PSICOLOGíA › MASACRE EN UN CINE DE DENVER

Caballero de la noche

 Por Sergio Zabalza *

La fecha en que se celebra el Día del Amigo (en la Argentina) responde a la del primer alunizaje, el de la nave Apolo XI, de Estados Unidos, el 20 de julio de 1969. El 20 de julio de 2012, un lunático irrumpió en una sala próxima a Denver donde se proyectaba la última película de Batman, The Dark Knight Rises (“El caballero de la noche asciende”), mató a tiros a doce personas e hirió a cincuenta. Estados Unidos cuenta con un tendal de episodios similares, casi siempre protagonizados por sujetos tímidos, introvertidos o con dificultades para acceder al lazo social. Que la sociedad de ese país cultive la tenencia de armas hasta el punto de privilegiar su compra como regalo de Navidad puede brindar un indicio sobre el lugar que el psicótico encarna en estas tragedias. En efecto, por su condición de objeto de goce, el alienado se hace cargo del radical rechazo al Otro, en este caso: el odio y la segregación que infligen los supuestos normales. No en vano el imaginario de ese país siempre se sirvió de la figura del enemigo común para brindar consistencia al ser nacional. Que el autor de la masacre vistiera el disfraz del villano de la película –un terrorista jihadista– exime de mayores comentarios al respecto.

Pero hay algo más: James Holmes, el victimario, ingresó disfrazado, en la misma sala donde algunos ya lucían el atuendo del hombre murciélago. Cuando comenzaron los disparos, el borde que separa ficción de realidad se hizo borroso, hasta que por fin lo real de los cuerpos –la sangre, el dolor– dio pruebas de que la ficción había sido herida de muerte.

Si, tal como dice Freud en su estudio sobre la psicosis, “lo cancelado adentro retorna desde afuera” (Puntualizaciones psicoanalíticas sobre un caso de paranoia descripto autobiográficamente), donde lo traumático no disponga del recurso de la representación, la tragedia se hace presencia en lo real. ¿En qué callejón de la actual subjetividad el lenguaje canceló el vuelo de la imaginación?

“Los planetas son mudos porque se los ha hecho callar”, decía Lacan (El Seminario, Libro 2) para referirse al efecto que la ciencia imprime sobre el imaginario social. Lo cierto es que, cuando la luna ya no inspira poemas, el Hombre Murciélago cae abatido por la certeza de la objetividad.

Porque si el alienado testimonia en su carne lo mismo que el neurótico padece en lo simbólico, se trata de indagar qué objetos del mundo cotidiano encarnan la demanda pulsional que aplasta el pliegue fecundo de la metáfora. Los gadgets con que la tecnología inunda la vida de las personas indicarían, por ejemplo, que la Voz y la Mirada ocupan ese triste sitial de privilegio: una suerte de 3D omnipresente que obtura el resquicio por donde la lengua propicia el motor de la ficción y el deseo. Por ejemplo, se suele poner el acento en el panóptico que, con el pretexto de brindar seguridad o información, vigila nuestras vidas a toda hora. Sin embargo, los imperativos de goce que determinan la actual subjetividad actúan de una manera tanto más sutil. Según Zygmunt Bauman (En busca de la política), se trata en realidad del sinóptico que captura la voluntad de las personas a través de la más efectiva amenaza que soporta un ser hablante: la exclusión: si el drama no consiste en que te vean, sino en que no te vean, nadie –por más sufrimientos que padezca– está dispuesto a ceder algo de la oscura satisfacción que conlleva ser objeto de la Voz o la Mirada.

Más allá del placer, así funciona el mandato superyoico que, sin que nadie lo advierta, segrega: cuando lo real de la imagen cuenta más que el relato, si no estás en la foto es porque no estás en ninguna parte. Luego, un hombre tímido y retraído, excluido del lazo social, se hace cargo de que todos asistan a la violencia hecha espectáculo, la misma que los cada Uno prefirieron ignorar.

* Psicoanalista. Integrante del dispositivo de Hospital de Día del Hospital Alvarez.

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