ESPECTáCULOS

“Hoy mi metabolismo no es el mismo de los ‘70”

Este fin de semana, Daniel Viglietti retomará el contacto con el público argentino. Al borde de los 40 años de carrera, el uruguayo no duda en definirse como “un artesano, un zapatero remendón”.

 Por Karina Micheletto

Daniel Viglietti llega a Buenos Aires después de participar en varios homenajes, recibir un premio por “El tímpano”, su programa de radio, y un ensayo para un recital con Mario Benedetti en Montevideo. Es la primera vez en mucho tiempo que viene a dar un show que no tenga que ver con causas solidarias. El lo explica como algo natural. “He trabajado con la solidaridad como quien respira. No pienso hacerme planteos ni fundamentar por qué lo hago. Se sabe que uno está ahí, cuando puede ayuda.” De cualquier modo, el uruguayo acepta que su actividad artística era una materia relegada en la Argentina, que retoma en un par de conciertos en La Trastienda, mañana y el domingo a las 21. Y anuncia que piensa darle continuidad el año que viene, cuando se cumpla el 40º aniversario de su primer disco y edite uno nuevo. “Quiero festejar el pasado y apostar al futuro. Es una manera de retomar la caminata del trovador”, explica.
Fundador del Canto Popular Uruguayo con Alfredo Zitarrosa y Los Olimareños, Viglietti escribió canciones que devinieron himnos de las luchas populares, especialmente “A desalambrar”, pero también “El chueco Maciel”, “Coplas de Juan Panadero”, “Qué dirá el santo padre” y “Me matan si no trabajo”. Todavía se le eriza la piel al memorar los momentos en que comprobó que estas canciones ya no le pertenecían: En la breve prisión que sufrió en 1972, cuando estando con las manos contra la pared le llegó un susurro cercano: el de una muchacha que entonaba “Gurisito”, bajito, como para adentro. Nunca supo quién era esa muchacha, ni qué fue de su vida. En la Nicaragua sandinista, en una fiesta de un sindicato campesino empezó a cantar “A desalambrar”, y se dio cuenta de que todos la coreaban. “Ellos no sabían que era mía, ni quién era yo. Fue fantástico. También la escuché en las islas filipinas, en un acto de protesta agraria. Y escuché en Puerto Rico una versión salsa, bailable. Esa es la canción que tuvo más piecitos para caminar. Las canciones son como los hijos, en un momento dado se van a hacer por ahí su vida”, reflexiona en diálogo con Página/12.
–¿Cómo es el proceso de creación?
–Es un mecanismo difícil, a veces hago borradores de canciones que quedan años en una carpeta. Muchas seguirán allí durmiendo, pero de pronto la carpeta abre sus puertas, yo veo aquello de otra manera y así nace una canción a partir de un material que estaba como escondido. O a veces ocurre que la inspiración es muy rápida y sale una canción en una tarde en que vengo muy cargado de algo que tengo sacar afuera. Pero en general mi trabajo es más como el de un artesano, como un zapatero remendón que va clavando, cortando el cuerito, armando la canción. El proceso puede ser comparado al de una relación humana. Primero está el encuentro, la magia de un momento, y después hay que trabajar esa relación, organizarla, armarla, estructurarla, revisarla, hasta que en un momento uno dice “es ésta”. No son sólo musas que llegan. Hay que amasar el pan de la musa. Y es un trabajo, vaya si es un trabajo.”
–En la gestación del Canto Popular Uruguayo había una urgencia que guiaba las canciones. Cuando escribe ahora, ¿qué cosas lo urgen?
–Yo creo que nuestros países están más cargados de urgencias que antes. Los reclamos son mucho más dramáticos. Nadie podría decir que ahora estamos mejor. Sin embargo, el metabolismo con el que yo funciono con la canción no es el de los ‘70. La urgencia no provoca las mismas respuestas o el mismo ritmo de respuestas. Yo siempre me sentí músico: cuando paso por las aduanas y me preguntan la profesión, pongo músico. Pero de a poco, con el paso de las décadas, la letra fue tomando mucho peso. Eso exige un trabajo más intenso, y por eso la gestación es más lenta. Las respuestas a esas urgencias ya no son como un eco. Lo cual no quiere decir que lo viva menos intensamente, sino que busco cantar lo que nos está pasando como pueblo, y relacionarlo con los sentimientos interiores. En el interior también hay luchas, alegrías, penas, búsquedas, fallas, certezas, dudas, miedo, coraje... Eso también forma parte de lo de afuera.
–¿Qué consecuencias de la dictadura se advierten hoy en Uruguay?
–Como aquí, las dictaduras pretendieron un escarmiento: “Ah, ¿quieren cambiar la vida, justicia e igualdad? Miren lo que les pasa”. Quisieron instalar el miedo como un alter ego, el miedo como un personaje que te dice: no te metas, no hagas, mirá lo que le pasó al otro. El personaje ya no está, pero algo quedó, la sombra. Los genocidas y civiles cómplices levantan esa sombra amenazante: cuidado que acá estamos. Eso pasa cíclicamente en Uruguay, cuando se tocan ciertos nervios de la impunidad, cuando se reclama justicia. Es una especie de chantaje permanente.
–¿Por ejemplo?
–Pasó cuando votamos una ley de nombre perverso: “Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado”. Ganó la impunidad y los militares no pudieron ser juzgados, después de una enorme operación de chantaje psicológico, que dejaba latente la amenaza de que se reabrirían viejas heridas. Pero la gente perdió el miedo, la amenaza ya no tiene el mismo peso. Maduramos como pueblo, tenemos otra conciencia, no por casualidad en Uruguay hay un frente progresista grande, que supera a los dos partidos conservadores unidos. Eso también viene de las luchas anteriores que alimentaron la conciencia. Nada fue en vano. Cuando llega y muerde, el dolor hace madurar.
–Desde la Argentina se suele ver con envidia a un Uruguay con empresas públicas, con un frente progresista...
–Hay diferencias que provienen de una historia. Ustedes sufrieron mucha, mucha dictadura. Tenemos un sindicalismo más saludable, un frente que unió a la izquierda... Pero me despierta admiración el espíritu combativo de acá, de familiares, Madres, Abuelas. Más allá de líneas, para mí es como si fuera una sola mano, y cuando tengo que darles la mano la doy entera. Los uruguayos aprendimos de las luchas del pueblo argentino. Son cosas muy fuertes, que quizá desde la perspectiva interna a veces no se valoran.
–¿Cómo vivió la derrota electoral del Frente Amplio?
–Fue doloroso, especialmente porque tuve que recibir la noticia y subir a cantar en el acto posterior. Si la actuación más feliz de mi vida fue mi regreso al Uruguay, cuando fui directo a cantar a la cancha de Defensor ante 25.000 personas, con la dictadura en retirada, la más difícil fue cuando tuve que tomar la guitarra tras saber que habíamos perdido. Pero no está perdido quien sigue trabajando para cambiar las cosas, y más en una situación como la actual. Las crisis también incentivan una manera de pensar crítica y un análisis diferente de la realidad.

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Viglietti actúa mañana y el domingo en La Trastienda. “Quiero festejar el pasado y apostar al futuro”, dice.
 
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