ESPECTáCULOS › ENTREVISTA AL LEGENDARIO TOM WAITS

“Hago música para no seguir directivas”

El hombre de la voz inconfundible acaba de sacar dos discos, concebidos para puestas teatrales de Robert Wilson. Waits se declara amante del tango, fan de Piazzolla y destruye su propio mito: “Si fuera realmente excéntrico, no publicaría absolutamente nada”, dice.

 Por Roque Casciero

No es novedad que Tom Waits es un artista inusual, pero nunca deja de sorprender. Si dejó pasar seis años (entre el ‘93 y el ‘99) para publicar un álbum, ahora se despacha con ¡dos al mismo tiempo!: Alice y Blood Money son trabajos grabados en simultáneo, con un origen similar y con idéntica formación, pero bien diferentes. El primero contiene los temas que Waits escribió para una puesta del director Robert Wilson en 1992, basada en la relación entre Lewis Carroll y su musa, la niña Alice Liddell (la protagonista de Alicia en el país de las maravillas). El disco, entonces, tiene mucho de sueños y de imaginar qué pasaba por la mente del escritor. Blood Money, en cambio, es más pesimista (aunque lo atraviesen algunas canciones de amor sin un ápice de ironía), oscuro y complejo: está basado en una obra más reciente de Wilson, Woyzeck, motorizada por la locura y el crimen. Waits ya había publicado The Ghost Rider, en colaboración con Wilson y William Burroughs. Entonces, tres de sus últimos cuatro álbumes están basados en puestas teatrales. Además, en los últimos tiempos compuso música para películas y cedió temas para bandas sonoras.
Por lo visto, el cantante de la voz cascada y los ladridos magistrales no parece muy dispuesto a seguir al pie de la letra el manual que la industria le marca a los artistas. “Me metí en la música para no seguir directivas”, concede Waits, en una entrevista telefónica con Página/12. “De todos modos, hice muchas cosas convencionales. Hice un álbum cuando tenía 22 años, salí de gira por todo el mundo y saco discos cada tanto, cuando tengo ganas. Si fuera realmente excéntrico, no publicaría absolutamente nada. Simplemente sigo mi camino, el mejor que existe: uno lo traza con sus manos, lo pavimenta y después maneja sobre él.”
Waits pertenece a la selecta casta de los grandes compositores de canciones y lo ha demostrado en una carrera que ya lleva treinta años. En sus primeros álbumes, le cantaba con voz aguardentosa a los personajes marginales de la sociedad, y sus blues y baladas siempre olían al aire viciado de tugurios innombrables. Su matrimonio con la dramaturga Kathleen Brennan fue crucial en su carrera: su esposa lo convenció de animarse a hacer la clase de discos que él tenía en mente. El resultado fue el magistral Swordfishtrombones, con sus ritmos machacantes y sus canciones percusivas. De allí en más, el estatus de Waits creció hasta el de mito viviente. Sin embargo, él se dedica a criar a sus hijos, hace casi una década que no prueba una gota de alcohol y compone junto a su esposa. Y cuando nadie lo espera, se despacha con discazos como Alice o Mule Variations, su antecesor, que vendió más de un millón de copias.
Un tipo con semejantes pergaminos bien podría dedicarse a enrostrárselos en la cara a todo el mundo. No es el caso de Waits, quien dice no tener idea de cómo le da vida a sus historias. Y que compara la composición con una actividad bien mundana. “Cebollas, especias, pollo, aceite de oliva, pimienta, y lo cocinás hasta que esté dorado”, explica.
–¿Cómo sabe cuándo está a punto?
–Por el aroma. Se puede oler. La composición es como un extraño secreto. Todo el mundo ama la música, pero uno quiere que la música lo ame. Algunas de las canciones salen del piso, como las papas, y otras hay que sacarlas con las manos. Las canciones están hechas de viento, ¿sabe? Entonces, si cuando llegan uno no las agarra, se van a buscar a algún otro. No sé, ¿cuál es el origen del tango y por qué continúa cautivando a la gente? ¿Por qué todavía se lo considera una forma mística de música? ¿Por qué la gente todavía lo escucha, por qué construye encima, por qué lo cambia? No sé la respuesta, pero quizá sea: porque tiene valor.
–¿El tango es una de sus influencias?
–Bueno, amo el bandoneón. Soy un gran fan de Piazzolla, como todo el mundo en Estados Unidos. Pero también sé que él era un compositor moderno y que los puristas lo amenazaron de muerte cuando él empezó a variar laforma y la instrumentación tradicional. En cuanto a si el tango es una influencia, trato de incorporar todo lo que escucho.
–¿Cómo descubrió el tango?
–Supongo que es lo mismo que cómo conocí el blues, el flamenco, los valses o las canciones de cuna. El tango llega aquí del mismo modo en que nuestra música llega a sus costas. La mujer de Larry Taylor, mi bajista, es una gran entusiasta del tango. Viaja a Buenos Aires y baila en todos los clubes tangueros.
–Sus nuevos álbumes fueron concebidos como canciones para dos obras de teatro. ¿Le preocupaba que las canciones perdieran sentido al no estar acompañadas de la acción?
–No, no lo creo. Cuando una persona escucha una canción, tiene que poder absorber la anatomía de historia: nombres de ciudades, clima, tempo... Como están divorciados de la obra teatral, tienen que ser capaces de caminar por sí solas. Y, en este caso, parecen ser capaces de hacerlo.
–En las canciones de Blood Money menciona mucho al demonio y hay una atmósfera de pesimismo, pero usted vive una vida familiar tranquila. ¿Son recuerdos de sus años salvajes?
–Hay un millón de canciones sobre un millón de temas. En lugar de mirar sólo por la ventana, también hay que mirar para adentro. ¿El demonio? No tiene la cara roja ni cuernos ni cola, ni sube a los edificios a arrojar bolas de fuego. El demonio trabaja de cartero (se ríe), es zapatero, mecánico... Se ha dividido en millones de partes que se han diseminado por todo el mundo como partículas de polvo.
–¿Por qué le tomó tanto tiempo grabar las canciones de Alice? La obra de teatro para las que las compuso se estrenó en 1992.
–Cuando uno escribe puede dejar algo de lado y tomarlo diez años más tarde. A veces, las canciones son mejores con el tiempo, como el vino. Nadie se preocupa por una botella de vino de diez años.
–Pero hay vinos que con el tiempo se hacen vinagre.
–Bueno, quizá después de cien años en el fondo del mar.
–No tanto, si el vino no es bueno.
–Pasa lo mismo con las canciones: tienen que ser buenas desde el principio.
–No contestó por qué no grabó Alice antes.
–(Se ríe) No pude porque el piano se me cayó a la pileta. Entonces, nos tomó mucho tiempo sacarlo del fondo y dejarlo secar.
–¿Y cómo fue que el piano estaba cerca de la pileta?
–Porque mi mujer es contorsionista y justo llegaba de Mercurio...(risas).
–Antes de hacer un álbum, ¿usted se plantea cambiar el método de trabajo, para no repetirse?
–Siempre. En eso también colabora mi esposa, que es más aventurera que yo. Juntos tratamos de encontrar algún nuevo lugar para aterrizar.
–¿Cómo son sus colaboraciones? ¿Ella escribe letras o melodías?
–Hace de todo. Es como criar hijos o arreglar la bañadera: son cosas que hacemos juntos. No sé bien cómo lo hacemos, pero funciona.
–En una entrevista dijo que fue su esposa quien sugirió que no usaran guitarras en los nuevos discos. ¿Por qué fue eso?
–Para tener un desafío, tipo “tratá de caminar hasta la esquina saltando en una pierna, o caminando hacia atrás”. Las manos son como perros cuando están sobre un instrumento: siempre quieren ir a los mismos lugares. Entonces uno debe autoengañarse de algún modo para ir a lugares diferentes y así encontrar nuevas canciones. Kathleen y yo intentamos esto porque la guitarra se usa demasiado. Es como un cucharón o un batidor: todo el mundo los usa. ¿Por qué la guitarra es más popular que el clarinete? ¿Por qué los chicos no toman un clarinete, se meten en un garage y se ponen a gritar? (Se ríe) No tengo la respuesta, pero supongo que es porque la guitarra es portátil, porque puede sonar como muchas cosas y porque uno se ve muy cool cuando tiene una colgada. La verdad, amolas guitarras. Sin embargo, creo que escuchamos demasiadas y que todos los demás instrumentos de la orquesta están celosos.
–O sea que cuando las manos quieren ir a los lugares de siempre, lo bueno es que el cerebro les ordene que cambien de rumbo.
–Claro. La mayor parte de la gente escribe una y otra vez la misma canción. Hay que tener cuidado de no hacer eso. Los que mejor hacen canciones son los chicos, que las cantan un día y después las desechan para cantar otras nuevas. Ese es un ejemplo para todos.

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