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“Haber ido” a la peluquería

 Por Sandra Russo

Mientras el pelo era largo y la raya estaba al medio, no había ningún problema. Eso es lo que tenían la niñez y el hippismo: el pelo no daba trabajo. Casi ni me acordaba de que tenía pelo. Nunca me hice la toca, ni me hice rulos ni me lo sequé con secador, y a esa mala costumbre debo el recuerdo de una neumonitis en una Carlos Paz súbitamente nevada hace tanto que ni quiero decirlo. Pero un buen día, hace ya unos años, paf, me rapé. Y recién entonces descubrí una costumbre masculina asimilable a una costumbre femenina por excelencia: ir a la peluquería. Desde que me rapé voy una vez por mes o cada veinte días, como hacen las mujeres coquetas, cosa que sigo sin ser. Voy más como van los tipos, para el retoque al paso, más como un trámite que como un rito. Como voy al paso, no tengo peluquero. “¿Con quién te cortás?”, preguntan siempre las recepcionistas –vaya pregunta, ahora que lo pienso–, y yo digo: “Con el que me atienda más rápido”, porque nunca voy dos veces seguidas a la misma peluquería y siempre, indefectiblemente, quiero irme apenas entro. Así de arisca es mi relación con ese atributo femenino al que acaso debiera dedicarle más entusiasmo y atención ahora que a los encantos naturales hay que ayudarlos con una pizca de producción y un sutil cuidado del envase.
Cuando advertí que el pelo corto era una de las mayores trampas contemporáneas, ya era tarde. Cuando se tiene el pelo corto, todo parece estar en calma hasta que un día una se levanta de la cama y en lugar de un bello remolino desordenado y cool en la cabeza lo que muestra el espejo es un nido de hornero. Como no me hallo en la peluquería, me resisto a ceder y durante la semana que le sigue a ese día en el que el pelo se rebela (tengo un mechón rebelde específico) me propongo dejármelo crecer. Sueño tenerlo como Marcelo Tinelli, ese largo intermedio de jugador de fútbol italiano al que, juro, es absolutamente imposible arribar porque en el camino entre el corto-corto y el semi-corto hay obstáculos insospechados.
Así que me rindo y entro en la peluquería, pongo mi cabeza en las manos expertas de cualquier peluquero disponible, le explico a ese peluquero que lo quiero corto-corto, sin pelitos en la nuca, y él –no falla, lo hacen todos– me deja pelitos desflecados en la nuca porque indica que “así es más femenino”, después voy a mi casa y con una tijera resuelvo lo de los pelitos desflecados en la nuca (me los vuelo. Me dan ternura los peluqueros que defienden la tesis de los pelitos desflecados en la nuca, así que acato sus opiniones y después en mi casa hago lo que yo quiero). Ahí me miro en el espejo y me doy el OK: ya está, me corté el pelo. Por veinte días, soy libre.

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