ESPECTáCULOS › “LAS CHICAS SUPERPODEROSAS”, UNA PELICULA INFANTIL GENERADA POR LA TELEVISION

Tres heroínas del pop y la psicodelia

La versión en cine de la creación de Craig McCracken es un festival de dibujo. En esta especie de “precuela” de la historia que se ve por tele se explica cómo las nenas descubrieron sus poderes.

 Por Martín Pérez

Son encantadoras. Son adorables. Y son peligrosas. Pero lo que seduce en ellas no son ni sus colores, ni su ingenuidad, ni su contundencia, sino el dibujo. Un dibujo lleno de redondeces, de ojos saltones, narices ausentes y bracitos de peluche. Un dibujo que, como dijo alguna vez Matt Groening, ofrece eso que deben permitir los buenos personajes: ser reconocibles sólo por su silueta. Todo eso –y mucho más– es lo que regalan Las chicas superpoderosas, el último gran fenómeno del dibujo animado para la televisión, un entusiasta cóctel de ironía, sinsentido y feliz arbitrariedad que desembarca en la pantalla grande sin ceder ni un ápice en todos sus principios. Que ubican el placer por el dibujo (animado) antes que cualquier otra cosa.
Cuenta la historia oficial de Las chicas... que su creador, Craig McCracken, pensó por primera vez en ellas diez años atrás, cuando era apenas un estudiante más de dibujo animado en California que debía pensar en un corto para cerrar su año lectivo. Nacidas originalmente como “Woopass Girls” pero rebautizadas como “Powerpuff...” cuando les llegó la hora en el Cartoon Network allá por 1995 (como parte de un ciclo de nuevos dibujos animados), las “niñas” –tal como las llama su creador en la ficción– se ganaron su propia serie recién en 1998. Desde entonces fueron nominadas a tres Emmys –el Oscar de la TV del norte–, uno de los cuales (a la mejor dirección de arte) efectivamente terminó en manos de McCracken.
“Siempre pensé que la idea de una niña con superpoderes era demasiado surrealista para ser masiva”, confesó McCracken, que ingresó en el Cartoon Network en un principio para ocuparse de la dirección de arte de “Dos perros tontos”. “Lo más que esperaba de ellas era que fuesen un hit underground y de medianoche para adolescentes medio fumados”, explicitó, ya sabiendo que su creación había sobrepasado largamente ese público imaginado.
A esta altura un fenómeno de masas –y de merchandising– comparable con el de los Simpsons, Las chicas superpoderosas aparece como el último refugio en la pantalla grande de la animación a mano frente al avance de la animación computada. Lejos, muy lejos de la profusión de detalles como la-cantidad-de-pelos-animados de tal o cual protagonista, en los fotogramas de McCracken no hay pelos sino formas. Es la calidad de esas formas la que genera el encanto que, por ejemplo, seduce y entusiasma al espectador cuando aparecen por primera vez las niñas en pantalla. Porque eso es lo que cuenta el film, lo que en sus perfectos episodios televisivos ocupa sólo un par de frases en la presentación: cómo fue que el profesor Utonio mezcló azúcar, flores y muchos colores –y una cierta cantidad de la substancia X– para crear a Bombón, Burbuja y Bellota, las chicas que son algo así como la combinación perfecta entre Blancanieves y sus siete enanitos. O un Astroboy con faldas y una cierta humanidad... química, claro está.
Pletórico en guiños disfrutables desde los títulos, la historia que narra el film es la de la creación de las chicas, el descubrimiento de sus superpoderes, cómo esos superpoderes las hacen diferentes de los demás y cómo aprenderán a hacerse querer por esos ‘otros’ que lo primero que hacenes verlas como una amenaza. Pero tal fábula iniciática funciona realmente a la par de los dibujos de fondo de cada escena: apenas como la escenografía para el disfrute de cada fotograma. Y de los personajes que los llenan. Como el profesor, un hombre que es todo ángulos rectos, pero que es como una madre para las chicas. O ese inocente chimpancé que deviene en Mojo Jojo, un simio que no parará de crecer y multiplicarse, literal y simbólicamente. Porque la imagen es lo que cuenta en Las chicas... El trazo. Y el cuadro. Todo eso antes que la palabra construida como un guión, esa plaga que supo matar a los dibujos animados cuando estaban bien muertos, antes de la segunda edad de oro de los noventa.
Así es como se puede entender, por ejemplo, una escena como aquella en que las niñas aprenden a jugar a la mancha. Su estado de perpetua inocencia las llevará a utilizar sus poderes para jugar como se debe, sin darse cuenta que su entorno sufre lo que no sufren ellas. Un caos en cada “mancha” que parece no terminar jamás, y está bien que así sea. Azúcar para los ojos en cada escena, Las chicas superpoderosas son dibujos que no quieren dejar jamás de ser dibujados, e imágenes que no deben jamás de aparecer frente a una pupila tentada, y ávida de más, más y más. Lejos de alcanzar la perfección pop que sí han logrado en más de uno de sus capítulos televisivos, esta versión cinematográfica de Las chicas... ofrece un disfrute genuino, pletórico en encanto y generoso con los vicios generados por ella misma.

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Bombón, Burbuja y Bellota están hechas de “azúcar,
flores y muchos colores”.
 
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