PSICOLOGIA › LA CREACION ARTISTICA Y LA “HOSPITALIDAD DEL SINTOMA”

El malabarista

A partir del mejor ejemplo de artista –el chico que, bajo la mirada de su madre, hace malabares junto a un semáforo–, el autor destaca la noción de “hospitalidad del síntoma” para el trabajo en hospital de día.

Por Sergio Zabalza *

En Las Heras y Coronel Díaz, a las nueve de la noche, cuando el semáforo corta el tránsito, un chico empieza la sesión de malabares. No pasa de los siete años y, desde la vereda, una mujer lo acompaña. Trabaja con cuatro bolas. Sus movimientos son oportunos y sabios. Es un artista. La ventanilla de una camioneta se abre y una mano extiende un billete. El chico se vuelve hacia la mujer en la vereda y su grito de alborozo sacude la mezcla de asombro, vergüenza y admiración del público espectador: “¡Mamá...! ¡Cinco pesos!”.
Más allá de la anécdota, que por muy obvios motivos nos sigue conmoviendo, interesa destacar la paradoja resultante de considerar que, por un instante, el frágil pero decidido excluido alojó al consumidor, amo castrado al fin. Perspectiva que ilustra sobre la posible función que el arte ejerce al operar sobre ese elemento privado y autista que, por rechazar la diferencia subjetiva, organiza una realidad en espejo donde afuera y adentro se excluyen mutuamente. El saber hacer de nuestro joven artista quiebra por un instante esa lógica bipolar y mortífera, generando el nuevo espacio donde lo rechazado retorna en forma de belleza. Como el alfarero, al hospedar en un vacío la inquietante alteridad que nos habita, el malabarista permite que eso Otro desaparezca del espejo ominoso del parabrisas.
Esta posibilidad de generar un lugar allí, donde antes no estaba, es lo más propio que el arte puede enseñar al psicoanálisis. Si el síntoma, en tanto inhóspito cuerpo extraño, “es el verdadero dueño de casa, y le dice tranquilamente al yo: a usted le toca salir de ella” (Jacques Lacan, Seminario 3), su estetización, por el contrario, parece brindarnos la posibilidad que algo de esa ajenidad se disipe, al rescatarnos del privado autista que nos atrapa sin alojar. Como si la función estética fuera condición de la hospitalidad.
Pero, para que el malabar produzca efecto, hay que contar con el testigo, el recurso simbólico que allí, al costado de la vereda, sea causa y donación de la marca que, dotando de gracia, ritmo y pasión, imprima Otra escena en el cuerpo: cambio rítmico, síncopa, deseo.
Bien, yendo al ámbito de nuestra tarea en el hospital, ¿qué tratamiento poner en juego para aquellos sujetos carentes de la inscripción del testigo donador?
¿Cómo trabajar con el arte para que alguien encuentre ese nuevo espacio en donde localizar algo que lo habilite a cambiar el ritmo, a introducir la diferencia?
¿Cómo operar con la transferencia para que desde allí, al costado de la vereda y lejos de la mismidad especular del parabrisas, facilitar que un sujeto despliegue el saber hacer que aloje su singularidad? Lo que sigue son algunas conjeturas sobre el tratamiento de eso sintomático que retorna, a partir de los recursos que brinda un dispositivo de hospital de día, desde la perspectiva de un operador de talleres.
“Explicar el arte por el inconsciente me parece muy sospechoso; es sin embargo lo que hacen los analistas. Explicar el arte por el síntoma me parece más serio”, dijo Lacan en 1975 a los estudiantes de la Universidad de Yale. El recurso artístico ofrece la posibilidad de ubicar algo de lo sintomático en la producción de un objeto, sea éste una pintura, una opinión, un gol, una planta, un poema.
En segundo término y a mi juicio, lo que brinda su sello distintivo a la transferencia en el hospi es su serialidad: un analista, un psiquiatra, un taller de música, un taller de lectura, una reunión de familia, un compañero, un, una, uno... Se trata de una transferencia que se desplaza. Podemos conjeturar que, en los intersticios que la serialidad de estos espacios brinda, un sujeto, mediante la producción de un objeto, puede llegar a ubicar ese afuera que no es un no-adentro, en el que, cediendo algo del goce autista que lo enajena, logre habilitarse un nuevo lugar para su singularidad.
¿Qué intervenciones posibilitan esta transferencia desplazada en los intersticios y al costado de la vereda? Se trata de intervenir favoreciendo el corte que habilita la cesión del objeto. La mera apertura de un espacio para que un sujeto transmita a sus pares una situación dolorosa puede habilitar a que la Cosa quede allí. Asimismo, cuando un sujeto nos muestra la pintura en la que está trabajando, no se trata de interrogar por qué pintó usted eso de rojo –formulación que refuerza la certeza del ser que aplasta al psicótico–, sino, por el contrario, preguntarle qué le sugiere ese rojo que está allí.
Supongamos que, en un taller de música, se acuerdan, para la composición colectiva de una canción, reglas que consisten en incorporar a la letra lo primero que a cada integrante se le ocurra: una frase de autoexclusión y fuera de escena como “no se me ocurre nada” bien puede formar parte del texto, en virtud del dispositivo de juego previamente acordado.
Todas estas intervenciones constituyen ejemplos de la función de testigos de una pérdida, de una cesión, que le cabe tanto a la presencia del tallerista como a la del grupo de pares. Situación que explica por qué el recurso transferencial se enriquece mediante la práctica entre varios.
Pero a su vez estos diferentes casos de intervenciones confluyen en un punto común: con el mismo enunciado, gestar un nuevo lugar en la realidad psíquica. A esta creación topológica la llamamos “hospitalidad del síntoma”.
Como paradigma de esta modalidad de intervención, mencionamos un momento clave del devenir cotidiano del hospi: la asamblea de pacientes. En esos encuentros en que, los lunes, se inicia el trabajo de la semana con la reunión de apertura y, los viernes, concluye con la de cierre, los pacientes debaten cuestiones de convivencia en el hospital, cuentan sus problemas, narran episodios del fin de semana, comentan alternativas de su cotidianeidad. Al final de cada encuentro se hace la lectura de la crónica, es decir, se repiten, a veces con algunos recortes o escansiones, los mismos enunciados, las mismas frases vertidas durante el desarrollo de la asamblea; operación que posibilita que un sujeto, al escuchar sus significantes desde otro lugar y estando en transferencia con el dispositivo, pueda establecer cierta separación respecto de sus dichos. La misma que por producir un testimonio, lo habilita a dejar de serlo.
Lacan advirtió que “la verdad despierta o adormece, y eso depende del tono con que es dicha” (Seminario 24): se trata de, con el mismo enunciado y a partir de la entonación y el ritmo, introducir la diferencia que aloje al síntoma en el nuevo lugar que los intersticios de la serialidad transferencial del dispositivo habilita. Nos parece una de las formas válidas de entender la función del analista en tanto testigo o “secretario del alienado”, según Lacan.
Saber hacer allí que aloja. Estética del síntoma. Malabar de un sujeto. Quizá sea pertinente ahora traer una de las acepciones que el Diccionario de uso del español, de María Moliner, le otorga al término “malabar”: “Conducta hábil de alguien para mantenerse en un puesto, sostener una situación difícil, estar en buenas relaciones con dos bandos rivales”.

* Integrante del equipo de profesionales de Hospital de Día del Hospital Alvarez.

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El malabarista, escultura de Antonio Cruz Collado.
 

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