ESPECTáCULOS › ENTREVISTA CON AGUSTIN MARKERT

“No suelo ceder a las tentaciones”

Emblema del desembarco de personas comunes en el cine, llevó su propia vida a la trama de Un Buda, del cineasta Diego Rafecas.

 Por Julián Gorodischer

Su vida puede verse en la película Un Buda, ese extraño relato de iniciación mística que tiene como protagonista absoluto al debutante Agustín Markert. Es uno de esos casos en que lo real irrumpe en la pantalla: ahora las personas comunes se presentan en los castings, enamoran a los directores, cuentan historias de mucamas que son mucamas en la vida (Norma Argentina, en Cama adentro) o de padres y abuelas que son parientes del director (la abuela Trapero, en Familia rodante), como si el reality show hubiera marcado al cine y cambiara las reglas de la ficción. También el cineasta Diego Rafecas quedó prendado de la historia de Agustín después de conocerlo en un monasterio de la India y centró el guión en su desventura: descenso a los infiernos, excursión a la montaña, meditación en continuado durante dos años, en busca de la inmovilidad total. Un Buda se estrenó con una polémica incluida: la acusaron de tediosa y promocional y la productora respondió: “La crítica conservadora no la entendió”. Pero por fuera del debate, desentendido de los juicios de valor, Agustín Markert respira profundo, cómodo en la pose del loto, y dice: “Ya no me importa si me va muy bien o muy mal... hay un grado de separación entre la realidad y yo”.
En la película sorprende su destreza para hablar con naturalidad, su mirada que comunica esa sensación. Se separa del problema de la narración con eso que anuncia a un gran actor. Tomás (su personaje) se vive escapando de su abuela, de su hermano, de su jefa hasta dar con El Maestro, en alusión excedida a las bondades del budismo, sin un ápice de mirada crítica. Tal vez lo interesante esté en su historia real: Agustín es la moda, la representación de un hábito que se reproduce cada temporada con un nuevo estreno del non fiction aplicado al cine. ¿Cuándo fue que las historias verdaderas se hicieron más atractivas que la imaginación? ¿Y cómo empezó todo? Tal vez, cuando alguien decidió escuchar... Fundido con su personaje, el actor recuerda su propia historia:
–¿Un Buda cuenta su travesía?
–Como en la película, a los 17 me tuve que ir a la montaña, a hacer una depuración....me estaba juntando con gente cada vez más pesada... y eso tiene sus riesgos. Tuve una crisis de valores fortísima.... Recuerdo haber quedado colgando de una piedra en un precipicio. Si no llegaba a agarrar la rama, me caía. Robaba las limosnas, o la virgen de la iglesia.
–El peso de su vida inhibió la ficcionalización...
–Sentía que no toleraba más el tipo de valores que manejaban mis amigos: no aguantaba que me mintieran o me robaran, dejé las drogas... y me fui a vivir sin luz y sin agua a la montaña durante seis meses, comiendo papa y zanahoria, sin mirar tele, todo el día desnudo arriba de un árbol. Tenía que haber una forma de experimentar la unidad, el amor. Antes necesitaba drogas para experimentarlo, pero tuve la certeza de que era posible lograrlo sin drogarme.
–¿Aprendió a alucinar sin estímulos químicos?
–Más bien a tener sensaciones: todos somos uno, el cuerpo no es todo, podemos trascenderlo y experimentar la unidad. Volví a Buenos Aires, me fui a vivir al campo, murió mi hermano y eso fue un empuje para buscar más. Me armé una mochilita, dejé mi casa, pedí que regalasen todo, y me fui sin saber adónde ni por cuánto tiempo. Pero con la seguridad interna de que iba a encontrar algo.
–Como Tomás, ¿su historia sigue en un monasterio?
–Viajando, recorriendo, experimentando la rutina de levantarme a las tres de la mañana, caminar y cantar. Después de diez horas de meditar, piso el pasto y siento que son nubes. Puedo captar la respiración de la flor. En la profundidad de la meditación puedo no ser; se me altera la percepción del tiempo y pasan cinco minutos pero me parece que fueron tres horas. Yo soy el que te habla, el que piensa, pero mi memoria y mi pasado desaparecen. ¿Quién soy? Uno se vuelve testigo de uno mismo, de la sutileza del pensamiento trayendo la emoción.
–¿En Un Buda lo califican de vago?
–Pero es todo lo contrario: meditar requiere mucha voluntad, más que seguir lo que la sociedad o la familia pretenden de uno. Se retira el deseo, que es un demonio interno. Un deseo trae dos más, y uno vive en insatisfacción constante. De pronto, cada vez quiere más cosas, promueve la insatisfacción interna. No cedo a la tentación: controlo el pensamiento. ¿Vos, por ejemplo, tenés pensamientos feos?
–...
–Yo no... y eso significa no pensar ahora: qué pelotudo este pibe que me está preguntando cosas, o qué música horrible hay en este bar, o estar preocupado por saber dónde voy a dormir...
–¿Tiene dónde ir a dormir?
–Duermo en casas de amigos o de familiares. Respiro profundo, siento, y allá voy. Puedo ir a tomar unos mates con mi cuñado y charlar de la vida, o irme a Luján. No se trata de reprimir los malos pensamientos; se trata de educarlos. Recién ahora estoy volviendo al mundo. Puedo remar en el río Luján, que está contaminado, y sentir que es el Ganges...
–¡Qué peligro!
–No soy pelotudo. Significa estar enamorado de la vida. No es una creencia, es sentir que el agua es sagrada, llena de tortugas, patos, aves, y saber que todo eso... ¡es hermoso!

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“Hay un grado de separación entre la realidad y yo”, dice Markert.
 
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