EL PAíS › EL AÑO NUEVO CON LOS FAMILIARES DE LOS SECUESTRADOS

Esperanza e incertidumbre

 Por Eduardo Febbro
desde Caracas

Al filo de la medianoche en Caracas. Una brisa de minutos separa al año viejo del año nuevo. El último día del año había transcurrido bajo los golpes de dos jugadores que en vez de mover las piezas y armar una estrategia pausada apuestan por la muerte del otro con cada golpe. Iba a haber más de una medianoche como hubo más de un día en la misma jornada con dos presidentes, Hugo Chávez y Alvaro Uribe. Sonaron las doce y se festejó a la hora argentina cuando la prensa salía del Palacio de Miraflores después de una última conferencia de prensa de Hugo Chávez. Sonaron después las 12 del año nuevo a la hora venezolana en el piso dos del Hotel donde, con solidaridad latina, la Cancillería venezolana había preparado una recepción para los periodistas que habían pasado las fiestas lejos de sus tierras. Después sonaron las 12 de la hora colombiana y se festejó ese otro tiempo del país amigo y antagónico con otras copas y otros brindis y otra música y nuevos ánimos.

A la tercera medianoche festejada llegaron ellos, alegres, puros, auténticos y dignos, sin una mueca de dolor ni reproches por todo lo vivido, todo lo esperado, todo lo perdido en un puñado de segundos mientras Uribe hablaba sobre el niño Emmanuel y Chávez, casi al mismo momento, leía una carta de las FARC en la que el grupo anunciaba que renunciaba a la entrega de los rehenes. Ellos eran Iván Rojas y María Camila Rojas, Patricia Perdomo y su esposo Gustavo, ese bombón de ternura de pelos rizados que es su hija Juliana, María Fernanda Perdomo, María Camila Rojas: los “familiares de los secuestrados”, los únicos héroes de este poderoso drama que no termina de atravesar el abismo. Habían venido a saludar a quienes seguían la información de la que ellos eran el centro. Un tramo de año nuevo compartido sin cámaras ni grabadores ni preguntas. Sólo música y amistad contra la aspereza de la vida, la injusticia del secuestro y sus infinitas ramificaciones. Medianoche colombiana en Caracas con Héctor Lavoe cantando “ha terminado otro capítulo en mi vida” y esos ballenatos que traen la voz profunda y alegre de Colombia y otros ritmos contra el ritmo de la incertidumbre que puso su dolorosa ambivalencia sobre la certeza pasada de una liberación.

Cuando ingresaron al salón los aplaudimos. No haríamos preguntas. Los veníamos hostigando a cada minuto pero esa última noche del año las barreras de la información estaban quebradas. ¿Qué podíamos preguntar que no supiéramos o no intuyéramos? Ellos estaban tan por encima a fuerza de acumular ausencias e informaciones contradictorias e ilusiones que se acababan en la guillotina, como ocurrió en el curso de ese 31 de diciembre, a través de dos conferencias de prensa en donde Chávez, Uribe y las FARC habían, de nuevo, postergado los abrazos y el reencuentro.

Los familiares no descalificaban a nadie. Le agradecían a Chávez su gestión y creían que los rehenes serían liberados gracias a la mediación Venezolana. Tampoco atacaban a Uribe ni al Comisionado de Paz Luis Carlos Restrepo. Sólo querían la libertad de los suyos y no interponer odios o reproches. Asombrosa frase de Patricia Perdomo, repetida en casi todas las entrevistas: no pide la libertad de su madre Consuelo González sino la de todos los secuestrados “porque ellos son mi familia”.

El 2008 acababa de comenzar sin Clara, consuelo o Emmanuel. Detrás, ahogado en los ballenatos y la ligereza profunda de sus letras, estaba el viejo 2007, la jornada agotadora con la reunión en Villavicencio de los veedores internacionales y la perspectiva de un fin con manos vacías que se intuía. Hugo Chávez ocupó el espacio catódico para leer, por teléfono, la carta que acababa de recibir de las FARC: “los intensos operativos militares en la zona nos impiden por ahora entregar a usted a como era nuestro deseo...”. Eso quería decir que las coordenadas para localizar a los rehenes no llegarían. Pero Chávez reiteró que no renunciaba. “Lo que pudiera cambiar es la modalidad. El operativo que hemos estado desarrollando pudiera pasar o transfigurarse en otra opción, en opciones clandestinas”. Y luego empezó a hablar Uribe desde Villavicencio y, al fin, cuando todo parecía terminado, sacó la carta fatal: las FARC no pueden liberar a Emmanuel porque “no tienen en su poder al niño”. Chávez volvió a hablar en los medios para decir que con esa “hipótesis” el presidente dinamitaba la tercera fase de la Operación Emmanuel, que era “una bola de humo”. Después, a lo último, Chávez ofreció una conferencia de prensa en Miraflores y reiteró que la liberación era posible, que no clausuraba la posibilidad de “que nos lleguen las coordenadas, tenemos un canal de comunicación”. A mitad de su conferencia les advirtió a Marulanda y a Uribe que su guerra era imposible, que ni el presidente ni el guerrillero ganarían la batalla, que había llegado la hora de pensar en la paz. Iván Rojas, el hermano de Clara, dijo lo más sensato que cabía pensar: “tenemos que superar esa estrategia política entre los presidentes. No hay que pasarse del campo humanitario al de lo político”.

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