EL PAIS › PANORAMA POLITICO

Lopezcaron

 Por Luis Bruschtein

López fue un regalo para el macrismo. Cayó en el momento justo, con el funcionario justo y con las manos en la bolsa. El kirchnerismo sufrió varias situaciones similares. La más parecida fue la muerte del fiscal Nisman, en el momento justo, tras la denuncia contra Cristina Kirchner y al comienzo del año electoral. López aparece justo para salvar el peor momento del gobierno de Cambiemos, cuando sus medidas han generado una crisis profunda que no tiene comparación con ninguno de los años del kirchnerismo, y cuando las causas contra funcionarios kirchneristas habían entrado en un declive que ya parecía definitivo, opacadas por el Panama Papers que impactó en Macri y varios de sus ministros y colaboradores y después la causa por especulación con el dólar a futuro que terminó también por volverse en contra de varios miembros del gobierno. Hasta la famosa investigación con Lázaro Báez, demostró que el empresario tenía más ligazones comerciales con las empresas de Macri que con Cristina Kirchner. Y allí apareció el ex secretario de Obras Públicas con sus bolsas de residuos llenas de dólares y euros. Nadie puede negar la montaña ominosa de dólares de López o la muerte violenta de Nisman. Son hechos concretos, indiscutibles, vergonzoso en un caso, doloroso en el otro. Y se produjeron milagrosamente en el momento adecuado y contra la misma fuerza política.

En el momento justo y siempre con el mismo blanco. La muerte del fiscal y la fuga de López con esa montaña de dólares existieron, son hechos concretos, pero no son esos hechos en sí los que tienen impacto político sino sus derivaciones. En el caso de López, es su proyección hacia el kirchnerismo en general, pero especialmente hacia Julio De Vido y siempre en última instancia, Cristina Kirchner, que es la carta más fuerte a destruir. En el caso de Nisman, el fiscal apareció muerto después de acusar a Cristina Kirchner y a su canciller Héctor Timerman.

La utilización política de la muerte de Nisman movilizó a decenas de miles de personas y obligó al kirchnerismo a empezar ese año electoral a la defensiva. El hecho alimentó investigaciones de la prensa derechista, de la corporación judicial y de la oposición. Hubo acusaciones contra cualquiera que se animara a decir que había sido un suicidio como lo expresaban las circunstancias y hasta las pruebas concretas. Se habló de comandos venezolanos e iraníes que cruzaron desde Uruguay en Buquebús. El gobierno macrista alimentó la leyenda. Y al final, el jueves de esta semana, la Cámara de Casación decidió que con todo lo que se dijo en la prensa y en los pasillos judiciales, más las pruebas reunidas no alcanzaba para afirmar que había sido un asesinato. Es decir, fortaleció de hecho las tesis que siempre se expresaron en la investigación judicial: que no había elementos de prueba para sostener que una tercera persona había sido responsable de la muerte del fiscal.

La utilización política del caso López permitió al gobierno sacar del centro de la escena los efectos de la crisis y de los escándalos de lavado y fuga de dinero, así como la designación de dos jueces en la Corte, la aprobación de una ley que puede hacer naufragar el sistema de jubilaciones estatales y un blanqueo de capitales. Este debate se producía en el parlamento entre el martes y el miércoles, casi en forma simultánea a la bochornosa irrupción del caso López. Hasta ese momento, el oficialismo, debilitado por las protestas masivas contra los tarifazos, tenía problemas para reunir los votos. El martes, cuando saltó el escándalo que involucraba al kirchnerismo, el macrismo hizo su cosecha.

La utilización política no quita la parte de responsabilidad que le cabe al kirchnerismo. Porque tanto Nisman como López habían sido designados en lugares sensibles y de mucha responsabilidad por el gobierno kirchnerista. Y en el caso de Nisman, fue designado al frente de la investigación del atentado a la AMIA, pese (o por) su relación, si se quiere subordinada, a la SIDE que manejaba Jaime Stiuso. Si se sigue el hilo de los hechos y se suman las pruebas físicas que hasta ahora se analizan, la idea de “suicidio inducido” que dejó la fiscal Fein en el aire puede ser la más posible. Pero una cosa es la responsabilidad por haberlo designado y otra esencialmente distinta, sería haberlo mandado asesinar como quisieron hacerlo aparecer. Muchos de los que hablaron y acusaron de cosas terribles, ahora deberían pedir perdón.

López se inserta en el corazón del discurso anti “K” que no es la diatriba contra las políticas sociales del kirchnerismo o contra sus programas económicos, educativos y culturales, sino contra la corrupción. Nadie puede estar a favor de la corrupción. Y al mismo tiempo es muy difícil estar en contra de los juicios a los represores, de la AUH, de la reestatización de YPF o de recuperar el sistema público de jubilaciones. El discurso del gobierno conservador ya empezó a sentar las bases en ese sentido pero difícilmente logre una oleada de indignación por ese andarivel, como sí lo puede lograr con el repudio a la corrupción.

Desde un sector se dijo que el kirchnerismo quiso demostrar que las políticas de transformación solamente se pueden sostener con la corrupción pública, es decir, con fondos ilegales intervenidos por el Estado, ya sean coimas o sobreprecios o las mil formas que puede tomar esa práctica. Esa generalización no considera que donde más indignación produjeron las imágenes y el escándalo de López, fue en el propio kirchnerismo. Los kirchneristas no apoyaron a un gobierno corrupto, o a una banda de ladrones sino a un modelo de país con el que se puede coincidir o no, pero que en doce años duplicó la clase media e hizo pasar el índice de Gini de 0,54 a 0,38, según la CEPAL y el Banco Mundial, lo que implica la transformación más grande de los últimos cincuenta años en cuanto a calidad de vida y ampliación de derechos. En esos cincuenta años, es el único gobierno que hizo descender el coeficiente de Gini. Todos los demás, incluyendo al menemismo y aquellos en los que participaron socialistas y radicales fueron doblegados por la presión del poder económico concentrado o gobernaron en su representación. Por más malabarismos que hagan con los números, los índices sociales dan siempre a favor de esos doce años.

El caso López no abre el debate sobre la corrupción. Por el contrario, algunos pretenden cerrarlo con él para demostrar que la única forma de producir cambios en un sentido social y democrático fuera a través de la corrupción y como si los únicos gobiernos serios y posibles fueran aquellos que toman en cuenta en forma prioritaria los deseos y los intereses de las grandes empresas, o gobiernan pidiéndoles permiso.

Algunos voceros del oficialismo ya habían empezado a plantear que el progreso social que se logró en los años del kirchnerismo es una ilusión óptica: los que no hicieron aportes no merecen una jubilación, los empleados de salarios medios no pueden viajar al exterior o tener un plasma o un celular o que los salarios altos no son competitivos y que si alguien no puede pagar la nafta, que no tenga auto. Son palabras textuales que se empezaron a decir cada vez con menos timidez. El cierre a toda orquesta es el corrupto de López, ex secretario de Obras Públicas del kirchnerismo, tratando de esconder casi nueve millones de dólares en un convento, en medio de un delirio de cocaína y desvaríos místicos. Se lo presenta como si todo lo que venga de ese lado es corrupción porque se quiere instalar fuertemente la idea de que las políticas distributivas son todas populistas contranatura y la única realidad es ajustar el cinturón del pueblo y no confrontar con las corporaciones. Pero además, el misil busca hacer impacto en Cristina Kirchner porque sigue siendo la posibilidad más concreta para la recomposición del campo popular.

Si algo de bueno tuvo esta tragicomedia de López ha sido el repudio de todas las fuerzas políticas a la corrupción. Pero cuando el tema de la podredumbre se generaliza es porque se están ocultando los propios trapos sucios, porque se quiere instalar políticas reaccionarias y porque aprovechan para destruir figuras políticas adversas.

El impacto de la historia de López es difícil de evaluar, sobre todo a mediano plazo. Es evidente que para el kirchnerismo ha sido un golpe fuerte y que para el gobierno fue una bocanada de aire en un momento difícil. La sensación de haber apañado y hasta defendido en algún momento a un corrupto genera desaliento y un rechazo muy grande. Pero para el peronista que busca una opción de propuestas populares y para el no peronista que busca una propuesta con vocación de poder y de generar transformaciones, la única fuerza que puede mostrar esos dos atributos sigue siendo el kirchnerismo con sus peronistas y no peronistas. No surgió otra opción con esa oferta. La derecha del PJ y el Frente Renovador van por otro andarivel, buscando más decepcionados del oficialismo que del kirchnerismo. Y a Cambiemos le va a resultar muy difícil evitar el desgaste provocado por sus políticas de ajuste que ellos califican de “sinceramiento”. El debate político todavía está centrado en esas opciones. Lo que debilita al kirchnerismo –como opción popular–, fortalece al macrismo –como opción de los ricos.

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