ESPECTáCULOS

Cómo contar una masacre con una lección de cine

Elefante, de Gus van Sant, se inspira libremente en las muertes de Columbine. Pero, ante todo, entrega un registro lúcido y algo shockeante de la “banalidad del mal” en la high school de EE.UU.

 Por Horacio Bernades

Varios hombres ciegos examinan a un elefante, recurriendo al tacto, para determinar la naturaleza del animal. Uno palpa sus orejas; otro, la trompa; el de más allá, la cola o las patas. Tras el examen, el primero dirá que el animal se parece a un ventilador, y los otros, que es semejante a un árbol, una cuerda, una serpiente o una jabalina. Con esa antigua parábola budista en mente y convencido de que el fenómeno no puede ser comprendido a partir de visiones parciales, Gus van Sant tituló Elefante a su conmocionante estudio sobre la violencia juvenil en Estados Unidos. Ganadora de la Palma de Oro en Cannes 2003 y favorita absoluta del público durante la reciente edición del Bafici, Elefante no sólo devuelve al realizador de Drugstore Cowboy y Mi mundo privado a su mejor forma, sino que es además una de las mejores películas, ya no sólo de su obra sino del reciente cine estadounidense en pleno. Una película que deja al espectador con los sentidos aguzados de quien acaba de atravesar un volcán helado y ni siquiera está seguro de haber salido vivo de allí.
Habiendo evidenciado desde siempre una sintonía finísima con el mundo de los jóvenes y adolescentes, no es raro que Van Sant se haya sentido sacudido por la ola de masacres colectivas que, pocos años atrás, asoló varios colegios secundarios estadounidenses, dejando un tendal de víctimas y un caso notorio: la matanza de Columbine, a la que Michael Moore se había referido en Bowling for Columbine. Basada libremente en ese episodio, no podría imaginarse una película más distinta a la de Moore que Elefante. Mientras aquél utilizaba el hecho como el fiscal que aporta una prueba terminal en contra del uso de armas, el realizador de Todo por un sueño va totalmente por otro lado. Como en sus mejores películas, Van Sant vuelve a tratar las relaciones entre el margen y el centro de la vida adolescente en Estados Unidos, inscribiendo la masacre no como un suceso extraordinario, una alteración de la normalidad estudiantil, sino, por el contrario, como manifestación de aquello que Hannah Arendt denominó alguna vez “la banalidad del mal”. Lo cual eleva a la enésima el efecto de shock.
Autor del guión y también a cargo de la edición de su película (producida por Diane Keaton para un emisor insospechable, la cadena televisiva HBO), la visión de Van Sant se materializa en la puesta en escena con magistral lucidez. Elefante transcurre en un día particularmente luminoso de otoño, y lo que muestra son las actividades de rutina en el colegio secundario de una ciudad indeterminada de los Estados Unidos (el realizador la filmó en su natal Portland, Oregon, donde transcurre buena parte de su filmografía). Destacando del resto a un puñado de chicos protagonizados por actores perfectamente anónimos –cuestión de enfatizar la idea de normalidad–, y con el inestimable aporte del camarógrafo Harris Savides, el realizador sigue sus recorridos a través de los pasillos e instalaciones del high school mediante una serie de interminables travellings, asombrosamente fluidos. Esos recorridos transmiten la sensación de atravesar, en la más absoluta calma cotidiana, las nervaduras de un cerebro en funcionamiento.
En determinados puntos del recorrido la cámara ralentiza su movimiento, como modo de señalar una serie de nudos temporales a los que el relato regresará más tarde para cambiar de puntos de vista, a la manera de unsistema de postas. No se trata de un mero alarde formal, sino de un instrumento privilegiado, que cumple una doble función dentro del relato. Por un lado, permite desarrollar la polifonía de voces que a Van Sant le interesa hacer oír. Por otro, la continua repetición va generando en el espectador la sensación de que algo inusual está por suceder. Es en esos momentos cuando Alex y Eric, los dos chicos que desencadenarán el horror, van emergiendo del conjunto con sus propias rutinas, bien distintas a las del resto. Toman notas en la cafetería, pasillos y biblioteca; diseñan estrategias de ataque; se arman hasta los dientes vía Internet y, finalmente, llegan al colegio con toda la artillería lista y las vestimentas de guerra en su lugar, tras haber celebrado un juramento de muerte.
Van Sant no emite juicio alguno sobre lo que muestra. Diluye toda posible causalidad, limitándose a sugerir apenas posibles fuentes de la locura asesina, tan nimias como una agresión en clase, la sensación de verse desplazados por el sistema en su conjunto o la mera imposición familiar de ejercitar al piano Para Elisa. Mientras tanto, ese organismo o micromundo social llamado high school sigue con sus plácidas rutinas cotidianas, reposando sobre los tranquilizadores acordes del Claro de luna.

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El elenco de desconocidos refuerza la sensación de normalidad.
 
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