EL PAíS › MENSAJES Y RITOS EN LA ENTRADA DE CROMAÑON, AHORA UN ALTAR POPULAR

Las ofrendas en memoria de los chicos

Hay zapatillas de esas que no se lavan, imágenes religiosas, Gauchitos Gil, corazones y muchas, muchas cartas. Hay flores y un tapiz formado por tantas camisetas ahora sin dueño. Gesto de dolor y recuerdo, la esquina de Ecuador y Mitre es un altar para ellos.

 Por Marta Dillon

Sobre el asfalto, decenas de remeras forman un tapiz deforme. Sobreviven al hollín los retazos de canciones que manos adolescentes imprimieron sobre ellas, con letra despareja y sin fijarse en la ortografía. Palabras prestadas que les hablaron al oído tantas veces, dándole una lírica a esa manera de juntarse y de ver el mundo, el mundo pequeño de una esquina, un barrio, una noche más o menos fría. Y sobre las remeras que perdieron el sentido, porque son los cuerpos los que ya no están, un aquelarre de objetos que desde el 31 de diciembre se fueron acumulando como ofrendas en el lugar donde la muerte pasó su guadaña. Le dicen santuario a esa esquina del barrio de Once donde los muñecos, los adornos de dormitorios ahora vacíos, las pelotas de fútbol, las cadenitas y las clavas de malabarista que no volverán a sostenerse en el aire se mezclan con mensajes, fotos –tantas fotos, tantas caras que sonríen como se sonríe cuando un momento feliz exige ser rescatado del tiempo–, iconos religiosos, santos populares, banderas nacionales y de las otras, las de la patria chica de la pertenencia barrial. Le dicen santuario a este lugar hasta ahora desangelado, Bartolomé Mitre y Ecuador, lugar de tránsito para decenas de miles; la última parada para casi 200 jóvenes.
Nadie sabe cuál fue el primer objeto que se acomodó lo más cerca posible de República Cromañón. Tal vez ese “trapo” tiznado del veneno que llenó los pulmones de tantos en la noche del 30 de diciembre; una inmensa bandera que no alcanzó a mostrar el amor por unos ídolos de carne y hueso que le habían puesto música a la película de sus vidas. O las flores, que se pudren enhebradas en las vallas de protección que la policía custodia para separar el lugar que fue una trampa de esa devoción popular que gira en torno de la tragedia. O de la “trajedia”, como escribió una “simple callejera” en una cartulina blanca, así con jota pero con letra cuidada, perfectamente pintada con un marcador que sobrevivió a la lluvia. Frases del corazón, dice, anota, la chica a la que se puede adivinar sentada a cualquier mesa dispuesta a dejar ella también la memoria de su paso y la afirmación de su identidad ahora enredada en “una generación que no tuvo salida... no hay salida”, como si hablara de algo más que el encierro dentro del boliche República de Cromañón. Pero no.
Con esos carteles se fue poblando la esquina en la que la ausencia es tan concreta que se la puede palpar. Como de hecho lo hacen quienes se arrodillan frente a ese santuario que parece haber escupido y mezclado en plena calle tantos ritos adolescentes sembrados de corazones dibujados, ojos rojos como los que quedan después de fumar, zapatillas de lona de esas que nunca se quitan, ni siquiera para lavarlas por ruego de las madres. Zapatillas en las que también se anotaron frases que parecían destinadas a ser el epitafio de esos objetos perdidos de su sentido. “Uno nunca sabe por quién puede morir”, dice una y la sorpresa puede asaltar a cualquiera que no sepa que ése es un verso dentro de una canción de Callejeros, como el otro que se agita en banderas inmensas, pintadas de apuro, sin la prolijidad del dibujo destinado a competir en recitales donde el trapo más grande hablaba también del corazón o la fidelidad más fuerte: “Por los sueños que quedaron enterrados acá”. Lo firma la familia callejera de Quilmes, que también anotó por ahí, como lo hicieron miles con lo que tenían a mano concentrados en un mínimo rincón de esas paredes que protegen las vías del ferrocarril Sarmiento: “Nunca olvidar, siempre resistir”.
Una muñeca pelada mira con su único ojo desde su asiento sobre una caja de esas que se usan para trasladar el equipo de los músicos a salvo de golpes. Tiene la ropa raída, como si las manos que la acunaron alguna vez se hubieran resistido a desprenderse de la infancia. Muñecas como ésa se encuentran en cualquier ropero, la tradición las conserva como a veces se hace con los primeros dientes o ese mechón que quedó después del primercorte de pelo. Debe haber sido un desgarro dejarla ahí, a la intemperie, aunque qué puede importar una muñeca cuando no hay quien la ponga en la cabecera de la cama. ¿Y esa mala imitación de un dinosaurio de peluche con su boca abierta y su estridencia violeta? Lo vela una cruz improvisada en madera de cajón de fruta, sobre la que se escribió en cursiva “víctimas inocentes”. Un Jesús rubio y de ojos claros muestra su corazón encendido al costado. Una mujer se acerca y lo toca, como se tocan los pies de los santos en las iglesias. No tiene ningún vínculo personal con esas víctimas inocentes, pero el tren que la trajo de Moreno la dejó a unos pasos y allí reza por sus dolores privados en compañía del dolor de todos.
Hay botellas de cerveza también, algunas con restos dentro, son las que se usaron para brindar los que quedaron por los que no están la noche de Año Nuevo, explica un guía improvisado con un crespón negro en el pecho. Es el mismo que invita a firmar un petitorio que ya suscribieron más de tres mil voluntades pero que no tiene ningún texto común más allá de las coincidencias. A lado de cada firma, de cada número de documento, hay un espacio para escribir el reclamo que se lee en voz alta y muchos aplauden, cada tanto. No servirá para empujar ninguna voluntad política, es casi una catarsis de quienes llegan como hipnotizados por el dolor que se respira en ese sitio y quieren dejar algo más que la vela que encienden y se derrama para sujetar las remeras que ya son una alfombra.
Formularios continuos escritos en birome que se va borrando con el correr de los días, calcos de equipos de fútbol que rodean un nombre y una historia, corta y particular, a la que homenajean “papá, mamá, tus amigos, tus primos”. Marito y Romi se besan en una foto, él es gordo y su sonrisa encandila, ella vuelca su pelo largo sobre el pecho de su amor y los dos, dice sobre la foto, ahora “alumbran desde una estrella”. Buchu también sonríe aunque se adivina un mohín seductor en su manera de posar para la cámara. Las firmas que rubrican su cartel han roto, con la presión, la cartelera que se dejó en su memoria. Decían sus amigas que iban a ir juntas a Villa Gesell, dicen las chicas, con sus pañuelos en la cabeza y sus gargantillas de mostacilla, que nunca pero nunca, nunca, la van a olvidar.
“Lo único que hizo el Gobierno fue amurar las carpas al piso, porque antes estaban sostenidas por los paquetes de botellas de agua”, esas botellas que dieron, durante la primera semana, un poco de consuelo a los familiares y a los manifestantes que antes de cada marcha se detenían para escribir alguna cosa en las paredes, para dejar una flor más o llorar sin pudor sabiendo que ahí todos saben de qué se trata.
Una y otra vez el guía improvisado del santuario, sin identificarse más que como colaborador, recorre la bocacalle anunciando que cualquier cosa se puede dejar allí, “se puede encender velas, dejar notas, acercar imágenes de cualquier signo religioso, pero nada político, por favor.Política, no”. Igual la imagen del Che Guevara reina como el primero de los muertos elegidos para imprimirse en remeras, pero eso no es política. Ese es un sentimiento, una expresión de esa rebeldía que según tantos mensajes corresponde al roncanrol. Ahora son chicos y chicas, niños y niñas sin ninguna hazaña en su pasado que los distinga los que habitan las remeras nuevas, las que están recién impresas, las que se ven por todas partes y distinguen a quienes conocieron a esa persona que llevan en el pecho cuando la sonrisa de la foto tenía algún destino. Son insoportables esas sonrisas, esos abrazos de novios separados inexorablemente o unidos en una muerte absurda. Es imposible digerir lo que transmite el epígrafe de esa foto de un chico de ojos azules a quien su madre promete justicia, promete amor eterno más allá del cuerpo y firma “tu mamuchi”, como seguramente él le decía cuando quería convencerla de algo.
Algunos eligieron plastificar sus mensajes como una cédula de identidad. La familia de Nicolás Landoni lo hizo, ese chico con extremas dificultades para moverse, que recibió su título de periodista en una silla de ruedas, la misma que quedó tirada en la puerta del boliche la noche del incendio. “No escucho y sigo, porque mucho de lo que está prohibido me hace vivir” había escrito Nicolás para que en el chat lo reconozcan y la familia rescata: “Toda tu filosofía estaba expuesta en el MSN”. La hinchada de Platense le promete a Nicolás, en el mismo espacio del santuario, una tribuna a su nombre, para siempre.
También Micaela, de Escalada, eligió proteger su escrito con un folio de carpeta. Prolijamente dejó anotada su experiencia, la manera en que pidió ayuda y “un pibe me agarró de la mano y no me soltó nunca más, ni siquiera cuando me desmayé, porque cuando abrí los ojos ya estaba afuera”. Son muchos los que no entienden su suerte, “yo tendría que haber estado ahí”, dicen en sus cartas, “el destino no lo quiso. Pero ustedes son mi gente y yo soy su gente”. ¿Y quiénes son “ustedes”? ¿Los que quedaron? ¿Los que no están? ¿Los que entienden de qué se trata ese roncanrol que por ahí se escribió que es “camino pero también los golpes de la vida”?
Los pedidos de justicia, la bronca contra el empresario Omar Chabán o el jefe de Gobierno Aníbal Ibarra también tiene su espacio. Menos en las voces que en los mensajes, no podrían ocupar el mismo lugar que las muchas figuras del Gauchito Gil, la Virgen Desatanudos o el padre Mario, ese sanador que sonríe desde dentro de una zapatilla. Este espacio que llaman santuario está dedicado a la memoria y la plegaria, la pública y la privada, aunque ese límite es confuso y fluctuante. Las cosas que se dejan son objetos cotidianos, antes perdidos en la maraña de cosas que construyen la vida de todos los días. La ropa, los muñecos, las hojas de carpeta arrancadas a la escuela secundaria, los discos pintados con aerosol, los dibujos que se arrancaron de las paredes y ahora se pusieron en común, en este lugar donde lo común fue la muerte. ¿Dónde más iba a dejar Julio, Julio sin apellido, la carta de despedida a su “pequeño gran hermano”? Aunque esté sellada con demasiada cinta adhesiva como para conservar en la intimidad las palabras que el hermano no va a leer la carta está ahí, de cara al público, como una marca, la huella de un afecto, de tantos afectos, que habrá que inventar otra vez desde el diálogo sordo entre los vivos y los muertos.

Compartir: 

Twitter

Una de las muchas camisetas con mensajes que los chicos llevaron al altar.
SUBNOTAS
 
EL PAíS
 indice

Logo de Página/12

© 2000-2022 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Política de privacidad | Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.