PLACER › SOBRE GUSTOS...

Lo menos posible

 Por Marta Dillon

Hay en la soledad, cuando ésta no pesa como una condena, una libertad particular y desprendida de toda convención: una (uno) no tiene por qué mantener pose alguna cuando no hay nadie más que mire. No hay que preocuparse si la pose elegida para leer el diario apenas la luz hiere el sueño exhibe abandono, obscenidad o simple celulitis. No importa el estado de la ropa interior, no importa de qué modo el pelo rebelde ha decidido comportarse en la mañana, ni siquiera lo que el aliento trae como recuerdo y nostalgia del banquete a la noche anterior. No hay cuentas que rendir. Puede una (uno) caminar desnuda por los ambientes vacíos, dejar escapar lo que el cuerpo rechaza sin necesidad de falsos pudores, cantar como una poseída en un falso karaoke canciones de uno de esos ídolos melódicos que a nadie más confesaríamos cuánto nos gusta. Es posible ponerse sobre el cuerpo despojado un delantal de cocina, llorar a gritos si es necesario sólo porque una de esas publicidades de familias numerosas recuerda las ausencias, mirarse en el espejo las partes pudendas cual acróbata ruso en un pico de artrosis –pero forzando los propios límites que no son precisamente los de un (una) acróbata rusa ni de ninguna otra nacionalidad– o hacerse una máscara de palta y aceite de oliva sin pensar que nadie nos confundirá con el descendiente directo de los forasteros de Rosweld. La soledad, con su frío nocturno aun en las noches más tórridas, permite vivir con lo mínimo indispensable, lo menos posible, nada. Nadie a quién complacer, cocinar, escuchar, vestirse para. Es más, siempre el mejor vestido será la desnudez completa, desenfadada, olvidada de toda convención, adiposidad o rugosidad. Se puede comer pan con queso hasta el hartazgo porque total nadie podrá cuestionar lo desbalanceada de la dieta, ajo a discreción y alcohol hasta caer desmayada, que suele ser uno de los placeres de estar sola, completamente sola, sin siquiera un plazo urgente que cumplir, un cumpleaños, una película que valga la pena y que se pueda ir a ver a algún cine de Lavalle donde hay tantas personas solas que una más ni se nota (se desaconsejan firmemente los shoppings y sus extras de parejas compartiendo pochoclo). Desnuda (o), vistiendo lo menos posible, consumiendo lo menos posible, haciendo el menor esfuerzo posible al menos hasta que el letargo del fin de semana lo permita; o algún(a) vecino(a) se tiente por tanto abandono desenfadado y se anime a tocar el timbre para que la rueda de la fortuna vuelva a girar otra vez.

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