ESPECTáCULOS › ENTREVISTA CON WOODY ALLEN EN EL RODAJE DE SU NUEVA PELICULA

“Creo tener una visión trágica de la vida”

El autor neoyorquino filma por primera vez no sólo fuera de su ciudad sino también fuera de su país, en la campiña británica. Y habla de su nuevo proyecto, de las distintas maneras de ver el mundo y de Melinda y Melinda, la película que acaba de estrenar en el Festival de San Sebastián.

Por Vicente Molina Foix *

La entrevista se iba a realizar en Londres, en un descanso del rodaje de su película número 36. Una semana después de la primera llamada llegó el OK: el encuentro con Woody Allen se produciría el miércoles 25 de agosto a la hora menos tentadora del mundo, las ocho de la mañana, y en Reading, donde sigue estando la cárcel en la que Oscar Wilde purgó la condena de los tribunales victorianos escribiendo su mejor poema, La balada de la cárcel de Reading, y su mejor obra en prosa, De profundis. ¿Sería el nuevo filme de Allen, aparte del primero en rodarse en Europa, la profunda balada sexual de una noche de verano?
No, según los indicios. El lugar de rodaje finalmente no era la cárcel, ni siquiera la ciudad de Reading sino una casa en la llanura del condado de Berkshire situada entre los ríos Támesis y Kennet. ¿Cómo se llamaba la película a cuyo rodaje estábamos llegando? Lucy Darwin, la productora que me guiaba al encuentro con Allen, puso una cara entre enigmática y didáctica. “No tiene título. Ninguna película de Woody Allen lo tiene. En un principio, quiero decir. Desde que colaboro con él, y hace ya muchos años, todas empiezan llamándose igual. Casi igual. Esta, por ejemplo, es WASP 2004. Durante la escritura del guión, y a lo largo de todos los preparativos y el rodaje, las películas se llaman ‘el proyecto tal de Woody Allen’, según la estación y el año en que se haga cada una”.
Así que si es en invierno, lo que hay es un WAWP (Woody Allen Winter Project), las del otoño se empiezan llamando WAFP (WA Fall Project), nombres ambos, ya se ve, con una onomatopeya de cómic o pintura pop, y luego están las rodadas en verano (summer) o primavera (spring), que pueden así llamarse, con la ambigüedad apropiada al cineasta neoyorquino, WASP. Unas siglas que en los Estados Unidos tienen un significado muy preciso: White Anglo Saxon Protestant. La primera pregunta es, sin embargo, sobre Melinda y Melinda, que tuvo su estreno mundial el jueves pasado el Festival de San Sebastián.
–¿Resulta superior, artísticamente, el género trágico o el de la comedia?
–Siempre me sorprendió la cantidad de gente que ve el mundo muy positivamente, encontrándolo tan divertido, mientras que otros lo ven con un punto de vista muy trágico. Todos experimentamos los mismos fenómenos, pero cada uno de nosotros los expresa de un modo diferente. La información recibida por los seres humanos es la misma, pero su reacción puede ser totalmente opuesta. Respecto de mí, y aunque se me conozca como un comediante, creo tener una visión trágica de la vida. Y desde luego en la discusión que se establece en Melinda y Melinda yo sostendría el argumento de que la vida es más trágica o dramática que cómica; ocasionalmente, la vida es divertida, sí, pero los momentos divertidos están siempre resaltados por el trasfondo mucho más significativo y persistente de la tragedia.
–Hablando de nostalgias, en sus últimas películas los papeles escritos para sí mismo los interpretan Kenneth Brannagh, Jason Biggs o Will Ferrell.
–Sí, el actor mediocre de Melinda y Melinda que interpreta Will Ferrell... Lo habría hecho yo, desde luego, si fuera más joven. Es el tipo de papel que yo interpreto en mis películas. Pero ahora soy demasiado viejo, y no sería posible hacerlos creíbles. Tienen que ser interpretados por actores de 30 o 40 años, no por mí. Yo ya no puedo hacer esos papeles.
–¿Y siente nostalgia del teatro?
–¿Del teatro? Nunca perdí mi interés por él, y supongo que en alguna de mis películas se puede advertir el profundo amor que sigo teniendo por las cosas del teatro. Melinda y Melinda es posiblemente una de ellas. En todo caso, ahora vuelvo físicamente a los escenarios. Dentro de pocas semanas empiezo a ensayar en Nueva York una obra que escribí y que yo mismo voy a dirigir; una obra de dos personajes, en un proyecto ambicioso. Respecto de si echo de menos mis relatos, de vez en cuando, aún escribo cosas para The New Yorker, la revista donde publiqué tantas cosas. Siempre que tengo la oportunidad intento hacer alguna cosita en prosa para ellos...
–¿Un director de cine, o de teatro, tiene, entre otras prerrogativas, el control remoto sobre las personas que actúan a sus órdenes?
–La manipulación. Un tema fascinante, inagotable. Y eso es exactamente lo que hacen los dos narradores de Melinda y Melinda: manipular la historia del modo que prefieren. Es lo que la gente suele hacer en la realidad. Una persona manipula la información respecto de su vida de una forma seria o trágica, y otra la manipula cómicamente. Lo que pasa es que si estás en el teatro, si sos escritor o cineasta, eso es lo apropiado, pero si uno no desempeña un trabajo artístico y lo hace igual... Entonces ya no es creación imaginaria sino crueldad, abuso.
–¿Y su nueva película?
–Esta película, al igual que Melinda y Melinda, pertenece a las complicadas más que a las que siguen una narración lineal. Me gusta hacer ambos tipos de cine, pero como director prefiero las primeras. WASP 2004 será más bien seria, incluso algo trágica. Y creo que muy inglesa. Es la primera vez que ruedo una película entera, no ya fuera de Nueva York sino fuera de Estados Unidos, y aunque al principio sólo vi riesgos (un ámbito desconocido, un equipo con el que no estoy habituado a trabajar), ha sido una experiencia enormemente satisfactoria. He vivido tres meses muy felices en Londres con mi familia, y conocer gente distinta y descubrir lugares nuevos me ha dado una frescura, un vigor, que espero se vea reflejado en la pantalla. Mis productores británicos encontraron el dinero para hacerla (aunque no es cara) y me dieron la libertad artística que yo necesito: no leer el guión previamente, no discutir el reparto. Ellos, y también la Fox, igual de respetuosa y entusiasta en Melinda y Melinda, se limitan a darme el dinero y dejarme en paz. Y al cabo de un tiempo, yo, simplemente, les entrego el producto acabado.
–¿Hace muchas tomas de cada plano, suele improvisar en los rodajes?
–No, hago las menos posibles. Me falta paciencia. Pero improviso constantemente. Animo a los actores a que lo hagan, y tengo que decir que casi todos son muy buenos haciéndolo. Con frecuencia improvisan momentos maravillosos de la película por los que yo me llevo el crédito de haberlos escrito. La gente me dice: ‘¡Qué maravilla eso tan gracioso que escribiste!’, y resulta que no. Eso tan gracioso se lo inventó el actor. Una vez que leyeron el guión y llegamos al rodaje de la escena, yo les digo: ‘Me da igual que utilicen mis palabras u otras, las de ustedes, siempre que la escena ocurra’. Si lo que vamos a rodar, por ejemplo, es la llegada a su casa de un hombre que le anuncia a su mujer que va a abandonarla, le digo al actor que puede usar la frase que yo he escrito en el guión o la que él mismo diría en la realidad. Siempre, claro está, que resulte creíble para el espectador.
–¿Improvisaciones como las de los músicos de jazz en una jam-session?
–Sí, exactamente. Ese tipo de interpretación musical en la que se improvisa y añaden cosas, y muchas veces lo improvisado acaba siendo mejor que la melodía original.

* De El País de Madrid. Especial para Página/12.

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Woody en San Sebastián, flanqueado por las actrices de Melinda y Melinda, Radha Mitchell y Amanda Peet.
 
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