ESPECTáCULOS › EN EL 9, LA VUELTA DE MARCELO TINELLI CON “SHOWMATCH”

El show del acelere

A la señal de largada, Susana Giménez y Marcelo Tinelli salieron al trote con pura artillería. Ella, que ganó en el rating por ínfimo margen, tuvo el respaldo del staff de Telefé y hasta de su ex marido golpeado. El mostró lo mismo de siempre pero con alarde tecnológico. Pretendido glamour de un lado y gritos pelados del otro. Cada cual fiel a sí mismo.

 Por Julián Gorodischer

Su mundo, 16 años después, respeta las claves que lo hicieron famoso: es apolítico y con un desenfreno moderado. Aunque esta vez se le agrega el deslumbramiento por el alarde tecnológico en la Nueva Casa, en Canal 9. Subime la tarima/ abrime la pantalla/ mostrame bien esas luces, así todo seguidito para demostrar que el pase no ha sido en vano. Eso sí, como siempre, lo que cotiza para Marcelo Tinelli es el acelere y marcha atrás: la palabra oscilante o la promesa incumplida. Aquí, llegó como la sospecha de un atado con alambre detrás de la superproducción: “El día que se trabe llamá al SAME”, dijo más afín al ser criollo, que siempre reivindica. La vida y la TV, 16 años después, se basan en la repetición permanente del mismo recurso, y por eso no desentonó ver la caricatura de Alejandro Romay (a cargo de Miguel Angel Rodríguez) recibiéndolo con la paloma “Daniela”, ni resultó extraño el regreso de un De la Rúa perdido y señalizado. En el debut de ShowMatch (por Canal 9, de lunes a viernes a las 21), Marcelo Tinelli demostró que su modo de la repetición rinde con sus claves propias: fidelidad al elenco de siempre y confianza ciega en la cámara oculta, devenida en parodia de sí misma.
Para empezar, la apertura utilizó a Los Increíbles para representar la tan mentada guerra entre canales: el villano amenazó a los ex gomazos con “aniquilarlos con películas”, y Mister Increíble se hizo cómplice del 9. Así todo el tiempo: la lectura de regalos serviría para tirar el palo a Fabián y Anita (Gianola y Martínez, en Vale la pena, de Telefé) que habrían enviado un souvenir por “todo lo que se sigue facturando con las cámaras ocultas”. El mundito de ShowMatch es anacrónico y consiste en postales de décadas pasadas: los ’80 según Romay (que entrega, allí mismo, sus Nueve de Oro), o los 2000 que evoca el falso De la Rúa (andando en bicicleta como antes de la caída). Tinelli hace reír en el desfasaje, en la mención a paraísos perdidos que no lo comprometen en el ahora. Lo que se ve es un presente continuo sostenido en el encierro, con una hipótesis perturbadora sobre el humor televisivo: su eficacia se garantiza en una espiral que se enreda hasta saturar cada recurso (la cámara oculta, el chiste, la imitación de políticos y del Martín Fierro) sin tolerancia a lo nuevo.
La cámara oculta de Luciana Salazar es ahora un supuesto programa erótico, Luciana Night Sex, en el que ella acosa a un invitado (David Kavlin, ex Vale la pena), subida a su rol de loba (“Yo violo a un hombre con la mirada...”), anfitriona perfecta para un invitado avisado en falsa escena de ligue que se suprime el disimulo. Ahora, los chicos se esmeran en remarcar el artificio, orgullosos de su nuevo rol aggiornado: la actuación cómica. Así, el invitado ya no forzará las lágrimas, ni se hará el agredido, ni actuará la sorpresa del final o la puteada reparadora. Todo lo contrario: mueca cómplice como de vodevil, sin vacilación ni enojo, apenas entregado a la farsa con el goce del juego compartido, haciendo el elogio de la no naturalidad: prevenido sobre el strip tease al que lo obligan (Kavlin), encantado de su solo en el programa más visto del canal y ¡hasta depilado! para no impresionar.
El nuevo viejo mundo de ShowMatch respeta la fidelidad a la barra de históricos, cuando se recibe la visita de los solidarios Pablo y Pachu (de No hay 2 sin 3) tan proclives a ese pase de factura amistoso entre ex gomazos. “Por tu culpa, cabezón, ya no tengo camarín, me estoy cambiando en el baño...”, canta el dúo al ex amo protector, pero ésa no es la verdadera guerra. El cabezón sabe diferenciar esa palmada de agresividad controlada (su marca registrada) que rinde tributo a una historia: empujón excedido tan común en despedidas de solteros, tradición de avivadas, engaños callejeros, sadismo dirigido a las modelos, homofobia ligera de los Topus 4, empujones, juegos de manos, desnudismo de Listorti para asustar a modelos, falsos acosos: eso no es nuevo, y ¡es necesario! Por eso Toti Ciliberto, revisitado, puede disfrazarse de un Martín Fierro ensañado que le pregunta sobre “si lo echaron de Telefé” o le enrostra un incómodo Vos estás muerto, Tinelli. La sonrisa-mueca reconcilia, convierte la agresión en gastada, habilita el chiste pesado como código o ritual. El capítulo estreno está por terminar y se ve, como fondito, a la Salazar besando en la mejilla a Daniel Hadad, el ballet con poca ropa, la lluvia de papelitos, el griterío y la tarima que sube y baja como enloquecida. Lo último es el paneo de fotos emotivas de Tinelli en los inicios con su mujer y sus hijos como para que todo no quede en la risita maníaca que es mucha pero no alcanza. Si querés llorar... ¡llorá!

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Tinelli volvió a apelar a un De la Rúa huidizo y a un falso Romay.
 
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