SOCIEDAD › QUEDO ENCERRADO TODO EL FIN DE SEMANA EN LA BOVEDA DEL NACION

Al banco se le olvidó un cliente

Un hombre que fue a su caja de seguridad quedó atrapado desde las 15 del viernes hasta las 10 del lunes, sin luz ni agua.

 Por Carlos Rodríguez

“Es como si te cerraran la bóveda en el cementerio y vos te quedás adentro estando vivo.” Roberto Lifstiz, de 58 años, es comerciante y nunca escribió cuentos de terror, pero después de la experiencia del fin de semana se siente protagonista de una historia de Edgar Allan Poe. Por razones que son “inexplicables” y que carecen de antecedentes en los 111 años de vida del Banco de la Nación Argentina, Roberto estuvo durante 66 horas y 45 minutos encerrado, sin luz y sin agua, en el segundo subsuelo de la sede central de la entidad, a metros de la Casa Rosada, escuchando el ruido del dinero guardado en la bóveda donde conviven 1200 cajas de seguridad. Lifstiz, previsor, llevaba un bolso con algunas galletitas de agua, su único alimento desde las 15 del viernes hasta las 9.45 del lunes. Cuando se abrieron las tres puertas de seguridad de la bóveda, pegó unos gritos por la bronca acumulada y enseguida se rindió: “No tiren –aclaró por si hacía falta–, no estoy robando”. Un sumario interno, obviamente secreto, busca ahora desentrañar el misterio del cliente atrapado.
La aventura subterránea de Roberto comenzó el viernes, cinco minutos antes de las 15, cuando fue al banco para hacer un movimiento, personal y privado, en la caja de seguridad que está a su nombre desde 1991. Una vez allí hizo el “trámite normal” para pasar las tres puertas de seguridad y llegar a la bóveda, una sólida construcción con paredes de concreto de un metro de ancho que ocupa una superficie de 50 por 30 metros. Cuando estaba por volver a guardar los valores en la caja, escuchó con estupor el ruido de las puertas computarizadas, que se cierran en forma automática, de a una por vez. Primero las dos puertas tipo reja y por último la más pesada, de metal macizo, que se acciona como un mecanismo de relojería.
Roberto, después de unos minutos de “miedo y descontrol”, trató de “acomodarse mentalmente” a la situación. Llevaba consigo un celular, pero por encontrarse en un lugar cerrado e inviolable, era imposible usarlo porque había perdido la señal. Su esposa intentó llamarlo, pero le daba siempre “como si estuviera apagado o fuera del área de cobertura”. Junto con el cierre de las puertas se apagaron las luces. “Sólo quedaron encendidas la luz del celular y la del reloj, que me permitía contar las horas que faltaban y esperar”, relató Roberto.
Para estar más cómodo, se sacó la ropa, pudo dormir de a ratos y también caminar “para calmar la ansiedad”. Dijo que le preocupaban, sobre todo, “la falta de agua y de oxígeno, porque adentro de la bóveda, si bien no hacía ni frío ni calor, parecía que faltaba el aire y tenía miedo de ahogarme”. Roberto admitió que pudo entrar llevando un bolso en la mano, algo que prohíbe el reglamento de las cajas de seguridad y que seguro terminará en sumario interno para los responsables. Tenía galletitas de agua, sin sal, porque está haciendo régimen “y el hambre era lo de menos”. Como los cestos de basura tenían bolsas de plástico, orinó en ellas para retener el líquido “por si tenía que recurrir a él, aunque no hizo falta”. En la causa intervino el Juzgado de Instrucción 43, a cargo de Marco Layus. Una primera inspección realizada ayer en la bóveda del Banco Nación determinó que, “a primera vista, ninguna de las cajas había sido violada”, aunque hoy se hará una comprobación más prolija y detallada. “No hay ningún cargo contra Lifstiz, es aparentemente la víctima, pero de todos modos hay que investigar porque es muy raro lo que pasó”, dijo una fuente judicial. “Es increíble pensar que lo dejaron encerrado y que nadie se dio cuenta. Hay empleados que deben comprobar la entrada y la salida del cliente. Si bien no hay cargos, hay que descartar cualquier posibilidad, ya que en las condiciones que se dieron es factible una maniobra. Una persona que estuvo más de sesenta horas en la bóveda puede haber abierto otras cajas y guardar lo sustraído en su propia caja de seguridad”.
La fuente aclaraba, a cada rato, que “esto es sólo una suposición, una posibilidad que hay que investigar, porque por ahora Lifstiz es la víctima y es quien puede denunciar al banco por lo ocurrido”. Roberto, a las 9.45 de ayer, cuando se abrieron las puertas, gritó con desesperación, como lohabía hecho cuando se cerraron, el viernes, sin que nadie lo escuchara. Al salir mostró el contenido de su bolso y se fue “bastante tranquilo”, a pesar de todo. El Banco Nación hizo silencio. Recién hablará cuando reconstruya toda la historia y encuentre a los responsables.

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Roberto Lifstiz, de 58 años. Una odisea subterránea en la sede central del Banco de la Nación.
 
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