían y por la necesidad de contener a la mayoría de sus votantes.

El choque entre una política de cambios democráticos que en otras épocas podrían haber sido vistos como “reformistas” o “moderados” y la resistencia feroz a esos cambios por parte de las corporaciones y de una oposición que termina siendo funcional a los intereses afectados no dejaron lugar para discursos sobre terceras vías. Macri se devoró a los radicales y a una parte del massismo, mientras que otra parte regresó al kirchnerismo. No existe la “ancha avenida del medio” con la que Sergio Massa trató de camuflar su proyecto regresivo. Los pocos radicales que rechazaron la alianza con Macri quedaron encriptados tras la candidatura de Margarita Stolbizer, que no pasa de un dígito en las encuestas. Luis Juez y los socialistas desertaron de esa alianza progresista, uno para sumarse a Macri y a la derecha radical y los otros para no romper su frente provincial con el radicalismo. Todos ellos muy presionados por la acérrima presión de las corporaciones mediáticas que, con la complicidad judicial, han logrado llegar a las elecciones sin que se les pueda aplicar la ley de medios. Si alguna vez especularon con Scioli como un submarino de ellos en el oficialismo, ahora lo han descartado y lo defenestran al mismo tiempo que tratan de unificar el voto opositor detrás de Macri.

No es el escenario perfecto que hubieran deseado las corporaciones, porque Macri es un candidato sin matices, con poca apertura, pero es el tipo de polarización que ayudaron a crear con el discurso crispado de sus operadores mediáticos. Si alguna conclusión deja estos años, es que para las corporaciones no existen cambios democráticos o autoritarios, justos o no, mínimos o drásticos. Cualquier movimiento que afecte mínimamente sus intereses será enfrentado con la misma furia. En un contexto muy difícil por la herencia que habían recibido, los gobiernos kirchneristas hicieron muchos de esos movimientos y desataron las Furias que llevaron a estas elecciones polarizadas.

Para el kirchnerismo fue un camino señalizado. Arrancó con numerosos precandidatos que no pudieron terminar de instalarse. Cada quien tenía méritos para exhibirse, desde ministros a gobernadores. Florencio Randazzo tuvo la mejor vidriera en su ministerio y la aprovechó con eficiencia. Es la imagen del Gobierno en la transformación ferroviaria. Pero no le alcanzó para superar a Scioli. Cristina Kirchner entendió la señal, era una decisión inevitable y anticipada: organizó la fórmula con el gobernador bonaerense a la que se sumó Zannini. Si fue Scioli el que se lo propuso a ella o al revés, lo real era que también se trataba de una decisión inevitable y de cajón. Una fórmula de sciolismo puro no hubiera expresado al conjunto más heterogéneo del Frente para la Victoria y no hubiera podido contener a una parte del voto duro del kirchnerismo que algunas encuestas sitúan arriba del 30 por ciento, un índice que lo ubica como la principal fuerza política. Scioli estaba obligado a completar su fórmula con una figura fuertemente identificada con ese voto.

Los sondeos mostraban a Randazzo lejos de Scioli, diez puntos abajo o más, pero con buenos índices en el distrito porteño y en la provincia de Buenos Aires. Hubiera sido un buen candidato a gobernador si lo hubiera aceptado y, en ese caso, lo hubiera acompañado Wado de Pedro. Los tres precandidatos del kirchnerismo que quedaron en carrera en la provincia, Aníbal Fernández, Fernando Espinoza y Julián Domínguez querían que los acompañara De Pedro, con lo que el dirigente de La Cámpora quedó vedado. La propuesta de Aníbal al director de la Afsca, el ex intendente de Morón Martín Sabbatella, comienza a cerrar el cuadro.

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Imagen: Leandro Teysseir & Bernardino Avila
 
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