EL PAíS › OPINION

Cuatro años

 Por Eduardo Aliverti

¿A este gobierno le gusta el masoquismo? Todos los indicadores económicos y las condiciones internacionales le son propicios. Inclusive la inflación porque, por más que esté dibujada, no expresa peligro de descontrol y la propia sociedad ya se acostumbró a que no hay una sino varias inflaciones, según dónde se viva y lo que se compre. Y en cuanto a la puja por el ingreso, obsérvese a los tres sectores intervinientes: trabajadores formales, empleados públicos y negreados más marginales. Estos últimos no existen si es por su capacidad de protesta o por su nivel de representatividad. Es gente que está colectivamente sola, aunque hablemos de alrededor de un 40 por ciento de la población económicamente activa.

Los trabajadores del Estado son quienes sufren el mayor rezagamiento salarial, y al contrario de los anteriores tienen una alta influencia respecto de sus posibilidades de incidencia social. Sin embargo, esa bronca no tiene representación de fuerza política alguna e, inclusive, no hay riesgo en afirmar que muchos –si no la mayoría– de los empleados públicos y de servicios terminan votando al patrón administrativo de turno, en algunos casos (las provincias) por cuestiones clientelísticas y en otros (la Nación) porque no encuentran opciones. Y el tercer foco, los trabajadores en blanco y sindicalizados, se expresa o sujeta a través de paritarias en las que priman los acuerdos. Por fuera de estos “núcleos básicos” (marcha de la economía y correlación de fuerzas sociales), lo único potente, al margen de que tampoco es un conflicto de proyección nacional si se lo mira electoralmente, es el rompecabezas de los asambleístas entrerrianos. Empero, y tanto como la situación en Santa Cruz o Neuquén (donde el gobernador Sobisch ya evalúa relanzar su candidatura presidencial y su delfín a gobernador es claro favorito para el domingo que viene...), lo central es que se trata de tumores encapsulados.

Un presente como ése invita a juzgar que los cuatro años de Kirchner al frente del Ejecutivo son un éxito indiscutible y algo parecido al paraíso si se lo compara con las condiciones en que asumió. Pero de un tiempo a esta parte, y sin perjuicio de las operaciones mediáticas de una derecha que como de costumbre fusiona los intereses de la Nación con los propios, se nota un clima que muestra a un poder presidencial cercado, a la defensiva, plagado de amenazas. Corrupción, paros “salvajes”, inseguridad aérea, operaciones en las sombras para proteger a funcionarios del riñón kirchnerista, empiojamiento de la campaña electoral por vía de chicanas baratas. Todo eso tiene cuota de realidad, pero en la misma medida de un estilo de conducción desde el cual Kirchner y los suyos no terminan de tomar nota de que pilotear un país no es lo mismo que comandar Río Gallegos. En Santa Cruz jugó a guapearla y perdió de vista que había importado a Buenos Aires a todos los pingüinos habidos y por haber, quedándose sin dirigentes aptos para muñequear, como lo hizo toda la vida, el conflicto social latente. En Gualeguaychú, se embebió del clamor popular, alentó el corte de los puentes y no quiso ver que ya todo estaba jugado hacia la única salida de negociar el control de la contaminación. Y en medio de Skanska, sabiendo que indubitablemente había o podía haber funcionarios involucrados, se emperró en seguir hablando de coimas entre gerentes de empresas privadas para culminar con una barrida de gerentes estatales.

En una muy interesante y provocativa columna publicada por este diario, el viernes pasado, el economista José Luis Coraggio se permite elevarse por encima de esos apuntes de folklore personal y arriesga qué es lo que ya no puede esperarse del kirchnerismo. La lista habla de que la riqueza y el poder se siguen concentrando y que, por lo tanto, hay cambios de estilo pero no de sustancia y que así continuará; que no se democratizarán las representaciones, y en particular la sindical; que la ansiedad proseguirá por arriba de la gobernabilidad; que el estilo permanecerá bajo la orden de “síganme sin chistar”; y que el crecimiento y una buena caja son la base de un derrame real de justicia social. Según Coraggio, si se aceptan éstos y otros límites, a la par que valorar muchas positividades, “tal vez podamos despejar ilusiones y pensar en alternativas políticas para negociar de otra manera los destinos del país”.

El firmante no está de acuerdo, pero cree que los disparadores estructurales de Coraggio son excelentes en aras de interpretar el momento y la gestión que se viven. Si el kirchnerismo ya selló todo eso que el economista advierte, entonces ya no puede hablarse de un gobierno “progre” que está en disputa entre sus tendencias/gestos de modos de producción/dirección estatal con algún sentido de justicia social, llamémosle, y los aparatos de capitalismo clientelar, corrupto a ultranza y de exclusión social. Si eso es así ya estamos perdidos y no hay más alternativa que negociar con el “corleonismo”, para usar la definición que acuñó hace algunas contratapas José Pablo Feinmann en su afirmación de que la democracia ha muerto. De que sólo pervive un esqueleto de mercados transnacionalizados salvajes, y unos locos con carnet dispuestos a incendiar el mundo en nombre de la lucha contra el terrorismo y el Satán imperialista.

Así como no hay otro tiempo que el que nos ha tocado, los destinos no están escritos. O, por lo menos, vale la pena intentar que no lo estén. A cuatro años de entronizado, con diez millones de pobres e indigentes y vacío de épica, miedoso de la movilización popular y recluido en menos de diez figuras (como mucho), podría ser temerario decir que éste es un buen gobierno. Pero es seguro afirmar que podría haber algo (mucho) peor, más peligroso, más corrupto. Que Macri ande dando vueltas es la prueba más contundente.

Una parte de eso le corresponde a la sociedad, y otra porción a un oficialismo que aparece algo dormido en laureles coyunturales. Skanska, la inflación dibujada, la ausencia de un proyecto concreto de desarrollo a largo plazo, son cosas que hoy no importan como en los ’90 no importó que la rata rematara al país. Pero al primer viento desfavorable de la economía, que en un mundo aturdido no es para nada inimaginable, las facturas caen todas juntas y este tibio pero estimable momento (hasta etapa) de probabilidad de construcción alternativa se puede ir al mismísimo diablo.

¿Kirchner se da cuenta de eso? ¿Nos damos cuenta?

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