PSICOLOGíA › PSICOLOGAS EN UN SERVICIO DE OBSTETRICIA, EN TIEMPO DE CRISIS

“Nació y es mujer y se queda conmigo”

Dos psicólogas, al narrar su trabajo en un servicio de obstetricia durante la crisis de 2001, señalan la “vulnerabilidad de las madres” y, en contrapartida, cuentan el caso de la mujer que estaba por entregar a su beba pero supo mantenerla a su lado.

Por Mabel Rodríguez Ponte y Ana Lía Ruiz *

En este trabajo presentamos entrevistas psicológicas a mujeres embarazadas, en los consultorios externos de obstetricia de un hospital público del Gran Buenos Aires. Entrevistamos a 41 madres gestantes que concurrían para sus controles prenatales y a un grupo de madres internadas en la sala de maternidad de dicho hospital que cursaban los últimos meses de sus embarazos. Las futuras madres eran invitadas a participar en el estudio por las médicas obstetras y parteras.
La edad promedio de las madres era de 27 años. El 12 por ciento tenía escolaridad primaria incompleta, el 66 por ciento secundaria incompleta y el 22 por ciento secundaria completa. El 85 por ciento, amas de casa. El 76 por ciento tenía pareja estable y el 22 por ciento, madres solteras que mantenían una relación estable sin convivir con el futuro padre. El 2 por ciento eran madres solteras sin pareja estable. La edad paterna promedio era de 29 años. El 29 por ciento de los padres se encontraban desocupados.
El tiempo promedio de gestación era de 7 meses. El 78 por ciento eran multíparas, con un promedio de dos hijos.
De treinta y cuatro madres consultadas sobre la planificación del embarazo, el 85 por ciento contestaron no haber planificado y deseado el futuro hijo.
El 68 por ciento de las madres expresó “estar preocupadas por su salud”; el 95 por ciento estaban “ansiosas”; el 71 por ciento se sentían “miedosas”. El 51 por ciento de las madres coincidía en imaginar al futuro hijo como “llorón” y a sí misma “miedosa”. El 73 por ciento de las madres describieron a su futuro hijo como “activo”, basándose en su percepción de los movimientos fetales.
Estas representaciones coinciden con lo planteado por Defey y Correas (El hijo: perseguidor o víctima. Anticipos en el teatro de la mente, Primeras Jornadas Nacionales de Interacción Temprana, Garbarino, M. F., comp., Uruguay, Roca Viva editorial, 1993), con relación a que pensamientos y fantasías de la embarazada pautan el modo de representarse al feto y por lo tanto interactuar con él. Las madres que expresaron satisfacción en relación con esta percepción del bebé en gestación como “activo”, manifestarían una representación de hijo ligada a una mutualidad y sincronía en la que ambos transitan el mismo proceso psicológico y al mismo tiempo; un reencontrarse con otro que comparte todo. En todo caso, si la madre está contenta o tranquila, sentirá que el feto lo está.
Pero en otros casos la “actividad” del bebé en gestación remite a una representación donde aquél todo lo sabe o lo percibe, con una capacidad de control ante la cual no hay posibilidad de huir o esconderse, transformándose en un “perseguidor interno”.
Por otra parte, el 73 por ciento describe a sus propias madres como “cariñosas” y a sí mismas como tales, en un juego de identificaciones en espejo, como miradas narcisísticas en el que una hija mira a su madre que a su vez mira a su madre en una línea transgeneracional. Con relación a las representaciones de sí mismas como futuras madres, el 90 por ciento se definió como madre “cariñosa”, 83 por ciento “paciente” y 76 por ciento como “protectora”.
Se debe señalar que las entrevistas fueron realizadas en noviembre y diciembre de 2001 y enero de 2002, cuando reinaba una profunda crisis política y social en todo el país. De hecho algunas madres fueron entrevistadas el 19 de diciembre de 2001. Esto nos lleva al análisis de factores de riesgo que pueden interferir en la vulnerabilidad biopsíquica de la mujer embarazada.
La mayoría de las madres se definía como “ama de casa”, pero en muchos casos surgía que habían dejado la búsqueda de trabajo por el embarazo. El 90 por ciento expresó tener dificultades económicas graves y el 51 por ciento haber sufrido la pérdida laboral de su pareja; aparecían expresiones como “changas” y “hay... no hay”. No siempre se mostraban conectadas afectivamente con la precariedad de la situación que describían: “Lo normal”, “Como siempre”, comentaban. No obstante, en otros momentos de la entrevista el 58 por ciento manifestaba estar “triste”.
Podría pensarse en una negación. En este período del embarazo parecían estar conectadas con su futuro bebé y con ellas mismas, antes que con la realidad que las rodeaba. Se podría pensar que el lugar de “ser madres” les permitía encontrar una identidad dentro de su entorno familiar y social, y así poder tolerar o tal vez resistir el lugar de exclusión al que social.
En esta población encontramos una sumatoria de factores de riesgo psicosocial que aumenta la fragilidad o vulnerabilidad materna con relación a la gestación y futura crianza de un niño; la alta toxicidad del medio en el cual están gestando crea un estado de desvalimiento psíquico.
Además, las prácticas hospitalarias suelen incidir en la posibilidad de tramitación psíquica del embarazo. Por ejemplo, de acuerdo con nuestras observaciones, la mayoría de los padres no ingresan a la consulta obstétrica y no participan en la atención prenatal: la participación del padre desde la gestación podría ayudar a mejorar el estado afectivo materno y a mitigar los efectos de la exclusión social.

Madrina o madre

Una de las mujeres entrevistadas ignoraba la fecha probable del parto; suponía que estaba casi de nueve meses. Contó que tenía dos hijos, de 14 y 8 años. Cuando la entrevistadora le pregunto cómo le gustaría que fuera el futuro bebé, cómo se lo imaginaba, no respondió y preguntó a su vez si la pregunta era por ella o por el bebé, quedó en silencio y bajó la cabeza.
Había llegado hacía un mes desde Paraguay, donde vivía en el campo. Sus otros hijos eran de diferentes padres: “Todos, cuando quedo embarazada, se van”. Cuando, en este embarazo, quedó sola, decidió venir con sus hijos a Buenos Aires, donde ya vivía su madre. Sus hijos están bien aquí. Dice que le gustaría que el bebé fuera una nena, pero enseguida empieza a hablar de “la madrina”, que es una señora que la acompaña a los controles prenatales y le ha comprado “todo” para el bebé.
La entrevistadora le pregunta por ella misma: cuántos hermanos tiene, qué hacía en el campo, para comenzar a armar su propia historia. Y le desea suerte con el parto y con el futuro bebé.
Sin embargo, la médica obstetra que la atendió prevé que esta madre dará a su bebé en adopción. Ella registró la diferencia de clase social entre “la madrina” y la madre y observa que “cuando hablan de una señora muy buena que les compra todo para el bebé y que será la madrina” ella sospecha adopción.
Adquieren así significado los silencios de esta madre, el no poder imaginar al bebé.
Después, cuando están por hacerle a esta madre un monitoreo fetal, una de nosotras se acerca y le explica en qué consiste el estudio. Ella está asustada, esto es muy distinto a los partos que había tenido en el campo. Ante esta situación, la acompañamos durante todo el estudio, y la ayudamos a escuchar los latidos del corazón de su bebé.
A los 15 días, la reencontramos con un bebé en brazos: “Se llama Romilda Beatriz: mujer, como yo quería”. Cuenta que sus otros dos hijos “no la quieren dar” y que la beba “se queda con nosotros”.
La creación de un espacio de escucha para esta mamá contribuyó al armado de su propia historia, en la que pudo incluirse la de su futuro bebé. La contención desde lo orgánico y lo psíquico ayudó a la emergencia de su función materna, de sus deseos, la posibilidad de comenzar una nueva historia junto con su bebé.

* Extractado de un artículo publicado en la revista Cuestiones de Infancia, publicada por la Carrera de Especialización en Psicoanálisis con Niños de UCES-APBA.

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