SOCIEDAD › EXPERIENCIA PARA ESTUDIAR REACCIONES EN LA CIUDAD

El día de los falsos muertos

Una veintena de muñecos de plástico con aspecto humano fueron arrojados en la calle como parte de un proyecto del Rojas. Hubo indiferencia, solidaridad y hasta algún incidente con golpes.

 Por Horacio Cecchi

“Vamos nena, vamos”, apuró espantada la abuela mientras tironeaba de la mano de su curiosa nieta que a su vez le decía “mirá, está muerto”, y señalaba con su dedito al cuerpo caído en la vereda. “Te digo que está dorrrmido, vamosss”, corrigió estratégicamente la abuela que seguía tironeando. Ni dormido, ni muerto, era muñeco. Integrantes del Proyecto Filoctetes, del Centro Cultural Rojas, lo habían arrojado allí intencionalmente para registrar la reacción de la gente, igual que otros 23 colegas de plástico abandonados en otros tantos puntos de la ciudad. Reacciones hubo, y de todo tipo. Desde el “acá no pasó nada”, hasta una jueza que chapeó para secuestrar al muñeco, porteros que aseguraban conocer al muerto, policías que pateaban al caído o colaboraban sugiriendo poses, una viejita solidaria que le ofreció café al maniquí, infinidad de llamados al SAME, y uno de los fotógrafos del equipo enviado al hospital tras ser golpeado por un distinguido médico de la Avenida Alvear.
El autor de la idea es el director de teatro Emilio García Wehbi, y empezó a trabajar hace unos dos años, cuando descubrió preocupado que homeless, crotos, linyeras, y sólo-cuerpos se habían integrado al paisaje urbano como objetos. “Me preguntaba qué me pasaba como habitante de la ciudad –confió García Wehbi a Página/12–, si era mi apatía, si era que después de una década de menemismo lo asumíamos como algo natural.” La experiencia, Intervención Urbana, tuvo notable repercusión en Viena en junio pasado. En el país, después de dos meses de trabajosa producción y con la participación de 80 alumnos del Centro Cultural Ricardo Rojas, se puso en la escena callejera: en 24 puntos estratégicos de la ciudad fueron instalados los muñecos hiperrealistas, manchados de sangre, algunos con botellas de cerveza, en posiciones de abandono, desválidos, quizá muertos. Tres alumnos registraban en fotos y videos las reacciones de la gente. La policía y el SAME estaban enterados, aunque patrulleros y ambulancias corrieron a través de la ciudad respondiendo a llamados de vecinos denunciando desmayos o muertes.
“Es un borracho atropellado”, explicaba la dueña de un kiosco sobre Corrientes, frente al Shopping Abasto, donde descansaba un cuerpo con casco de bombero y una mancha de sangre. Simultáneamente, en San Telmo, un portero confesaba que el muertito era un conocido de la vuelta. Esquina: Defensa y Estados Unidos. El cuerpo descansa en la vereda. Una mujer de unos 70 se queda mirándolo impresionada. Fue tal su actitud, que uno de los alumnos del Rojas se acercó para explicarle. “Ya sé, ya sé –le dijo la mujer–, lo que pasa es que me veía yo, así, dentro de unos años, sola, abandonada.” El mismo lugar, el mismo muñeco, el mismo alumno participaron de otra experiencia: una indigente intentó sacarle las ropas al caído. El alumno, finalmente, acompañó a la mujer a una iglesia.
“Señor, señor, tome...” decía una viejita en Villa del Parque, mientras ofrecía una taza de café al homeless de plástico. Cuando le explicaron, la mujer se alivió de que no fuera una persona de carne y hueso. En Tribunales, en cambio, la solidaridad es más rara que la presencia de un cuerpo sobre la plaza Lavalle. Una jueza chapeó con la intención de secuestrar al muñeco. “Habría que analizar por qué reaccionó recién después de saber que no era un cuerpo”, se preguntaba uno de los productores del evento. Ese cuerpo convocó muchos curiosos, la mayoría abogados. Cuando veían al fotógrafo registrando sus reacciones, algunos se le fueron al humo. “Es ilegal que me saques fotos”, le dijeron. “Si hay más de tres es multitud”, les respondía.
Callao y Córdoba. Junto a la boca del subte volcó un linyera. Nadie se acerca, hasta que se anima el primero. A los pocos minutos, llega un patrullero. Uno de los policías la emprende a los puntapiés contra el cuerpo. “No sabemos si sabía o no que era un muñeco”, dijo García Wehbi. Fue la única escena de violencia policial del experimento. Incluso, en algunos casos, hasta llegaron a colaborar sugiriendo posiciones másrealistas. Y en un caso hasta simularon llevar detenido al hombre de plástico.
La Recoleta mostró un tipical perfil. La vereda del complejo de cines Village Recoleta fue uno de los lugares elegidos. El problema, en este caso, no lo tuvo el muñeco sino los integrantes del equipo. “Los guardias se pusieron densos –relató García Wehbi–. Después los policías hicieron causa común. Decían que estaba prohibido porque era un lugar privado. Habrá que averiguar, parece que los del Village también compraron la vereda.” Frente a la Galería Alvear, un muñeco intentaba transmutar la indiferencia de la gente. Reaccionó un vecino, distinguido médico según se informó más tarde. Primero volcó su energía sobre el croto de plástico. “Debía suponer que le ensuciaba la vereda”, supuso el director. Pero cuando descubrió que un fotógrafo registraba la escena, lo atacó a trompadas. El colaborador del Rojas terminó herido en el Fernández.

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Ante los cuerpos, alguna gente se detenía para ayudar, otra seguía, indiferente.
En Callao y Córdoba, un policía la emprendió a puntapiés contra uno de los muñecos.
 
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