EL PAíS › OPINIóN

Macrígula o la caligulización de la política

 Por Elina Malamud *

Decía Hegel –y perdón por molestar a Hegel con estas cuestiones–, decía más o menos que la idea y su manifestación fáctica eran instancias que se reflejaban la una en la otra y así el fondo y la forma, la carcasa y su contenido, han develado sus relaciones íntimas a lo largo de la Historia del Arte o del Discurso en una trama imbricada en que la apariencia sensible a nuestros sentidos revela la esencia que la delimita o la trasciende.

Si se echa una ojeada a la fotografía del perrito Balcarce jadeando patidifuso en el sillón de Rivadavia, que circuló campechanamente por las redes sociales, la impresión de nuestros ojos ante su hociquito no deja de remitir a una condición intrínseca del poder que muy bien se podría relacionar con el emperador Cayo Julio César Augusto Germánico y con sus actos premonitorios de la estética macrista.

En el latín de las primeras décadas del Imperio Romano se llamaba Gaius Julius Caesar Augustus Germanicus y era hijo del general Germánicus, hombre querido y respetado por el pueblo de Roma, y a quien acompañó, siendo muy chiquito, en sus campañas militares en Germania. Niño bien como era, se daba el lujo de tener su uniformecito propio, sin que le faltaran las sandalias de cuero atadas al tobillo y guarnecidas con clavos de hierro, igualitas a las de los legionarios, pero tan amorosamaente pequeñitas, que le hicieron caber el mote de “Sandalita”. Expresado sin traducción en el latín de la época, las sandalias o caligas dieron que la Historia conociera al niño como Calígula o “pequeña sandalia”. Aun cuando recibió el Imperio de manos de Tiberio con el favor de la plebe y el cariño transitivo que había inspirado el gran general su padre, las crónicas que trascendieron sobre sus actos de vida y de gobierno –aún cuando no podamos estar seguros de los intereses mediáticos de quienes los registraron- lo dibujan como un individuo arbitrario y caprichoso, grosero y cruel quizá con algunas dificultades cognitivas o neurológicas, dado a las excentricidades propias de la suma del poder y con veleidades de numen divino. Pero nada tan sabido sobre Calígula como la leyenda que cuenta su decisión soberbia de nombrar cónsul y sacerdote a su caballo. También cuenta la Historia que, un día, invitó a cenar a dos cónsules a quienes espetó, muerto de risa, que no dejaba de encontrar gracioso el hecho de que, solo moviendo un dedo, podría hacerles cortar la cabeza, ahí no más. A la embajada de judíos alejandrinos que le presentaron mientras paseaba por los jardines, los mandó venir otro día porque no tenía tiempo para atenderlos... Todo parecido con la realidad no es más que pura coincidencia. Lo gracioso y lo arbitrario, lo burlesco y lo ridículo parecen constituirse en la manifestación sensible de la esencia del poder... en Calígula.

La índole del poder... Ese desajustar y soltar los cinturones institucionales, la estética ramplona de ciertas danzas desafortunadas en el balcón tan caro a la historia nacional, la burla constante de la pobreza cero y el trabajador feliz desmentida por sus propias declaraciones, la prepotencia autócrata que emite y anula leyes de un firmazo decretal, el desparpajo para designar ¡al futuro dirigente de la oposición! expresan la felicidad infantil de haber alcanzado la magistratura solo para detentar el poder como Sancho Panza en su día de rey, como un juego burlón que cumple la función de deleitarse en el señorío del mando y el menoscabo al prójimo, entre otros muchos motivos y consecuencias que tendrá este proceso democrático que estamos viviendo.

Y así un día de augurios clásicos nuestro señor presidente sentó a su animalito de dios en el sillón de Rivadavia y circuló su producción gráfica a la vista incómoda y desconcertada de –al menos– el cuarenta y nueve por ciento de sus súbditos, impúdica cascara ostensible de un concepto del poder.

Retomando las formas del poeta dramaturgo alemán de los tres centavos y parafraseando sus contenidos, podría decir que primero se llevaron a los funcionarios santiagueños, pero yo era porteña así que no me importó, después se llevaron a la grasa militante, pero yo era de planta, así que no me preocupé, después se llevaron a los ñoquis, pero como yo marcaba tarjeta tampoco me preocupé, después se llevaron a la india abusiva, adalid de la vivienda con piscina para la negrada pobre, pero como yo soy blanca no me sentí involucrada, ahora vienen por todos nosotros, que algunos creerán somos el 49 por ciento, pero cuando se den cuenta de que vienen por muchos más... ya será tarde.

¡Ay, Incitatus, Caballo Cónsul! En la comparencia imperial ni siquiera nos dio para caballo y nos quedamos en pichicho.

* Escritora y periodista.

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