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Marionetas al horno

Grazziella Franco es marionetista y cultiva en Buenos Aires un arte que aprendió en su país natal, Italia, y que tiene sus orígenes en espectáculos medievales sicilianos.

 Por María Moreno

En el siglo XlX, aún era digno tener como única profesión la de caballero, oficio que era digno de figurar en el pasaporte. Quizás debido a los ecos heroicos que la palabra arrastraba desde las antiguas novelas de caballería que elevaban a hazaña literaria el hecho de medirse con molinos de viento, ecos nunca empañados por la era victoriana que convirtió a los caballeros en paladines de la represión y el disimulo. Hoy los caballeros quedan sólo en las vidrieras. Por ejemplo, en una de la calle Azcuénaga, a pasos de la avenida Santa Fe. Está montado sobre un caballo un poco desarticulado como Rocinante y lleva cota de malla y escudo aunque su espada, de encontrarse con el tórax de un villano como Gano de Magonza, se haría añicos puesto que es de cerámica. Contra lo que pueda creerse hay caballeros que tienen su precio: éste vale 600 pesos y es una de las tantas piezas realizadas por la artista Grazziella Franco. La doble z y la doble l del apellido certifican que su portadora nació en Italia, más precisamente en Florencia, aunque sus marionetas se inspiren en los pupis sicilianos.
Armar un caballero de cerámica es más difícil que ponerle una espada en la mano a uno ya hecho.
–Cada pieza tiene que pasar dos veces por el horno. La primera, luego de que se hace la cocción bizcocho. La segunda, después de dar el esmalte –en realidad un polvito coloreado– que funde a altas temperaturas: 800 o 900 grados. Pero el horno es una caja de sorpresas. Un color puede salir totalmente cambiado. (En ese sentido puede decirse que el horno es un artista.) Una burbuja de aire puede hacer estallar una pieza y arruinar todas las de la horneada, que tiene sus secretos: las piezas de esmalte van sobre unos conitos porque si no, el esmalte, al fundirse, se pega a las placas. Esos conitos dejan un punto que luego hay que retocar.
En el horno un caballero entra en pedazos y con el mismo status que un cenicero. Luego nunca llegará a ponerse en pie: aún completo siempre dependerá de los hilos movidos por manos humanas. En la Opra dei pupi que se representa aún en Catania para contar las hazañas de los paladines de Francia, los caballeros no tienen la rodilla articulada porque un caballero no se pone de rodillas ante nadie. En el teatro de marionetas de Palermo, en cambio, la rodilla de los caballeros está articulada y eso no les impide ganar batallas de utilería con ruido a chatarra y contra un fondo de Roncesvalles de cartón pintado. Los de Grazziella Franco doblan la rodilla y se han resignado a su destino decorativo. Y a haber compartido esa vidriera de la calle Azcuénaga con personajes sacados de otras familias literarias, a menudo del teatro isabelino como Hamlet u Otello.
–María Kodama se llevó un ángel arcabucero. Una vez las amigas de la actriz Delia Garcés me encargaron una marioneta que la representara a ella en su papel de La tempestad de Shakespeare. Tenía un largo vestido blanco.Hice una sor Juana para María Luisa Bemberg. También una plañidera para una tumba y una virgen para una estancia. Y un montón de ángeles para una obra que puso Agustín Alezzo que se llamaba Clamor de ángeles– dice Grazziella Franco, a quien en los años sesenta Manuel Mujica Lainez le bendijo una exposición con su bella prosa incidiendo –ella sospecha– en que vendiera todas las piezas.
Cuando durante el siglo XlX la Opra dei pupi se representaba ante los campesinos semianalfabetos de Catania, al igual que en nuestro circo criollo durante las representaciones de Juan Moreira, el público se metía a caballero andante. En una ocasión, un hombre se presentó en casa del titiritero y le compró a Gano de Magonza, versión títere del asesino de Orlando el furioso, se lo llevó a su casa, lo colgó de un árbol y le pegó un tiro. En otra, cuando la marioneta que hacía de Guido de Santacroce era sometida a una ficticia tortura de hierro candente, el público quiso quemar el teatro. Entonces el célebre titiritero Emanuele Macri salió de atrás del escenario y le recordó que eran marionetas y no personas. “Pero en otros tiempos esas personas existieron y fueron sometidas a unos suplicios que los cristianos no vamos a permitir ni en el teatro”, contestó alguien que, quizás analfabeto, tenía una sofisticada teoría de la representación. Es que se supone que en la Historia de los paladines de Francia de Giusto Lodico, que representan las compañías de marionetas originarias de Sicilia, hay precisamente eso: historia. Hoy la mayoría de esas compañías han desaparecido quizás por razones más complejas que la existencia del cine y la televisión. También el arte de la cerámica está en merma salvo la que se produce industrialmente en Talavera o Burslem. Grazziella Franco sospecha que la resina es hoy una de las estrellas de los nuevos materiales artísticos. Por eso su arte transmite dos veces el placer de las causas perdidas: la de los caballeros y la de la cerámica. Debido a que la realidad es capaz de hacer chistes, si la crisis siempre hace pensar en el color gris, cuando ésta llega hasta el oficio de la cerámica, lo que hace escasear es el color de la alegría y de la pasión.
–Los colores pueden fallar no sólo en el horno: el rojo especialmente que es el color más lindo y el más sensible a la temperatura es el más difícil de conseguir –dice Franco. En su local hay figuras de pesebre, ángeles de pared y adornos para bautismo que son baratos y de salida rápida. Incluso caballeros andantes sino de bolsillo, ubicables sobre la mesa de luz de la dama sola, arcabuz en mano o halcón en hombro.
En la calle Azcuénaga la única dama que hay está vestida de caballero y no es ningún títere: Juana de Arco. Es que una marioneta con atuendo medieval femenino es muy difícil de hacer.
–Colgada, la pollera pesaría muchísimo. Los señores medievales en cambio, como tienen esa pollerita corta son más fáciles –explica Franco sin recordar que entre los ángeles de pie y de pared, se esconde La Bella Simonetta, inspirada en Simonetta Vespucci, esa rubia lánguida que posa en los cuadros de Boticelli.
La palabra “marioneta”, aunque sirva para denominar a un caballero, quiere decir “pequeña María” y se originó en los tiempos lejanísimos en que se representaba el nacimiento de Cristo con figuras movidas con hilos y palillos.

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