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Mendigos e impostores

José V. Bordon *

Camino con un amigo y apenas en cien metros ya nos manguearon tres veces. Mi amigo –un tipo de buen corazón– inventa excusas, yo ya ni siquiera me molesto... poco hay para decir del tema que ya no hayamos conversado entre nosotros o con otros amigos desde la entrada a la adolescencia hasta el primer día de nuestra madurez, o bien hasta el primer día del resto de nuestras vidas. Por la mente de ambos seguramente fluyen pensamientos parecidos, y los más inevitables quizás sean: ¿cuál de ellos es el impostor? ¿Cuál de ellos no lo es? ¿Qué criterio usamos para darnos cuenta? Finalmente, no hacemos comentarios.
Una chica desconocida me envía un mensaje instantáneo, nos escribimos y describimos por ese medio durante cinco días. A mí me gusta mostrarme libre y con ideas claras. A ella parece gustarle lo que digo ser: “Me gustaría conocerte...”, dice, y yo: “¿Y porqué no venís a casa?”. Y ella: “¿Te parece? ¿No será muy rápido?”. La mente de mi invento, ese tipo libre y con ideas claras, responde: “Hoy o en un año, no dejaría de ser un primer encuentro”. Ella acepta. Durante unas horas me dedico a pulir las cosas que inventé en la semana: “El sexo, la amistad y el amor no van de la mano, quiero ser sincero a riesgo de que esta noche no duermas conmigo”. Ella no lo ve de la misma manera, pero acepta, aprende, siente la química y se sumerge en mi cama a disfrutar de la noche, como si fuera la última. Al otro día recibo un mail que dice: “Anoche lo pasé muy bien. Gracias por todo”. Tendrá que pasar una semana para darme cuenta de que en su vida soy historia, y exactamente un segundo más para entender que yo no soy lo que inventé.
Camino solo hacia mi casa desde alguna parte. A unos metros veo acercarse a una mujer, veo un destello conocido en sus ojos, adivino lo que sigue, los pensamientos son los mismos... Sin embargo, esta vez saco una moneda del bolsillo y se la doy antes de que empiece a hablar. Al fin y al cabo, podría ser que todo en este mundo sea una cuestión de azar, como todos en algún momento –o situación– podemos ser mendigos o impostores.

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