ESPECTáCULOS

“En el dormitorio”, o la ley del revólver de una sociedad enferma

 Por Luciano Monteagudo

La vida en ese pequeño pueblo costero de Maine parece sencilla y bucólica. Todo transcurre de manera apacible, sin apuro, lejos del vértigo de las grandes ciudades. El sol brilla alto y límpido, y el mar invita a salir de pesca. Pero la naturaleza enseña sus lecciones, no siempre agradables. Una langosta no puede compartir con otras una red, y mucho menos si está cuidando sus crías. Alguna está de más en ese “dormitorio”, como lo llaman los pescadores. Hay una que será considerada por otra una intrusa y que, por lo tanto, corre peligro. Esa vieja enseñanza del mar, transmitida de generación en generación, no alcanza a ser escuchada en toda su dimensión –como una advertencia, o como una premonición– por los personajes de En el dormitorio, una producción independiente estadounidense que el próximo 24 de marzo competirá por cinco premios Oscar, entre ellos a la mejor película, actor (Tom Wilkinson) y actriz (Sissy Spacek).
El primer largometraje que dirige el actor Todd Field –el ambiguo pianista que en Ojos bien cerrados, de Stanley Kubrick, lleva a Tom Cruise a la orgía ritual– va trabajando lenta, pausadamente a partir de la parábola de la langosta, que funciona un poco a la manera de un prólogo. Habiendo nacido en la zona, Frank Fowler (Nick Stahl) debería conocerla bien, pero está muy distraído con Natalie (Marisa Tomei). Frank está pasando el verano en casa de sus padres, antes de entrar a la universidad; Natalie le lleva unos pocos años, está recién separada y tiene dos hijos pequeños. Según él mismo dice, se trata de “un romance de verano, nada serio”. Pero el ex marido de Natalie, que no acepta la situación, no parece pensar lo mismo. Habrá algunas primeras señales de lo que ese hombre (William Mapother), cargado de impotencia y rencor, es capaz de hacer, pero cuando sobreviene la tragedia parece tan incomprensible como ineluctable.
Ese orden que se quiebra brutalmente, ese mundo luminoso convertido de pronto en una sombra se precipita sobre los padres de Frank, el prosaico matrimonio que integran el doctor Matt Fowler (Tom Wilkinson) y su mujer Ruth (Sissy Spacek). Parecen haber vivido toda su vida para él, su hijo único, y ahora se han quedado solos, con sus culpas y sus reproches, que empiezan a manifestarse injusta, impiadosamente. El director Field sigue con minuciosidad las huellas de la fatalidad en las acciones cotidianas de ambos. El cree sobrellevar con dignidad la muerte de su hijo, aunque cada objeto de la casa le recuerda todo lo que Frank pudo ser y no fue. Ella no tiene vergüenza en recluirse frente al televisor y, llegado el caso, en expresar sus sentimientos, en confesar su dolor y su furia ante la injusticia.
En lo que debe considerarse un film en esencia de actores, cada uno de ellos –pero sobre todo Sissy Spacek– da lo mejor de sí, como si quisieran aprovechar una oportunidad cada vez menos frecuente en el cine estadounidense. Se nota que Field los cuida y deja que sean ellos y no los usuales arrebatos de música los que lleven la acción. El resultado puede hacer recordar un poco a la psicología de manual de Gente como uno (lapelícula de Robert Redford que en 1980 arrasó con los premios Oscar), pero se nota la intención de narrar con rigor y sobriedad. Hacia el final, sin embargo, una vuelta de tuerca, acaso proveniente del relato de André Dubus que sirvió de base al film (titulado Killings), le da a En el dormitorio un giro. Otra muerte acecha en el horizonte del film: una muerte que puede interpretarse como constitutiva de la violencia inherente a la sociedad estadounidense y la ley de las armas que la rige desde sus tiempos fundacionales. Pero que también podría leerse como una peligrosa justificación de la justicia por mano propia. Pareciera quedar en cada espectador la posibilidad de hacer su propia interpretación.

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