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Cantar

 Por Irina Hauser

Mi profesora de canto dice, con un envidiable espíritu zen, que la voz hay que buscarla por ahí donde están las cervicales. Uno tiene que sentir que sale y resuena justo donde el cuello está hecho un nudo. Busco, busco, y creo que de a poco algo encuentro, en una lucha casi diaria contra mis pretextos de periodista ansiosa y estresada. La verdad es que me pasé toda la vida cantando, de chiquita hacía shows caseros para mis viejos y aprendí un poco de guitarra. Pero hay algo, un no sé qué que de pronto se libera. Y resulta que cantar es un desahogo genial, delicioso, es como un abrazo de los más cariñosos, un beso apasionado, o como comerse una torta de chocolate, por qué no. Se me ocurren miles de comparaciones. Un viaje, la risa, unos pases de magia, el llanto –una de mis especialidades–, un bálsamo, el baile, un streap-tease.
Todo eso es tan grandioso como acertarle a las notas. O como escuchar a esos cantantes que una admira. Es que una es una pero, en el fondo, busca en otros. Desde Ella Fitzgerald o Billie Holiday, pasando por Silvio Rodríguez o la negra Sosa hasta Björk, Madonna o Lola Flores. A veces me parece que me gusta todo, hasta Shakira, reconozco. ¿Estará bien? También me estremece ver y oír a quienes se animan a plantarse con su micrófono y su música en el medio de la calle. Si conozco la canción, me muero de ganas de cantar con ellos y aunque sea bajito les hago unos coros. Cuando alguien canta con el alma se nota, se vuelve hermoso. Me hizo llorar un señor con pocos dientes que cantaba en silla de ruedas en la calle Florida. De pronto la gente que hacía colas en los bancos, poseída con su melodía, estalló en un aplauso impresionante.
Compartir el canto con otros parece ser lo que completa este círculo realmente vicioso, en el mejor de los sentidos. Puede ser un fogón, participar en un coro, cantar encima de un disco, o con mi amiga Ceci caminando cerca del lago de Palermo. O, por qué no, animarse a subirse a un escenario y dejar que la voz emerja, para una y para los demás. Ya hice la prueba, confieso. Y en el fragor de la noche me di cuenta que cantando se diluían las discusiones del trabajo, los kilos de más y los aprietes económicos. Es más, cantando me enamoré. Cantando encontré un pequeño oasis donde hay, al menos para mí, una gratificante dosis de plenitud.

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