ESPECTáCULOS › EL LAUDISTA HOPKINSON SMITH TOCA EN BUENOS AIRES

De cómo tocar con el cuerpo

El célebre intérprete, de virtual incógnito en el país, dará un concierto dedicado a las obras para laúd compuestas por John Dowland, uno de los autores más exquisitos de la historia.

 Por Diego Fischerman

Alguna vez se lo consideró el rey de los instrumentos. Los pintores flamencos –tal vez los primeros en interesarse en reflejar la vida del burgo– mostraban jóvenes doncellas tañéndolo. Es, sin duda, un instrumento antiguo y, además, desaparecido. Durante años nadie escribió música para laúd y, además, tampoco se dedicó a tocarlo. Sin embargo, Hopkinson Smith, uno de los laudistas más importantes del mundo –y, con certeza, el que más ha influido en la recuperación del repertorio y, también, la valoración de su instrumento dentro del mercado de la música clásica– cree que la interpretación de música es una estricta cuestión de actualidad. “Siempre se toca música en el presente”, dice.
El gran intérprete que fue el primero en registrar la integral de las suites para laúd de Johann Sebastian Bach y las transcripciones para ese instrumento de las sonatas y partituras para violín solo y de las suites para cello, está en Buenos Aires. Es la tercera vez que llega a esta ciudad e, igual que en las anteriores, está casi de paso (mañana viaja a Chile) y virtualmente de incógnito. Ayer dio una clase para guitarristas y hoy a las 20 tocará, en un lugar llamado La Musiquería (Azcuénaga 714), un concierto con un programa extraordinario: composiciones de John Dowland y otros compositores ingleses del período isabelino. Se trata de uno de los cuerpos estéticos más importantes, característicos, diferenciados y, además, bellos, de la historia de la música. “Quería tocar esta música. Las canciones de Dowland son de una sutileza increíble. Tienen una dimensión que creo que en general se ignora, por ejemplo en las galliards, y es la riqueza de matices de expresión, que se acerca a lo que un cantante o un actor hacen con un gesto. A veces un comentario de una de las voces alcanza para darle un significado distinto a lo que se está tocando. Cuanto más entro en el lenguaje de esta música, en la manera de escribir de Dowland para el laúd, más me parece que es la misma que la de un poeta con un texto. Y hay momentos en que el ritmo es de tal riqueza, hay tal filigrana entre las voces, tal entrecruzamiento de acentos, que realmente se tiene una percepción de la polifonía, en tanto no hay una voz que pueda predominar sobre otras. Hay piezas donde no hay nada constante, donde se cambia la métrica en cada compás. Hay acentos en los tiempos débiles, todo tipo de desplazamiento de acentos. Tiene el mismo tipo de complejidad y belleza que la música de Chopin.”
Profesor desde hace años en la célebre Schola Cantorum Basiliensis de Suiza, Hopkinson Smith fue parte de varias históricas grabaciones de música de cámara de la década de 1970 y 1980, entre ellas la de la música para viola da gamba y bajo continuo de Marin Marais realizada por Jordi Savall y las de canciones de Alonso Mudarra y romances con texto de Lope de Vega, registrados junto a la cantante Montserrat Fuigueras (allí tocaba vihuela y guitarra barroca). Sus versiones de Bach sentaron una referencia obligada en la materia y, después de años de dedicarse a la carrera solista (“para hacerlo como yo quiero me tengo que dedicar solamente a eso”), recientemente volvió a grabar en grupo, con un conjunto de virtuosos comandado por la violinista Chiara Bianchini.
El programa del CD, editado por el sello Astrée-Naïve, es novedoso: composiciones para laúd y cuerdas y, entre ellos, un trío de Haydn. Pero donde puede rastrearse una de las particularidades de Smith como intérprete e investigador es en otro álbum reciente, dedicado a música publicada en el siglo XVI por Pierre Attaignant. “Siempre se tocaban las mismas piezas y es que en las demás lo único que consta son unos pocos compases. Apenas unos segundos de música. Nadie puede suponer que se bailaba una allemande o una bourrée durante ese tiempo escaso. Yo más bien creo, sobre todo a la luz de que lo que está escrito es, además, muy irregular en cuanto a calidad, que Attaignant tenía a varios laudistas a su servicio para que escribieran y que, además, como había detectado una demanda en ese aspecto, quería tener rápido algo en el mercado, para satisfacer la demanda. Algunas de las partituras son esbozos, como si fueran notaciones de música popular, y en muchas de las danzas las disminuciones (ornamentaciones de la melodía original para que el intérprete se luciera) son pobrísimas. Yo completé las que estaban incompletas, y cambié esas disminuciones por otras más ricas”, explica. Smith afirma que es necesario tocar con el cuerpo (“con los dedos”, dice) y no con la mente pero que, para que eso sea posible, “aquello que debe ser olvidado primero tiene que ser sabido”. El ejemplo que utiliza es claro: “Cuando se habla, no se están pensando las reglas del idioma. Hay que comer, pero después hay que digerir y olvidarse de la comida. El estilo tiene que ser tan propio que se pueda tocar una obra no como si se tratara de un resto del pasado sino como una música que uno desea tocar. Si uno se ha metido en serio en esa música, la propia obra dicta las maneras de frasear, las entonaciones, el gesto del cuerpo necesario para tocarla”.

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Smith es uno de los mejores laudistas del mundo: hoy se presenta en La Musiquería (Azcuénaga 714).
 
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