PSICOLOGíA › EL JUEGO PUEDE PERMITIR AL NIÑO ASUMIR SU RESPONSABILIDAD COMO SUJETO

“¿Jugamos a que yo me caigo de la ambulancia?”

En el transcurso de una terapia, un niño pudo pasar de caerse de veras –en la vida, como síntoma, poniéndose en riesgo– a caerse “de jugando”. Según el autor de esta nota, el juego es, para los niños, la posibilidad de responsabilizarse como sujetos.

Por Juan Gerardo Ortega*

A los padres que consultan por Mario, de seis años, les preocupan episodios en que el chico “se enreda y se cae”. El último de estos incidentes incluso revistió riesgos para su seguridad física: viajando en el auto con sus padres, al querer tirar el envoltorio de una golosina abrió la puerta y se cayó en medio de la calle.
El año anterior a la consulta, el padre fue despedido de la empresa donde trabajaba desde hacía muchos años. Para él fue inesperado: “Yo todavía no puedo entender el cómo y el porqué”, dice. Hasta ese momento había ocupado el lugar de un padre de familia tradicional, acaparando en sí la suma de la autoridad y del respeto dentro del hogar. La familia debió reacomodarse económicamente después de esta situación y la madre se vio obligada a buscar un trabajo. Así, ella debió sobreponerse a lo que llama “estados depresivos”, con los que asocia el malestar de Mario: “Me parece que sufrió con mi depresión”.
En las primeras entrevistas, con muñequitos o desempeñando él mismo el rol de futbolista, Mario se dedica a jugar partidos: los futbolistas por él encarnados tienen un carácter temperamental, hacen jugadas osadas, despreocupados de su integridad corporal. En la cuarta entrevista se produce un acontecimiento que resultará importante en el tratamiento. Al inicio de esa sesión mete, como distraído, sus dedos en una lámpara, que afortunadamente está desenchufada. Ante mi grito de alarma, se queda callado. Luego, comenzamos a jugar y, siguiendo y a la vez variando la línea de los juegos anteriores, arma una escena en la que él es un jugador de fútbol que se lesiona. Yo soy del equipo médico y debo asistirlo. En una de sus lesiones el jugador no reacciona, así que hay que llevarlo en ambulancia al hospital.
En la entrevista siguiente, se pega accidentalmente la cabeza contra el piso: hago entrar ese real en el juego. “Van a tener que hacerle una radiografía de cráneo”, digo y, en el marco del juego, lo “llevo al hospital”. Esta puesta en escena de accidentes, enfermedades, hospitalizaciones y muertes, que el juego posibilita, se va consolidando en el tratamiento.
Sólo varios meses después de iniciados los encuentros con Mario, en una entrevista con los padres, me relatan los problemas de salud del padre, como si hasta ese momento hubiesen sido olvidados. En la misma época en que fue echado del trabajo, tuvo que someterse a una intervención quirúrgica por una enfermedad grave. “Después de eso ya no fue lo mismo; antes era todo alegría”, dice ahora el padre.
En los encuentros posteriores con Mario, el juego sigue desplegándose en la misma línea: una vez, cuando representa que se lesiona y se lo lleva en ambulancia al hospital, propone: “Hacemos que me caigo”; se abre la puerta del vehículo imaginario y él cae en medio de la calle. Esta escena será luego representada en numerosas ocasiones.
Las caídas, la caída
Constatamos cómo lo reprimido en los padres retorna en el niño: lo que ellos han olvidado insiste en los padecimientos y en los juegos de Mario. No se trata de reticencia u ocultamiento: en las entrevistas con el analista, ellos no recuerdan en absoluto que se ha temido por la vida del padre. Mario, por su parte, no deja de insistir en sus juegos sobre vidas en peligro y preocupaciones de salud.
En los comienzos de este tratamiento puede pensarse un tiempo, comparable a una serie de entrevistas preliminares, previo a que Mario pusiera en forma la escena lúdica. El momento en que esto se produce –y que no siempre es tan claro en los tratamientos– aparece marcado cuando, en el transcurso de la misma entrevista, Mario pasa de poner los dedos en el enchufe, en la realidad, a jugar que se lastima en la ficción. Hay tres escenas que constituyen una secuencia y que implican una transmutación: caerse del auto, meter los dedos en el enchufe en el tratamiento y, por último, jugar a caerse de una ambulancia, representar estar lastimado.
Puede parecer paradójico, y hasta irresponsable ante la mirada de un lego, que, preocupados los padres por un niño que se pone en riesgo, el tratamiento facilite que juegue y, peor aún, que juegue acerca de personas cuya salud está en peligro. La paradoja desaparece si tenemos presente que el pasaje al juego es el pasaje a la ficción, donde está excluido el riesgo, y consiste propiamente en una elaboración que implica una renuncia pulsional del niño. Este paso es también, para el niño, la posibilidad de responsabilizarse.
Si el dispositivo analítico le abre la palestra a esta representación, es porque la distancia entre ambas escenas –caerse del auto y jugar a caerse– es enorme. Mientras en la primera escena se caía él mismo como un objeto, como ese desecho del que intentaba desprenderse arrojándolo y con el que terminaba identificado, en la segunda se ubica como sujeto. Son dos órdenes diferentes y, lejos de representar el juego un regodeo sobre lo inasimilable, opera como una reducción de eso mismo. En efecto, simultáneamente a que Mario comienza con estos juegos, empiezan a disminuir los tropiezos que lo ponían en riesgo en su cotidianeidad.
Sigmund Freud, para los análisis de adultos, sostenía que hay un momento crucial en el cual, en lugar del recuerdo, se presenta una repetición en acto. En consonancia con esto, una coyuntura decisiva de los análisis con niños se da cuando se instala un actuar especial, un actuar lúdico. En efecto, a medida que se va consolidando en el dispositivo analítico la escena lúdica, cuando se va transfiriendo a ella (no al analista) la problemática del niño, se puede observar una paulatina disminución de los padecimientos.
El caso de Mario nos ayuda a pensar de qué actuar se trata en el tratamiento y cómo éste supone un paso a la ficción, lo que en este caso también implicó una disminución de los riesgos que corría el niño.
Lo inasimilable que el juego elaboró metafóricamente no es la caída de Mario del vehículo, sino la caída del padre de su lugar de potencia. Podemos suponer que, frente a la “depresión” de la madre, el padre actuaba como fuerte sostén del niño y que, al quedarse sin él, cayó arrojado.
El niño es responsable
Jacques Lacan considera que la neurosis es “una pregunta planteada por el sujeto en el plano de su propia existencia” (Seminario “La relación de objeto”, ed. Paidós). ¿Cómo pensar esta clínica de la pregunta en el campo de la neurosis en la infancia, es decir, en esa neurosis que no espera la llegada de la adultez para desencadenarse?
El movimiento inicial del tratamiento de un niño está constituido por una pregunta que los padres se formulan, a partir de la cual se dirigen a un analista reconociéndole un lugar de saber. Son los padres los que suponen un sentido oculto en el síntoma del niño y piden al analista descifrarlo. Aparecen destituidos del lugar de saber que deberían sostener para sus hijos y se dirigen a alguien para preguntarle. Se encuentran en una situación de no saber y hasta de impotencia en relación con ese niño.
Ubicar una pregunta y un protagonismo especial de los padres en los análisis con niños no implica sostener que es “culpa” de ellos. Pensaremos, más que en términos de culpa, en términos de responsabilidad, pero no hacemos referencia a la responsabilidad moral, ante el superyó, sino a la responsabilidad ética: responsabilidad ante el deseo.
Despojamos esta noción de responsabilidad de sus connotaciones jurídicas y remarcamos su alusión a la posibilidad de dar respuesta. En efecto, un tratamiento analítico de un niño puede contribuir a que sus padres puedan dar nuevamente respuesta de su hijo.
Si una pregunta es ubicable del lado de los padres, el trabajo analítico podría pensarse teniéndolos casi como actores exclusivos. Pero el trabajo no se limita a ellos porque el niño no es un simple epifenómeno del discurso de los padres, sino que él también está articulando una respuesta propia, y es aquí donde podemos pensar su responsabilidad.
Este padecimiento en el niño debe implicar una pregunta que articule algo de la pareja parental, o sea de ambos padres (más allá de la eventual ausencia de uno de los progenitores). Si este padecimiento vehiculiza un elemento correspondiente sólo a la subjetividad de la madre, y que ni siquiera aparece como pregunta, probablemente nos encontremos con rasgos de otras estructuras clínicas, diferentes de la neurosis.
Pero, ¿de qué pueden hacerse responsables los niños? Dicho de otro modo, ¿a qué pueden dar respuesta? ¿De qué pueden responder? Es que si no fueran responsables, si no pudieran dar respuesta, no habría posibilidad de intervención analítica con ellos. Si no hubiera un sujeto al que convocamos, tendríamos que considerar al infante una simple tábula rasa frente a la cual asumiríamos una posición pedagógica. Más que el establecimiento de una posición subjetiva, buscaríamos inculcarles educativamente ciertas nociones.
Hay dos tipos de respuestas que es dable observar en la clínica con niños. En una de ellas el padecimiento del niño “está en posición de responder a lo que hay de sintomático en la estructura familiar”: al quedar ubicado como síntoma, el niño “puede representar la verdad de la pareja familiar” (Lacan, ob. cit.). Aunque el padecimiento del niño es una respuesta, lo es en tanto que síntoma de los padres. En la misma queda ubicado como objeto, es jugado por el Otro. Es hablado, no puede decir nada, no puede articular significantes allí. Es el niño el que está ubicado como respuesta, no es una respuesta del niño.
Otra respuesta posible, y es a la que apuesta el análisis, será aquella en la que él quede ubicado como sujeto, descontado del goce parental. Esta respuesta es el juego. Tal idea se encuentra presente cuando Lacan afirma que “el juego del carrete es la respuesta del sujeto a lo que la ausencia de la madre ha creado en la frontera de su dominio” (Seminario “Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis”). El juego se manifiesta entonces como un mecanismo de producción de “un nuevo sentido propio del niño” (Silvina Gamsie: “La niña que calculaba”, en revista Psicoanálisis y el Hospital, Nº 1).
En el caso de Mario, vemos estos dos tipos de respuesta frente a la caída del padre. La respuesta sintomática es su caída del auto, de la que no puede dar cuenta cuando es interrogado por sus padres. El es ahí un objeto que cae de la misma forma que cae el residuo que quiere arrojar. Una respuesta diferente, aunque en ella sea incauto y no pueda explicitar lo allí articulado, es la que logra en el tratamiento a través de su juego. En este último movimiento aparece la responsabilidad de un niño: armarse una respuesta frente al deseo del Otro.
Un niño, a diferencia de un adulto, no es “responsable de su goce” (Eric Laurent: Hay un fin de análisis para los niños. Colección Diva, Buenos Aires, 1999), lo cual no es decir que ciertos niños “no hayan cometido ciertos actos, proferido ciertas palabras, sino que no pueden hacerse cargo, ni atribuir un sentido o una intencionalidad a los efectos que esos actos o esos decires han podido producir en su entorno, constituido por adultos u otros niños”. (Silvina Gamsie: “Juego y sexualidad”, revista Psicoanálisis y el Hospital, Nº 8.) Pero nos atrevemos a afirmar que el sujeto infantil puede ubicarse subjetivamente como responsable si concordamos en que en el juego va posicionándose como sujeto y, como sostiene Lacan, “de nuestra posición de sujetos somos siempre responsables”. Aquí podrá asumir los efectos de su propia ubicación con respecto al juego, por ejemplo el impacto que produce su personaje en los otros personajes de la escena lúdica.
Entonces, hay responsabilidad en el niño pero en tanto niño, es decir, mientras juega, en ese quehacer que se desarrolla en el campo de la ficción.

* Psicólogo de planta de la Municipalidad de Lomas de Zamora. Extractado del trabajo “La responsabilidad de los niños”, publicado en la revista Psicoanálisis y el Hospital, Nº 25, “La infancia amenazada”.

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