EL PAíS › OPINION

Se murió hace mucho

Por Miguel Bonasso

Dicen que Rodolfo Gabriel Galimberti se murió ayer a los 54 años, pero no es cierto: se murió a comienzos de la década del 80, cuando se entrevistó en secreto con el Almirante Cero en el Buenos Aires del crimen y cambió de camisa. El que se murió ayer, como cualquier gerente, en una operación de aorta, era un gordo homónimo que posaba de canalla en revistas amarillas con viejecitos que ya están en el PAMI de la CIA aunque aún sigan jodiendo.
Es más: imagino al verdadero Loco Galimberti haciendo bromas crueles sobre el gordo madurón que se quedó en la operación como cualquier boludo. Un gordo que no cayó en el Líbano, ni en la Franja de Gaza; ni en una esquina de la zona norte de Buenos Aires junto a Carlitos Goldenberg; ni siquiera en la Harley Davidson que estacionaba, imponente, en la puerta del Museo Renault. A mi modo de ver lo único que tenían en común el verdadero Galimba y el dueño de la agencia de seguridad del Exxel Group que murió ayer a la mañana era la sonrisa mordaz, la mueca despectiva de una boca tajeada, casi sin labios. No, en verdad les digo: aquel que llamaban el Tano, el Loco, Alejandro, murió a fines de los setenta, a lo sumo comienzos de los ochenta. Créanme, yo lo conocí: era arrogante y precozmente cínico, cargaba cierta gomina de chico nacionalista del Petit Café, pero poseía un talento político y un arrojo nada comunes. El Perón que jugaba al ajedrez con el dictador militar Alejandro Lanusse lo hizo delegado de la Juventud y el Loco organizó a miles de jóvenes bajo las temerarias banderas de los Montoneros. Luego Perón lo bajaría de un hondazo cuando el delegado juvenil lo puso en aprietos al anunciar la creación de las “milicias populares”. El Loco, entonces, tuvo que “proletarizarse” y “bajar a la base”, así como después tendría que “militarizarse” en la famosa Columna Norte. A fines del ‘76 recibió en la cabeza el “raspón” de una bala de 45 y salvó su vida milagrosamente gracias a unos anónimos ciudadanos que lo guardaron en su casa (un relato que algunos jefes montoneros, como Fernando Vaca Narvaja, pusieron siempre en duda, sospechando que había caído y “negociado su vida con el enemigo”).
A comienzos de los 80, después de romper con la conducción de Mario Firmenich, sacó un documento que prenunciaba al futuro socio de Jorge Born y concedió una entrevista en París a Siete Días donde denunciaba a Vicente Saadi y a otros dirigentes peronistas como “agentes soviéticos”. Saadi lo calificó acertadamente como “botón” y creo que ese fue su testamento.
Después apareció en escena el gordo homónimo que se casó en Punta del Este, con invitados como Jorge Radice y el fiscal Juan Martín Romero Victorica. El que armó una tramoya para sacarles dinero a los Graiver y dárselo a su nuevo patrón, Jorge Born. El amigo del Corcho Jorge Rodríguez. El que se quedó ayer por la mañana en la sala de operaciones.

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