PLACER › TENDENCIAS

Escala camino a casa

Los “after hours” ya son costumbre entre jóvenes y no tanto con ganas de hacer un alto entre la oficina y el hogar. Costumbre
importada pero ya naturalizada, la escala para cambiar de energía, tomarse una copa y conocer gente ya es hábito para unos cuantos.

Por Claudio Zeiger

Si la vieja monserga peronista indicaba que el ideal de vida transcurría de casa al trabajo y del trabajo a casa, podría decirse que ese ideal se puede seguir manteniendo siempre y cuando se permitan –entre el punto de partida y el punto de llegada– algunas estaciones intermedias. De casa al trabajo, vaya y pase. Pero del trabajo a casa sin escalas, no es necesario. Y además es aburrido, secante. Quien más, quien menos, se toma su breve respiro.
Trataremos aquí el placer de ese momento intermedio entre el fin de la jornada laboral y la noche más profunda. Ese momento lleno de promesas al que mejor tomar por las astas y exprimirlo al máximo. Ese momento, en los países sajones de larga tradición etílica, antes de volver al hogar (tanto para hombres como para mujeres), se suele ubicar poco después de las seis de la tarde. Cada uno deberá hacer los ajustes horarios respectivos (en el ámbito periodístico nunca antes de las nueve de la noche) y no necesariamente deben ser maratones alcohólicos. El alcohol puede estar totalmente excluido si así lo desean los participantes, aunque tampoco debemos caer en la ortodoxia swinger de no no, no: cada cual que se relaje como quiera. Pero a no perder de vista el objetivo: relax, placer.
Justo es decir que la reivindicación del after hour suele sonar antipática, ya que es un estandarte de la era menemista-consumista de los noventa, un símbolo yuppie por excelencia (tendencia a mostrar más de lo que se tiene; ostentación del relax y del placer), pero justo es decir que no todo fue tan malo durante el menemismo. No todos los rincones de la fiesta (hay que decirlo con una mano en el corazón) escondían funestas escenas de tenebrosa corrupción estructural. Había joda en todos los niveles sociales. Asistimos a una cierta socialización de la joda si bien no se alteraron los términos de clase: el rico que se divierta como rico, el pobre como pobre. Muchas costumbres se han distendido, aflojado y dilatado en los años noventa junto con el aflojamiento moral. Algo que pocos están dispuestos a admitir en voz alta, pero que no debería alarmar tanto: no se trata de logros explícitos del menemismo, sino del cruce de una manera de hacer política y un clima de época que se hubiera dado con o sin Menem.
Dos multiplicaciones caracterizaron al período. La 4x4 y el 2x1. Elegimos, para nuestro placer, el 2x1. Tomás dos, pagás uno. Una versión más elegante del iniciático “el primero te lo regalan”.
Como sucede con los buenos placeres, se trata de destilarlos de los malos placeres que, sin embargo, son necesarios para el avance de la humanidad. En nuestro caso: despójese al happy hour de la música muy fuerte, de los yuppies gritones (gritan mucho porque la música está muy fuerte), de las mozas que son cordiales pero ineptas, del pochoclo húmedo, de los precios excesivos, y queda entonces la esencia, el concepto de happy hour: ¿por qué no hacerlo en otros lugares? ¿Por qué no hacerlo con la gente que uno quiere?
He aquí algunas propuestas:
- Desde que nos enteramos –a través de revistas científicas tan inobjetables como la fuente que la consultó sin nunca traer un ejemplar donde consta la especie– de que la cerveza es un poderoso antioxidante, seguramente menos munido de efectos colaterales que la vitamina E y por cierto mucho más accesible que el cartílago de tiburón, es infaltable la cervecita de los jueves o viernes con un selecto grupo de compañeros de trabajo, todos jóvenes, cabe aclarar, pero previsores. Tiene la virtud de hacer algo placentero y saludable a la vez, lo que potencia lo placentero, o, por decirlo de otro modo, son las ventajas de la desculpabilización.
- La picada es un clásico infaltable, un típico ejemplo de tiempo intermedio (además puede ser combinada con cerveza antioxidante). La picada es casi casi un plato perfecto: un plato de muchos platos, fácil de armar, comunitario y colorido. Clásico entre varones, las mujeres harían muy bien en adoptarla como opción en sus reuniones entre amigas.
- Una actividad física como ir a correr o al gimnasio happy hour es muy provechoso sobre todo para alejar las sospechas de que todo esto es una excusa para comer y beber. Se dice inclusive que la actividad muscular crepuscular tiene mejores resultados y efectos benéficos como favorecer el descanso nocturno. Desde luego la actividad física genera apetito y eso, sabemos, conduce a planificar más actividades happy hours.
- Tragos, como un 2x1 (o tres), pero made in casa. Suena muy a alcohólico americano tomando cocktails antes de la cena como en cuentos de John Cheever, pero es una opción posible si se la maneja con prudencia.
Pueden sumarse otras propuestas al menú pero éstas creemos que son un buen punto de partida. El tiempo intermedio tampoco es tanto.

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