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Una heroína de barrio, que busca sobrevivir en la Argentina de hoy

“Kachorra”, que marca el regreso de Natalia Oreiro a las tiras del mediodía, es una vuelta de tuerca a la fórmula exitosa de “Muñeca brava”.

 Por Julián Gorodischer

A tono con la Argentina modelo 2002, la mansión está hipotecada. Pero a excepción de la variante que impone la crisis, el resto respeta el clisé: acusación en falso para la “Kachorra” que da título a la nueva tira de los mediodías (por Telefé, de lunes a viernes a las 13), escape de la cárcel, cambio de identidad y encuentro con galán joven y chicos difíciles. Natalia Oreiro se calza los vestidos floreados y el traje de “pedagógica”, y se anima a escenas imposibles: en uno de los cuartos dialoga con un títere hecho de media y anteojos, nombrado como su “conciencia”. En “Muñeca brava”, la novela de Enrique Torres que le otorgó la fama y la reputación de rupturista, la Oreiro se rió de otras heroínas y convirtió el “hacer de sí misma” en una marca de estilo, pero “Kachorra” –en su primer capítulo– es otra cosa.
Sin Enrique Torres, ni el espíritu de la bailanta ingresando a la telenovela, la flamante tira busca préstamos de “grandes éxitos”: algo de Mary Poppins y otro poco de “La niñera” para vestir a la fugitiva, y el cóctel está listo para convertirse en el éxito de la temporada. Si “Muñeca...” fue la apuesta de Torres para demostrar que el género podía ser crítico de sí mismo, “Kachorra” es una fórmula probada con heroína carismática, un reciclado guiado por una premisa: la protagonista está “tocada”. Antonia –que se hará pasar por Rosario– vive en la dimensión de lo extraordinario, donde por azar la acusan de un crimen, donde por azar hay un choque y un documento disponible para fraguar su identidad. Y donde, también por azar, encuentra trabajo y refugio, y hasta la promesa de romance con el empresario venido a menos. Bruno Moravia (Pablo Rago), fabricante de pastas, no es ya el carilindo próspero de antaño, sino el argentino medio amenazado por la bancarrota. En la novela del 2002, se anuncia un piquete a pocas cuadras de la mansión y se nombra un banco que amenaza la propiedad privada, porque de otro modo, ¿quién se lo creería?
Como en la novela clásica, mundo de los ricos (la mansión) y mundo de los pobres (la casa chorizo) son distantes y mantienen un único punto de contacto: la “Kachorra”. Como la chica de la novela, la Oreiro nació en el barrio y se salvó “a pesar de todo”, odisea y encarnación del sueño rioplatense que suma billetes y actuaciones en todo el mundo. Concebida como personaje de la tele, líder de su raza de “famosos”, a ella no se le pide que cante ni actúe bien, sino que sus personajes tengan una impronta de su propia vida, y que mantenga bien visible la cualidad que la tele le reconoce: la “frescura”. Ser fresca consiste en parecer siempre una recién llegada al medio y sentirse un poco fuera de sitio. Como la “Kachorra” o la “Muñeca brava”, Natalia se asume como representante directa del espectador, pícara, barrial y nunca cambiada por la fama.
En “Kachorra”, Oreiro se convierte en una replicante de la “Cholito” que fue en “Muñeca brava” y, otra vez, practica lo que mejor le sale. Dice cien palabras por minuto, y cuando se dirige a un integrante de la mansión extravía la mirada hacia el costado, como si estuviera allí para ejercer un gaste al ricachón, como si la enviaran para remarcar una diferencia de origen y ser testigo burlón de la frivolidad y el exceso. Hecha para hacer reír y llorar en dosis iguales y concentradas, la de Gustavo Barrios y Diana Segovia entiende que el peligro termina donde empieza la comedia de crianza y, por eso, puertas adentro el guión se olvida de “El fugitivo” y deja paso a “La niñera” en versión local, sólo que a la ironía de Fran Drescher la reemplazan aquí los mohínes y el candombe de la Oreiro, antes y después del corte, como para que nadie se confunda.

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Natalia Oreiro hace nuevamente de sí misma en “Kachorra”.
 
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