EL PAíS › LAS ASAMBLEAS RENACIERON Y POBLARON BUENA PARTE DE LA PLAZA

“Esta noche/somos todos piqueteros”

 Por Irina Hauser

Abarcaban más de tres cuadras en medio de la multitud que marchaba hacia la Plaza de Mayo. Llegaron enarbolando su “que se vayan todos” escrito en letras gigantes en una bandera del ancho de la calle. Las asambleas barriales celebraban su propia presencia. “Vinimos a rechazar la represión”, “a contestarle al Gobierno”, “a decirle que le salió mal el intento de enfrentar a las asambleas con los piqueteros”, definieron algunos caceroleros. Ayer hubo cientos de vecinos que habían dejado de ir a las asambleas que volvieron a marchar con ellas. Esta vez, sin embargo, hubo algo distinto: muchos grupos de autoconvocados tomaron recaudos de seguridad que hasta el momento no se habían planteado.
–¿Quién dijo que estaban muertas las asambleas? Estamos presentes y activos en una situación de crisis –decía Enrique, un señor canoso de Bajo Belgrano mientras señalaba todos los carteles de barrios autoconvocados que lo rodeaban en la Plaza de Mayo.
–O quizá las asambleas recién están naciendo. La conciencia que va adquiriendo la gente es lo más interesante –lo corrigió, reflexiva, Claudia, una de sus vecinas.
“Ya lo veo/ya lo veo/esta noche/somos todos piqueteros”, cantaban las asambleas a medida que desembocaban del lado izquierdo de la Plaza con carteles que los identificaban por barrios. “Yo sabía, yo sabía, a los pibes los mató la policía”, gritaban mirando fijo a los uniformados parados en un cordón en la puerta de la Catedral. En ese momento, un muchacho alto y robusto, empezó a provocar a los policías, pero la gente que estaba a su alrededor le pedía por favor que parara, lo agarraban del buzo, ya no sabían que hacer. Algunos, a esa altura, empezaron a decir bien fuerte que debía ser “un servicio” y a corear para que se fuera.
Pedro Aguilera, un mecánico dental de Paternal, contó que la asamblea de su barrio se reunió de urgencia el mismo día de la represión a debatir qué hacer. “Enseguida llegó a nuestra esquina, San Martín y Juan B. Justo, un grupo de policías. Eso nos terminó motivando aún más a venir a la plaza”, dijo, relato mediante de los malabares que tuvo que hacer para terminar con su trabajo, limar otras actividades de la asamblea, atender a sus hijos y llegar a tiempo a la protesta. “Nos tocan el culo y acá estamos juntos, personas que antes estábamos al lado y no nos hablábamos. Para dar una idea, cuatro vecinos de mi edificio van a la asamblea”, promocionó, de la mano de una de sus hijas.
En otras asambleas, como la de Ramos Mejía, la represión del miércoles generó cierto clima de temor que los llevó a tomar algunos recaudos: “Hicimos rápidamente un listado de teléfonos de organismos de derechos humanos para tener encima y nos aprendimos bien los apellidos de todos, no queremos entrar en una paranoia, ni adoptar esa lógica de algunos partidos de estar a la defensiva, pero nos asustamos un poco más que antes”, explicó Claudio Musacchio, 41 años y barba candado. Los caceroleros de Bajo Belgrano reaccionaron de manera similar. “Contamos bien cuantos somos, desde ayer (el miércoles) tenemos a mano los números de nuestros abogados, lamentablemente es lo mismo que en la dictadura”, dijo Claudia, una empleada administrativa de ojos claros. “Miedo hay, pero estamos en la plaza porque lo vencimos”, agregó Andrea, una de sus vecinas.
“Tal vez ayudó a multiplicar la convocatoria que el día estaba lindo, que no hacía tanto frío y que hubo gente que llegó justo después de trabajar”, pensó en voz alta Patricia Ritz, de Palermo Viejo, de pelo larguísimo, algo conmovida. “Yo sé que donde va la asamblea yo voy, pero me da la sensación de que es un día en que algo se reaviva. El Gobierno hasta ahora se vanagloriaba de no tener muertos en manifestaciones, pero finalmente salió a cumplir con el mandato de FMI de sacar la gente de las calles, eso nadie se lo banca”, agregó.
Carla, una docente de Lomas del Mirador con ojos chiquitos y campera azul inflada, comentó: “El Gobierno y la televisión de aire hicieron muchopara que la gente no viniera. Bastante nos cuesta organizarnos a las asambleas, con las discusiones que ya naturalmente tenemos. Ahora, con tanta gente en la plaza, la sensación es que algo se reaviva”. Un vecino suyo, Adrián Paz, un desocupado de 24 años, agregó en tono burlón: “Intentaron que rechazáramos a los piqueteros, les echó la culpa, pero les salió mal”. La asamblea que ambos integran está en contacto con los piqueteros, han asistido a su congreso e intentan buscar formas de interacción. No es, sin embargo, lo mismo que ocurre en todas las asambleas, aunque en todas existe la decisión tomada de darse apoyo mutuo con todos los movimientos sociales. Claudio de Ramos Mejía agregó: “Dentro de las asambleas todo va madurando de a poco y por caminos diversos. Lo importante es que se está recomponiendo toda forma de solidaridad”.

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