PSICOLOGíA › SOBRE LA “IDEOLOGIZACION DE LOS CONFLICTOS” EN LA SOCIEDAD CONTEMPORANEA

Las batallas privadas en la arena pública

Padres separados de sus hijos, madres divorciadas, segundas esposas, homosexuales, parejas infértiles, meretrices, desocupados, sobrevivientes del abuso sexual... La sociedad actual suscita nuevos agrupamientos, a menudo “sobre la base de particularidades en su subjetividad”.

Por Irene Meler *

En esta era mediática, los conflictos privados adquieren rápidamente un carácter ideológico y dan lugar al surgimiento de asociaciones civiles que defienden la perspectiva de alguno de los sectores enfrentados. Así, se han agrupado los padres separados por un lado y las madres divorciadas por el otro, los varones que aspiran al ejercicio compartido de la tenencia de sus hijos, los progenitores que han sido separados de sus hijos debido a decisiones judiciales cuya validez impugnan, los homosexuales y lesbianas, las parejas infértiles, las meretrices, los desocupados, los sobrevivientes del abuso sexual y muchos otros sectores sociales.
Como puede verse, el agrupamiento no se sustenta en los clásicos criterios socioeconómicos, que determinaban una asociación en función de intereses de clase, sino que las personas se construyen una identidad y conforman colectivos sobre la base de particularidades de su subjetividad, de sus cuerpos, o de la forma en que han sido afectados por conflictos familiares.
Este fenómeno presenta aspectos de gran interés para el análisis social y subjetivo. Por un lado, el postulado feminista de los años ‘70, “Lo personal es político”, parece haberse hecho carne en la conciencia colectiva. Estos sectores se agrupan porque, más allá de los avatares de su historia personal, han construido una causa, una reivindicación de derechos específicos. Ante la visibilidad de situaciones antes clandestinas, como es el caso de la elección homosexual de objeto, o la aceptación legal de la existencia de conflictos de pareja que desembocan en el divorcio, los sectores involucrados crean nuevas lógicas e intentan difundir la aceptación de la legitimidad de su perspectiva. Los debates, las luchas por el sentido, involucran cuestiones éticas novedosas. Se ha progresado en superar e impugnar la doble moral, una para varones, otra para mujeres, una para poderosos, otra para subordinados, y lo que antes aparecía de forma inequívoca como bueno o malo, hoy es tema de discusión.
La contrapartida del aspecto positivo de la politización de la vida privada es un exceso de ideologización de los debates, que impide determinar con ecuanimidad cuáles son el sentido, la lógica y la ética aceptables en cada caso. Se plantean interrogantes falaces tales como: ¿están en lo cierto los expertos en maltrato infantil o las asociaciones de padres varones?; ¿es aceptable que las parejas homosexuales adopten o críen niños?; ¿es cuestionable la búsqueda de un hijo a cualquier costo o resulta respetable el derecho universal a procrear? Se pierde la ecuanimidad cuando la arena pública transforma en combate la discusión acerca de la existencia del abuso sexual, que sólo puede ser dirimida mediante un cuidadoso diagnóstico específico, caso por caso.
La crisis económica y política que aflige al mundo y de forma especial a nuestro país, echa leña al fuego de los conflictos. Cuando los recursos son escasos, la pugna por los derechos, el sentido o los bienes se puede tornar feroz. Eso resulta evidente en el caso de los divorcios, donde la claudicación masculina respecto del rol proveedor es percibida por la madre divorciada como abandono y en muchos casos resulta castigada con el saboteo del vínculo paterno filial. Solas para hacer frente a las necesidades de los niños, su desamparo se transforma en odio ante lo que entienden como deserción, sobre todo en los casos en que el padre de los hijos ha formado otra familia. Los alimentos negados a sus hijos son dados a otros y esa situación se considera una traición. Pero pronto sale al paso la lógica de los padres varones, que cuestionan la imagen de egoísmo que se les atribuye para pedir consideración hacia sus dificultades, sus fracasos e impedimentos en un mundo cada vez más cruel. Y a este debate se suma la voz de las segundas esposas, también agrupadas en asociaciones civiles, que alegan que ellas y sus hijos también tiene derecho a vivir. La amargura de estas luchas que se ventilan en los tribunales de familia se intensifica por el hecho de la escasez y la desesperación ante las carencias que obligan a decisiones dolorosas.
En este contexto convulsionado, los discursos elaborados por el campo interdisciplinario de los estudios de género, que han adquirido legitimidad merced al trabajo académico de las últimas dos décadas, son objeto de contestaciones ilustradas. El backlash, o reacción ante la liberación femenina, se hace sentir por parte de los sectores conservadores de origen confesional. Lo interesante es que han superado la etapa de los epítetos y han dedicado sus mejores recursos académicos al estudio de la literatura feminista, elaborando argumentos cuya sutileza merece un debate calificado.
Para dar los primeros pasos en este camino, me parece pertinente realizar algunas aclaraciones.
Los estudios interdisciplinarios de género se dedican al análisis de la condición social y subjetiva de mujeres y varones. En muchos casos están influidos por la filosofía feminista o sea por la convicción de que el orden simbólico es patriarcal, las sociedades humanas se han caracterizado por el dominio masculino y por lo tanto la diferencia sexual simbólica es jerárquica. Sin embargo, no todos los estudios de género son feministas. En algunos casos, se busca detectar las modalidades diferenciales de vida social y subjetividad que existen entre mujeres y varones, identificando sus estilos específicos de malestar en la cultura. Personalmente asigno gran importancia a las relaciones de poder como categoría teórica que junto con el deseo, me asiste en el estudio de la subjetividad sexuada.
Aun en los casos en que se trabaja sobre el concepto de patriarcado o dominación masculina, este supuesto teórico no debe traducirse en una asunción torpe o mecánica acerca de que las mujeres son siempre víctimas inocentes y los varones abusivos y malvados. Se ha descripto la existencia de una jerarquía intragénero, especialmente relevante en el género masculino, donde existen masculinidades dominantes y otras subordinadas. Pese al hecho de que las mujeres como colectivo social son más pobres y tienen menos poder que los hombres, en una pareja particular puede ocurrir, y en muchos casos ocurre, que ella sea más educada, exitosa y poderosa que él. En cada caso y en cada conflicto debe realizarse un cuidadoso análisis del posicionamiento de cada uno de los sujetos con respecto a las prescripciones de género.
Si las asociaciones que agrupan a padres divorciados se hacen eco de los discursos conservadores antifeministas, cometen un error trágico. En primer término, convierten un debate social en una guerra entre los sexos. En segundo lugar, olvidan que el reclamo que algunos realizan por la tenencia compartida de los hijos encuentra su apoyatura más firme en los estudios que cuestionan la estereotipia de género. Si volviéramos a los roles sociales tradicionales, los padres divorciados estarían condenados a continuar como proveedores únicos de dos hogares, ya que sus ex esposas se dedicarían a la sacrosanta misión de ser madres de tiempo completo. Ese modelo sólo es apropiado para los varones ricos y poderosos que pueden perpetuar una versión posmoderna de la “casa chica” y la “casa grande”. Los hombres que luchan por la subsistencia, afligidos por la crisis, necesitan apoyar la autonomía de las mujeres, el único camino que, al legitimar la inserción femenina en el mercado, habilita a las mujeres como partícipes en la manutención de los hijos. Como contrapartida, su participación en la crianza es un aporte que libera a la madre y le brinda tiempo libre para el amor y el trabajo. Ofuscarse en el fragor del conflicto con las ex parejas puede arrojarlos en los brazos de un familiarismo reaccionario, que en última instancia impugna también el derecho al divorcio y por lo tanto su propio segundo intento de construir una vida familiar.
El análisis crítico de la familia tradicional no implica, como lo creen las lecturas conservadoras que atribuyen a los estudios de género un antagonismo con las familias, un intento destructivo respecto de la institución familiar. Se trata en cambio de reconocer la diversidad de formas familiares existentes en la posmodernidad y de contribuir a la creación de estilos de convivencia que estimulen la cooperación entre los padres más allá de la persistencia del vínculo de pareja entre ellos.

* Coordinadora del Foro de Psicoanálisis y Género de APBA.

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