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Periodismo, oficio referencial

Según Fernando Martínez y Luis López, para mantener la legitimidad social del periodismo es necesario refundar la práctica periodística bajo un nuevo acuerdo deontológico y profesional que le devuelva su credibilidad.

 Por Fernando Martínez y Luis López *

“El ministro de Asuntos Exteriores de Taiwan exigía The New York Times todas las mañanas como prueba necesaria de la existencia de la Tierra. Era un barómetro de su presión, un evaluador de su cordura. Si el mundo existía, él sabía que eso sería debidamente atestiguado cada día en el Times.” Así describe el documental Page One el eco tenue de lo que alguna vez todos le hemos endilgado al oficio periodístico: aproximaciones certeras a la realidad para certezas aproximadas sobre el mundo. En Argentina versión 2012, esa función referencial deambula grogui por la cornisa donde independismo y militancia se disputan a empujones la patria potestad del ¿verdadero? ejercicio de un oficio que los excede.

Las disputas intrínsecas a la práctica periodística que hoy presenciamos, lejos de profundizar los debates sobre cómo refundarla de cara a los cismas tecnológicos y económicos del nuevo siglo, le dan mecha a un fenómeno con tufo a nocivo: la tergiversación del referente. En la maraña del combate, la información se va entremezclando difusamente con la opinión al tiempo que la referencia “real” del discurso es trastrocada con recursos ficcionales y efectos técnicos. Atrás quedaron los días en los que ministros taiwaneses y lectores pedestres aseguraban sin titubear que el periodismo era quien daba cuenta de hechos sociales y que, por lo tanto, esos hechos narrados funcionaban circularmente como los “referentes” del discurso. Lo dice la radio que dice el diario, decían.

Desde hace algunos años, las teorías sobre la comunicación mediática vienen postulando que el ocultamiento de las operaciones discursivas de construcción de la realidad es asegurado por la intervención de las ideologías periodísticas profesionales. En nuestra contemporaneidad, el mensaje periodístico yace rehén del efecto ideológico; efecto que no se ubica necesariamente en una tendencia político-editorial determinada. Hace unas semanas, los diarios Clarín y Tiempo Argentino publicaban títulos antagónicos sobre el complejamente abordable tema de la minería. “El kirchnerismo volvió a defender la megaminería”, publicaba el primero, mientras que el otro titulaba “La doble moral ambientalista de los diarios de Mitre y Magnetto” (16/2/2012). Ocultamiento y selección ideológicamente intencionada, dos operaciones básicas y cotidianas del periodismo actual.

A fuerza de caer en iteraciones innecesariamente presentes dentro de la propia construcción del discurso informacional diario, viene a cuento mencionar que la práctica periodística no puede ejercerse de manera neutra y sin los condicionamientos del medio en el que se desarrolla. Lo particular de nuestro aquí y ahora es que se observa –¿o se evidencia?– como nunca de qué manera esos intereses operan sobre el mensaje. El dilema que el oficio delega fuera del ringside periodístico resulta excesivo e inconducente: la tarea de informarse va mutando de legítima puesta en práctica de un derecho tan esencial como la democracia misma hacia una operación de rastreo paranoico sin fin.

Con la ruptura unilateral de pactos de lectura múltiples, las empresas periodísticas se están cargando a babucha el capital social del periodismo como institución. Detener este acarreo hacia el abismo resulta urgente. La misión es salir de esta encerrona, replanteando una noción de verdad y ética que reconozca los intereses reales dentro de los cuales la práctica periodística es ejercida. Una instancia superadora, por ejemplo, implicaría construir espacios de reflexión intra y extra muros capaces de abordar críticamente adjetivos, etiquetas, intereses de corporaciones y condiciones laborales que están obturando el pensamiento presente y futuro de la práctica periodística. Es a partir de zanjar estas discusiones que podrá refundarse la práctica periodística bajo un nuevo acuerdo deontológico y profesional que le devuelva su credibilidad. Sin esto, la legitimidad social del periodismo corre serio riesgo de supervivencia.

Mientras tanto, en Taiwan, el ministro de Asuntos Exteriores vigila el zócalo de su puerta. Suspira nostálgico; aún guarda ciertas esperanzas de que el evaluador de la cordura propia vuelva a deslizarse hacia sus manos. Que la Tierra exista espera. Y que el periodismo también. Esperamos.

* Integrantes del Departamento de Comunicación de la Sociedad Internacional para el Desarrollo, Capítulo Buenos Aires (www.sidbaires.org.ar).

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