ESPECTáCULOS › “PEDIR DEMASIADO”, DE GRISELDA GAMBARO, CON DIRECCION DE ALICIA ZANCA

El imperio de los sentimientos

La obra teatral resulta disfrutable por sus reflexiones sobre el amor y el desamor, y por la gran entrega de los intérpretes.

 Por Hilda Cabrera

¿Es la permanencia del rencor lo que alimenta la memoria “de elefante”? En Pedir demasiado, la alusión a esa memoria animal y a la existencia de un rencor agazapado surge en el diálogo inicial que sostienen Elena y Mario, una ex pareja que tras un año de separación decide reencontrarse en una cena. La situación que aquí describe la novelista, dramaturga y ensayista Griselda Gambaro se inicia luego del convite en un restaurante, y cuando, algo “achispados”, Elena y Mario ingresan al departamento de éste. Allí es donde el hombre señala, un poco risueñamente, que tener “memoria de elefante” no implica ser rencoroso. El dicho popular se conecta con lo instintivo: el animal reconoce el lugar en el que va a morir. Una acotación que, al igual que otras en esta pieza, cobra significado a medida que se avanza, siempre de modo fragmentado, en el conocimiento del pasado de los personajes. Estos son aquí recreados por Ingrid Pelicori y Horacio Peña, artistas dúctiles y de excelente trayectoria, destacables en el afinado contrapunto que demanda el texto, y que la directora Alicia Zanca ha trasladado con exquisita sensibilidad. No es ésta una conversación “natural”, y no sólo porque sus protagonistas reconozcan sentirse mareados. En este reencuentro se juegan sentimientos y actitudes bien diferentes respecto de lo que cada uno entiende por enamoramiento, separación y rechazo. En principio, Mario intenta un acercamiento amoroso a la “inconmovible” Elena, quien, por azar o por haberlo buscado, halló un nuevo amor.
Autora de unas cuarenta piezas teatrales, cuentos y novelas (entre las últimas, la bellísima “novela río” El mar que nos trajo, publicada por el Grupo Editorial Norma), Gambaro crea un lenguaje que alterna el vos con el usted para dar idea de cercanía o distancia, especialmente cuando lo que se pretende es frenar el arrebato. Esta forma indirecta de hurgar en las heridas insufla valor al hombre, que puede así expresar con rara sobriedad su más profunda queja: “¿De qué me sirvió su sinceridad? –inquiere en una secuencia–. Sólo a ella le procuró alivio. A mí me hundió”. No hay duda de que le duele la indiferencia de la mujer. “Posee la crueldad de quien es feliz”, dictamina este Mario que vive la separación como una tragedia. Con experiencia en el arte de visualizar la “corporeidad” de un texto, Gambaro explora en el intolerable mundo del desamor con observaciones de un humor seco y un erotismo difuso, mezcla de deseo y desesperación. La angustia en todo caso pertenece a Mario, quien, cercado por sus contradicciones, ofrece a su ex mujer sus penas a manera de “regalo”. Comportamiento que enfurece a Elena: “Quizá también a mí me dejen en algún momento, y entonces veré. Pero no realizaré esta exhibición, este chantaje”, protesta.
La tragedia del varón parece conectarse aquí con la búsqueda de poder antes que con el deseo de reflexionar sobre las razones que dieron por resultado la pérdida del amor. Por eso, quizá, no haya “soluciones” que satisfagan a uno y otra. Las reacciones son, por lo tanto, imprevisibles. El hombre, quebrado, se pregunta de qué sirve cenar y charlar de cualquier cosa, y la mujer, ahora guardiana de su propia independencia, no acepta que la pena del otro caiga sobre ella como una red. En esta confrontación –suavizada en alguna escena por una mirada tierna o el recuerdo de un instante de placer que el cuerpo agradeció– el único entrampado es Mario. El abismo que existe entre lo que él pretende ser para su ex mujer y lo que ésta ve en él magnifica su desgarro, su condición de paria frente al amor. Tal vez por esa imposibilidad de adecuarse a su realidad, cree que “el Edén pertenece a la nada”. Sencilla y compleja al mismo tiempo, Pedir demasiado es una obra que se disfruta por sus reflexiones en torno del amor y el desamor, por la entrega de los intérpretes y el minucioso trabajo del equipo técnico.

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Ingrid Pelicori y Horacio Peña componen sus personajes con notable solvencia escénica.
 
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