PSICOLOGíA › OSTILIDAD CONTRA LAS MUJERES A PRINCIPIOS DEL SIGLO XX

“Insensibles y perversas”

El Estado moderno neocolonial que se afirmaba en la Argentina de principios del siglo XX tenía ubicado el peligro amenazante a su consolidación en el tríptico: inmigrantes-mujeres-anarquistas.

Por Osvaldo Delgado *

La consolidación en la Argentina del Estado burgués de nación neocolonizada se produjo hacia finales del siglo XIX e implicó la emergencia de un poderoso anticlericalismo, sostenido por los higienistas. El período abarcó desde 1880 a 1904, según el historiador Jorge Salessi (Médicos maleantes y maricas, Buenos Aires, Beatriz Viterbo, 1995). Pero, a partir de ese momento, los positivistas argentinos comienzan a visualizar a la Iglesia Católica como una fuerza potente para estabilizar a aquello que la modernización descarrilaba. “La base de esa nueva comunión ideológica entre clericales y anticlericales era la oposición al aborto, que daba a la mujer el mismo control sobre su cuerpo que tenía el hombre”, escribe Salessi. Para el pedagogo e higienista Juan Bialet Massé, el aborto era una inmoralidad que le permitía a la mujer tener la plena libertad de ocupar los trabajos de los hombres en los talleres.
Es la época en que Carlos Octavio Bunge publica sus cuatro cuentos bajo el nombre de Viaje a través de la estirpe y otras narraciones. Si el tercero de ellos habla de la reivindicación del varón argentino, jugado en la metamorfosis del “Gallina Perico” en el “Guapo Peralta”, el cuarto y último lleva por título “La perfidia femenina”.
Los tres personajes masculinos de este último cuento concluyen diciendo: “Somos tres intelectuales y he observado que los intelectuales tienen una marcadísima propensión hacia las mujeres histéricas y aun hacia la peor clase de histéricas: hacia las insensibles y perversas”.
En 1910, Monseñor de Andrea organizaría lo que fue llamado “la gran concentración nacional masculina”, que estuvo destinada a contraponerse a la manifestación anarquista de mayo de ese año.
Es en ese período cuando comienza a aparecer en el país la denominación “tercer sexo”. Este nombre era aplicado a las mujeres de tendencias libertarias. Esas mujeres aparecen vinculadas a los movimientos anarquistas, siendo consideradas mucho más peligrosas que los hombres por su poder de seducción y sugestión. Esta mujer libertaria “asociada a la turba, le imprime un aspecto terrible, porque en tales circunstancias, pierde más pronto que el hombre todos los instintos dulces y amables, que son la tónica de su alma. Ellas arengan a la gente, la inflaman con sus imprecaciones inesperadas, en la plaza, en la calle, hasta en el púlpito de la Iglesia”, según escribió José María Ramos Mejía en Las multitudes argentinas.
Víctor Mercante, pedagogo y criminólogo infantil, publica en 1905 su texto El fetichismo y el uranismo en los internados femeninos. Mercante, especializado en la educación femenina, utilizó “la representación literaria de la mujer como flor del mal, inescrutable y críptica”. Estas mujeres llamadas “fetichistas” y “adoratrices de talismanes” son las que colocan adornos de metales sobre su cuerpo (aros, collares, etcétera) y “transforman su cuerpo santo en objeto”. Por su parte, las estudiantes que llegan a la universidad se asocian con otras mujeres y con grupos de obreras y obreros socialistas y anarquistas.
El año que marca el acuerdo clerical-anticlerical positivista es 1904, lo cual se vincula con que, el 1º de mayo de ese año, en las manifestaciones aparecen mujeres en multitud; esta multitud fue calificada por José María Ramos Mejía de “prostituta y cobarde”.
El Estado moderno neocolonial que se afirmaba en la Argentina de principios del siglo XX tenía ubicado el peligro amenazante a su consolidación en el tríptico: inmigrantes-mujeres-anarquistas.
Para los intelectuales que, en términos de Gramsci, llamaremos orgánicos de ese estado, “el cuerpo de la mujer enigma seguía encubierto por una purulenta superficie de metales que ciñéndolo lo ocultaba y lo transformaba en objeto, adorno y/o fetiche”, observó Salessi.
Esa mujer
El apronte angustiado de los varones ante lo femenino como hostil fue situado por Sigmund Freud en El tabú de la virginidad. Este texto fue leído clásicamente del modo en que Lacan en el capítulo V de El Seminario 17 sitúa la respuesta histérica hacia el poseedor del falo: “...esta herida (castración) no puede compensarse por la satisfacción que el poseedor (del falo) tendría al apaciguarla, por el contrario, su presencia la reaviva, la presencia de aquello cuya añoranza causa la herida”. El término clave de esa lectura es: hostilidad. Pero la hostilidad, en el mismo texto freudiano, tiene diferentes niveles conceptuales.
Un primer nivel es el de la respuesta hostil a la desfloración. Este corresponde a la reivindicación fálica. El segundo nombra la hostilidad como una atribución masculina a la ajenidad de la mujer. Modalidad de obturación del lugar de enigma. El nivel tercero refiere tanto al ejercicio del deseo no reductible a la demanda de fidelidad como a la necesaria castración del partenaire masculino para la posibilidad del amor. El cuarto nivel nombra lo hostil directamente en relación a la fuente pulsional.
Dice Freud: “... una segunda explicación prescinde igualmente de lo sexual, pero tiene una proyección mucho más universal. Indica que el primitivo (el de Tótem y tabú) es presa de un apronte angustiado que lo acecha de continuo, tal y como lo aseveramos nosotros, en nuestra doctrina psicoanalítica de las neurosis, respecto de los aquejados de neurosis de angustia. Ese apronte angustiado se mostrará con la mayor intensidad en todas las situaciones que se desvíen de algún modo de lo habitual, que conlleven algo nuevo, inesperado, no comprendido, ominoso (siniestro, umheimlich)”.
Lo siniestro es tomado por Lacan en El Seminario 10, como el nombre mismo de la angustia. En la situación traumática, fuente ante la cual se está desvalido, coinciden el peligro externo y el interno, lo que Freud llama peligro realista y exigencia pulsional.
* Psicoanalista. Fragmento del trabajo “De la nación neocolonial al capitalismo tardío. El estatuto de la fuente pulsional de la misoginia en la cultura”.

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