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“Mi política es celeste y blanca, y mi patria son los mapuches”

Prócer de la música patagónica, aunque de bajo perfil, Marcelo Berbel es el autor de la letra de “El Embudo”, popularizada por León Gieco. “Soy un intuitivo, escucho y veo”, sostiene el hombre, de 77 años.

 Por Fernando D´addario

Por su conocimiento profundo de la tierra y del hombre que la habita, Marcelo Berbel podría ser algo así como un Yupanqui de la Patagonia, aunque sin exilio francés. Criado en Plaza Huincul, Neuquén, acaba de cumplir 77 años. No es famoso ni exitoso, al menos si se barajan los parámetros convencionales de la fama y el éxito. Acaso porque su desinterés por los vaivenes del folklore oficial confinó su talento dentro de los márgenes del pago chico, pocos saben, más allá de un puñado de fieles, que Berbel escribió unos 2500 temas, entre ellos “La pasto verde”, “Amutuy soledad”, “Por las bardas” y “Amanecer cordillerano”. Una de sus creaciones, de todos modos, trascendió la frontera de su propio celo artístico y llegó a Buenos Aires: “El embudo”, esos versos que musicalizó León Gieco y que, a través de las voces de Mercedes Sosa, Ricardo Mollo, Chizzo y Ricardo Iorio, entre otros, denuncian lo que se ha hecho con la Patagonia y, por qué no, con el país.
Gieco reconoce a Berbel como una suerte de prócer, y el autor neuquino, que no es muy afecto a las canonizaciones institucionales, acepta con orgullo el halago. “‘El Embudo’ es un tema que yo ya tenía. Lo recité en su momento y no pasó nada. Le llegó a Gieco y ahora se conoce en toda América. El destino de la palabra es misterioso”, dice Berbel en la entrevista con Página/12, concretada a partir de un viaje fugaz a Buenos Aires. Luego cuenta su encuentro con León: “Estábamos en Los Antiguos, donde coincidimos en un festival. Estábamos comiendo y al lado lo tenía a Gieco. En un momento me pregunta: ‘¿Nunca escribió sobre el tema de la explotación en la Patagonia? Y sí, claro, le dije, estoy podrido de escribir de eso. Tengo un tema más largo que la mierda...’Se lo di. A la semana, a las cuatro de la mañana, suena el teléfono y es él. Me hace escuchar la canción, con música y todo, yo no entendía nada. Y me dice que van a estar Mercedes Sosa, Iorio, el de La Renga, Divididos. Yo no lo podía creer”. No sólo le gustó la versión del tema, sino que, por carácter transitivo, o por una extraña lógica de identificación rockero-folklórica, se hizo amigo de varios de ellos. “No es lo que la gente cree, que están golpeados y nada más –dice Berbel–. Hacen la música que hacen porque no encuentran respuestas a sus inquietudes. Iorio, por ejemplo, es un loco bárbaro. Cuando me ve me dice: ¿Qué hacés viejo hijo de puta? La otra vez estaba comiendo un lechón en el estudio de grabación, lo desafiaron y se tiró vestido a la pileta. Me resulta muy divertido.”
En la cotidianidad de Berbel no hay exabruptos mediáticos ni especulaciones comerciales. Se levanta a las cuatro y media de la mañana con el objetivo básico de escribir música. “Si te despertás con una melodía, es que te vino de algún lado”, dice este profesor de canto que no canta (“perdí las cuerdas vocales”, añade, con la voz gastada y sabia). Entre otras aparentes contradicciones, debe apuntarse que es profesor de guitarra y no toca, y que su compulsividad hacia la escritura no anima ningún afán de publicación. “Escribir escribo, pero ¿para qué voy a publicar? ¿Quién lee libros hoy?”, pregunta, antes de admitir que es él mismo quien no lee. Es más: nunca ha leído. “Nadie me cree, pero la verdad es que no tengo ninguna escuela literaria porque nunca leí a nadie. Soy un intuitivo, escucho y veo. Por ejemplo, nunca leí La Patagonia Rebelde, pero sé todo lo que cuenta Bayer en el libro.” Es autor del Himno de Neuquén. Una vez, en una escuela, la maestra lo presentó como tal a los alumnos. “Lo que más les llamó la atención a los chicos fue que el autor de un himno todavía estuviera vivo...”, cuenta, y se ríe de la ironía que encierra una anécdota tan sencilla.
Berbel es, definitivamente, un personaje. Habla de su amistad con Jaime De Nevares, y se jacta de que esa afinidad no le impedía decirle, por ejemplo (tal vez el obispo coincidiera): “La equivocación de todas las iglesias, y más todavía de la católica, es el adoctrinamiento. Te cierran el cerebro hasta que te hacés matar por eso”. Fue músico militar (“no vas a pensar que fui militar músico, ¿no?”, se ataja) y uno de los efectoscolaterales de “El Embudo” fue que María Julia Alsogaray, en una de sus visitas inútiles al Sur, lo tildara de “zurdo”. Berbel dice que no es ni de izquierda ni de derecha, ni siquiera nacionalista. “No sé qué es el nacionalismo. Porque muchas veces los nacionalismos terminan en un gran cajón común que es el de la extrema derecha, y yo con eso no quiero tener nada que ver. La izquierda, en cambio, nunca me molestó. Pero mi política es celeste y blanca y la patria en mi tierra son los mapuches, porque todo, los cerros, los caminos, los lagos, tiene que ver con ellos. Jamás me afilié a ningún partido político. No creo en ninguno. Mi hija es diputada. Creo en mi hija, pero no en la diputada. Debe haber excepciones, pero no las he conocido”, subraya.
–¿Cultiva el bajo perfil o hay discriminación hacia la música patagónica?
–Nunca me hice el misterioso. Lo que pasa es que pertenezco a un territorio olvidado. Ahora yo pregunto: ¿Por qué debería no olvidarse la cultura patagónica si hemos dejado que se llevaran el petróleo, el gas, la corriente eléctrica, el oro, la plata, la carne? Si hubiéramos defendido todo eso, también habrían escuchado nuestro canto. Pero preferimos que nos ordeñen...
–Cosquín, por ejemplo, más allá de Hugo Giménez Agüero y, en menor medida Rubén Patagonia, ignora a la música del sur.
–Es que el del folklore es un negocio con exceso de mercadería. Si tenés un negocio repleto de cosas y te traen otras, aunque sean mejores, no las dejás entrar. A los patagónicos nos pasa eso. Sé que la pelea por el título es en el Luna Park, en Buenos Aires. Y yo no llegué porque me cagaron bien a piñas en el primer round (risas). Viví un tiempo en Buenos Aires. En realidad, agonicé. Y no quiero eso. En Bariloche los Berbel son una institución. ¿Qué carajo voy a hacer en Buenos Aires si en mi tierra estoy en el seleccionado? No es por egocentrismo, pero sé que algunas de mis canciones van a quedar. El que siembra nogales no va a comer nueces mañana, pero de aquí a cien años alguien lo seguirá disfrutando.
–¿Para quién escribe?
–Para todo el mundo, pero en primera instancia para el paisano del boliche con piso de tierra. Ese seguro que me entiende.

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Berbel está excluido tácitamente del folklore oficial, “un negocio con exceso de mercadería”.
 
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