ESPECTáCULOS

“Troya” es bastante más que la cara de Brad Pitt

A pesar de algunas licencias históricas, el film de Wolfgang Petersen impresiona para bien y se permite una visión sobre el imperialismo que resulta sorprendente en un film de Hollywood.

 Por Horacio Bernades

Sí, Aquiles es rubio y carilindo. Más que hijo de una diosa, es un dios liso y llano. Siempre y cuando se entienda esto en su sentido menos mítico, en el más adolescente y colegial, como que quien lo encarna es Brad Pitt. Quien no pueda soportar esta gruesa licencia –o el simple hecho de que griegos y troyanos hablen en inglés– la pasará mal durante las casi tres horas de Troya, nueva apuesta hollywoodense por el cine de corazas y sandalias, que aspira a heredar los millones y la repercusión obtenidos en su momento por Gladiador. Quien en cambio esté dispuesto a hacer la vista gorda ante semejante tergiversación (y a toda una serie de bruscas adaptaciones del texto original) se verá inesperadamente recompensado por esta versión libre de La Ilíada, que no sólo supera largamente la media actual del rubro “gran espectáculo histórico” (incluida la propia Gladiador), sino que además admite ser vista casi como contestación al conjunto del cine hollywoodense de la era Bush.
Escrita por el muy atendible David Benioff (autor de la novela y también del guión de La hora 25, de Spike Lee) y dirigida por Wolfgang Petersen (el realizador alemán de El barco, aunque también de Avión presidencial y La tormenta perfecta), Troya narra básicamente los mismos hechos que Homero en La Ilíada, tomándose las libertades del caso. Libertades confesadas (un cartel aclara que la película sólo “se inspira” en el texto de Homero), entre las cuales cabe mencionar la inclusión del célebre Caballo de Troya, que en verdad nunca fue parte de aquel poema épico, sino de la Eneida, de Virgilio. Además, el final de Aquiles aparece aquí pospuesto para hacerlo coincidir con el final de la película. Pero ya se sabe: no hay por qué exigirle a una película fidelidad absoluta con respecto a la letra del texto que la inspira.
La historia es conocida: alrededor del 1200 a.C. y en medio de la expansión griega en la zona del Egeo, la paz lograda entre troyanos y micenos es súbitamente subvertida cuando Paris (Orlando Bloom) rapta a Helena (Diane Kruger), esposa del rey espartano Menelao (Brendan Gleeson) y se la lleva consigo a Troya ante la reprobación de su hermano mayor, Héctor (Eric Bana). Agamenón, rey supremo de los griegos (Brian Cox), aprovecha la circunstancia para lanzarse a la conquista de ese enclave estratégico, poniendo un ejército de 50.000 hombres rumbo a Troya. Aunque Aquiles (Pitt) no vea con buenos ojos el reinado de Agamenón, Odiseo (Sean Bean) logra convencerlo de que se sume a la partida. Lo cual es esencial: el mejor guerrero griego no puede estar ausente de la batalla. Desembarcados en Troya, la fidelidad familiar obligará al rey Príamo (Peter O’Toole) y a su hijo Héctor, conductor de sus ejércitos, a apoyar a Paris, organizando la defensa de la ciudad. El asedio y la batalla en sí duraron, según el poema de Homero, 50 días, a lo largo de los cuales la sacerdotisa Briseida (Rose Byrne) adquirirá importancia fundamental, al convertirse primero en cautiva y luego en amante de Aquiles.
A diferencia de Gladiador, que hacía de su héroe poco menos que la encarnación del destino manifiesto y justificaba a través de él el imperialismo romano en su conjunto, en Troya la condición heroica de Aquiles aparece fuertemente cuestionada por su sed de gloria, su soberbia e individualismo, así como por su carácter de máquina de guerra. Hasta el punto de que termina siendo Héctor, hombre de familia y noble guerrero –así como lúcido y valeroso ciudadano– el verdadero héroe de la película. La misma oposición se plantea entre ambos monarcas: al cruel Agamenón no lo mueve otra cosa que la ambición y el deseo de poder absoluto, mientras Príamo aparece como un monarca tan justo como digno (O’Toole está notable, por cierto). En términos generales, los griegos son vistos como representantes de un imperio avasallador (Odiseo es el único de todos ellos que inspira cierto respeto), mientras que los troyanos defienden la tierra invadida con coraje y nobleza.
En plenos tiempos de guerra de ocupación planetaria a cargo de Estados Unidos, sería ingenuo no leer en Troya una metáfora tan corajuda como sorprendentemente subversiva sobre la actual política de Estado de su país. Mérito en el que, indudablemente, la pluma de Menioff resultó clave. Poniendo el acento en una precisa y bien delineada construcción de personajes antes que en la espectacularidad a cualquier precio, se destaca particularmente la evolución de Paris, que –aquí sí, siguiendo la letra de Homero– pasa de la irresponsabilidad juvenil a la cobardía, para terminar redimiéndose plenamente en el campo de batalla. Otro aplauso merecen los roles femeninos. Sobre todo Helena, que sale bastante mejor parada que en el poema original, y Briseida, capaz de hacerles frente a varios guerreros alcoholizados y, finalmente, de sentar sangrienta justicia con cierto monarca que es, sin duda, el verdadero villano de la película.

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Pitt es Aquiles, el guerrero indestructible... salvo en el talón.
 
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